No recuerdo una sola vez, en la historia de este país, desde
que abandonamos la oscuridad de la dictadura franquista, en la que hubiéramos tenido
la impresión de encontrarnos ante un acontecimiento capaz de dividir a la sociedad
en dos bandos irreconciliables, ni una ocasión que nos produjera una sensación
de vértigo, como la que estamos viviendo hoy, mientras tratamos de digerir cómo
afectará la aplicación efectiva de este artículo 155, que acaba de suspender,
de facto, los poderes de la Autonomía en
Catalunya.
He necesitado unas horas para digerir el discurso pronunciado
por Rajoy, sobre la una y media de la tarde y mientras escribo estas líneas,
una ingente multitud de ciudadanos se
manifiesta en las calles de Barcelona, en apoyo del Gobierno al que eligieron
para dirigir su destino, aterrorizada por lo que pudiera ocurrir a partir de
ahora y claramente en contra de la aplicación de unas medidas de
excepcionalidad, que nunca supondrán la superación de los terribles momentos
que nos afligen, sino que con toda seguridad, profundizarán en una herida que
parece estar destinada a convertirse en incurable, irremediablemente.
Pero la suerte está echada y el Gobierno central ha decidido
finalmente arriesgar la estabilidad de todos los españoles, reventando las
ilusiones que muchos de nosotros albergábamos en el diálogo para el
entendimiento y ha puesto en marcha una maquinaria desconocida y por lo tanto,
para todos impredecible, que sin embargo, pone en manos de los Ministros del Partido
Popular, el manejo absoluto de todas las Instituciones en Catalunya,
otorgándoles un poder que sistemáticamente les fue negado siempre allí, a
través de las urnas y sin que se haya aclarado suficientemente, cuánto tiempo
real durará esta pavorosa situación, que supone para la mayoría de los catalanes,
independentistas o no, una especie de ocupación tiránica de su territorio, impuesta por la fuerza.
Puede que la legalidad
constitucional avale estas acciones apoyadas por PSOE y Ciudadanos, sin cuya
colaboración hubieran sido para Rajoy, totalmente imposibles, pero la realidad,
que se cierne sobre nosotros inexorablemente, es que con su llegada se ha perdido toda esperanza de reconciliación, poniendo
ante nuestros ojos la evidencia, otra vez, de esas dos Españas que sin haber
superado jamás su espantoso pasado, vuelven ahora a renacer, de otro modo y en
otro tiempo, pero con idéntica desmoralización, por no haber sido después de
tantos años, capaces de corregir errores para iniciar un único camino de paz y
de esperanza.
Este de hoy, es un día triste para todos los que apostamos
desde un primer momento por la negociación y que lo hicimos convencidos de que
el paso del tiempo habría tenido que aumentar, necesariamente, nuestra
capacidad de raciocinio, porque a la vista de estas circunstancias, que
sobrepasan todos los límites que hubiéramos podido imaginar, comprendemos que
continuamos anclados a esa especie de maldición que no nos permite entendernos
y que nos aboca irremediablemente a una violencia emocional y a la aplicación
de la fuerza bruta, como si no hubiéramos aprendido nada de nuestra propia
Historia pasada, ni de nuestro sufrimiento.
Qué podemos esperar a partir de ahora, es una incógnita que posiblemente
empezará a despejarse esta misma noche
cuando Puigdemont comparezca ante los medios, pero tenemos la impresión de que
su aparición no será la de una persona rendida y derrotada por lo ocurrido, sino
dispuesto, por lo que vemos en las calles, a luchar hasta las últimas
consecuencias por lo que defendió y que probablemente, hoy sí, se atreva a
declarar la Independencia.
Y si esto ocurre ¿qué hará Rajoy?. En su discurso institucional
de esta mañana, esta posibilidad no se ha contemplado, ni siquiera por un
momento. ¿Detener a la Generalitat al completo? ¿Volver a lanzar a la policía
contra los manifestantes de la calle, generando nueva violencia? ¿Declarar un
estado de excepción en Catalunya que anule de las libertades expresión y manifestación,
hasta que sus ministros se hagan con la situación, por medio de la fuerza?.
Quizá sí, apelando a esa legalidad a la
que suele referirse últimamente con tanta frecuencia y que tan poco parece
haber importado, por cierto, a innumerables miembros de su Partido, en los
muchísimos casos de corrupción en que se han visto envueltos, durante tanto
tiempo.
Esas respuestas, que han sido conscientemente obviadas en la
intervención del Presidente y que son, sin embargo, las que preocupan
hondamente, no solo a la sociedad catalana, sino a todos los españoles,
constituyen, no obstante, la máxima intranquilidad del momento.
Ni siquiera aquel veintitrés de Febrero, de infausto recuerdo,
tuvimos esta espantosa sensación de
vacío, ni esta inquietud indomable por el destino que aguarda a esos catalanes,
a los que consideramos en general, gente de paz y por tanto, merecedora de
respeto.
El panorama que se nos presenta delante de los ojos, nos
parece, simplemente desolador. Y lo peor es que esto mismo que tanto nos duele,
parece sin embargo complacer y mucho, a una buena parte de nuestros dirigentes.

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