Mientras la justicia continúa su camino en el asunto de
Cataluña, Puigdemont envía una carta a Rajoy, en la que no sólo no aclara si ha
declarado o no la independencia, sino que continúa, en un tono sereno y
cordial, reclamando diálogo y urgiendo al Gobierno español a una reunión
conjunta, en la que se sienten las bases de una negociación, que de momento queda
en el aire, puesto que en Madrid parecen decididos a continuar con esta
descafeinada aplicación del artículo 155, por lo que ofrecen un nuevo plazo que
terminaría el Jueves, para que el President vuelva a la legalidad establecida,
si no quiere que se endurezcan las medidas que en dicho artículo podrían estar
previstas.
Quejándose de la represión a la que según él está sometido el
pueblo catalán y muy especialmente de las cargas policiales que se sucedieron
el pasado 1 de Octubre, Puigdemont, que continúa otorgando validez a los
resultados de su peculiar Referendum, deja claro que pone su voluntad de
negociar, por encima del supuesto mandato que más de dos millones de catalanes
le encomendaron en las urnas, para intentar una vía política que aún estaría
por explorar, pero que necesita de la aquiescencia de Madrid, para tener alguna
posibilidad de triunfo.
Esta serie de misivas cruzadas, que seguramente contemplará
la Historia futura como algo insólito y hasta incoherente, van alargando en el
tiempo una situación de gravísima inestabilidad, que encona los sentimientos de
rechazo que se han instalado en españoles y catalanes, transformando
inexplicablemente su convivencia, en imposible.
No se entiende y estoy
segura de que mucha gente me dará la razón, que en lugar de cruzar documentos
en los que ninguno de los dos interlocutores principales se atreve a dar pasos
que perjudiquen seriamente la solidez de sus posturas, no se haya producido ya
una reunión, cara a cara, entre ellos, en la que cada uno ponga abiertamente
sobre la mesa los argumentos que últimamente esgrimen amparándose en la opinión
de la calle, en el caso de Puigdemont o en los recursos legales y policiales
que le otorga el poder, en el caso de Rajoy, evitando un enfrentamiento estrictamente
necesario, que aclare las auténticas intenciones futuras de cada cual y que
permita respirar a una ciudadanía que, en general, espera soluciones políticas,
con altura de miras.
En esta situación de extrema incertidumbre, resulta
enormemente difícil aventurar cuáles serán los pasos que se darán, en una y
otra parte, ni siquiera en las próximas horas, mientras el ambiente, que se va
calentando más y más, por la falta de valentía de ambos líderes, convierte la
situación en insostenible.
¿Hasta cuándo estaremos así? Nadie lo sabe. Si algo han
demostrado estos interlocutores caricaturescos es que su tozudez no tiene límites.
Pero entretanto, la gente de a pie, que en pleno siglo XXI
espera de sus políticos, al menos, una profesionalidad que garantice la
estabilidad y el bienestar de las mayorías, se siente absolutamente defraudada,
amén de huérfana, al comprender la incapacidad demostrada que en este conflicto
se evidencia por ambas partes y la poca o nula voluntad de solucionar la
situación que ambos tienen, coincidiendo plenamente, al menos en esto.
Parece, que hemos llegado a un punto sin retorno en el que no
se me ocurre otra posibilidad que forzar urgentemente la marcha de estos dos
personajes, ya que son incapaces de entenderse.
A los que tienen prisa por alcanzar la independencia, ya les
digo que con esta figura de referencia no sólo no lograrán su propósito, sino
que lo que está por llegar, puede que supere con creces, todo lo que poniéndose
en lo peor, hubieran imaginado y a los que reclaman la unidad, habría que
aclararles que el país idílico que solicitan envueltos en banderas y entonando
cánticos obsoletos, hace ya tiempo que dejó de existir y preguntarles si esa
indisolubilidad que reclaman, merece el precio que habrá que pagar por ella.
Está claro que tampoco Rajoy conseguirá que la pelota caiga en su campo esta
vez, a pesar de la inmensa suerte que tiene para que el tiempo resuelva los problemas
con su paso.
A la espera de un nuevo capítulo de esta novela por entregas,
doy por sentado que en el minuto en que escribo estas letras, las distancias se
hacen más grandes.
Si estos políticos no saben dialogar, que se retiren
elegantemente de este enfangado campo de batalla y dejen paso a quiénes, con
mayor lucidez, sean capaces de sortear el temporal, porque hablando se entiende
la gente.

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