lunes, 16 de octubre de 2017

Cartas iban y venían


Mientras la justicia continúa su camino en el asunto de Cataluña, Puigdemont envía una carta a Rajoy, en la que no sólo no aclara si ha declarado o no la independencia, sino que continúa, en un tono sereno y cordial, reclamando diálogo y urgiendo al Gobierno español a una reunión conjunta, en la que se sienten las bases de una negociación, que de momento queda en el aire, puesto que en Madrid parecen decididos a continuar con esta descafeinada aplicación del artículo 155, por lo que ofrecen un nuevo plazo que terminaría el Jueves, para que el President vuelva a la legalidad establecida, si no quiere que se endurezcan las medidas que en dicho artículo podrían estar previstas.
Quejándose de la represión a la que según él está sometido el pueblo catalán y muy especialmente de las cargas policiales que se sucedieron el pasado 1 de Octubre, Puigdemont, que continúa otorgando validez a los resultados de su peculiar Referendum, deja claro que pone su voluntad de negociar, por encima del supuesto mandato que más de dos millones de catalanes le encomendaron en las urnas, para intentar una vía política que aún estaría por explorar, pero que necesita de la aquiescencia de Madrid, para tener alguna posibilidad de triunfo.
Esta serie de misivas cruzadas, que seguramente contemplará la Historia futura como algo insólito y hasta incoherente, van alargando en el tiempo una situación de gravísima inestabilidad, que encona los sentimientos de rechazo que se han instalado en españoles y catalanes, transformando inexplicablemente su convivencia, en imposible.
No se entiende  y estoy segura de que mucha gente me dará la razón, que en lugar de cruzar documentos en los que ninguno de los dos interlocutores principales se atreve a dar pasos que perjudiquen seriamente la solidez de sus posturas, no se haya producido ya una reunión, cara a cara, entre ellos, en la que cada uno ponga abiertamente sobre la mesa los argumentos que últimamente esgrimen amparándose en la opinión de la calle, en el caso de Puigdemont o en los recursos legales y policiales que le otorga el poder, en el caso de Rajoy, evitando un enfrentamiento estrictamente necesario, que aclare las auténticas intenciones futuras de cada cual y que permita respirar a una ciudadanía que, en general, espera soluciones políticas, con altura de miras.
En esta situación de extrema incertidumbre, resulta enormemente difícil aventurar cuáles serán los pasos que se darán, en una y otra parte, ni siquiera en las próximas horas, mientras el ambiente, que se va calentando más y más, por la falta de valentía de ambos líderes, convierte la situación en insostenible.
¿Hasta cuándo estaremos así? Nadie lo sabe. Si algo han demostrado estos interlocutores caricaturescos es que su tozudez no tiene límites.
Pero entretanto, la gente de a pie, que en pleno siglo XXI espera de sus políticos, al menos, una profesionalidad que garantice la estabilidad y el bienestar de las mayorías, se siente absolutamente defraudada, amén de huérfana, al comprender la incapacidad demostrada que en este conflicto se evidencia por ambas partes y la poca o nula voluntad de solucionar la situación que ambos tienen, coincidiendo plenamente, al menos en esto.
Parece, que hemos llegado a un punto sin retorno en el que no se me ocurre otra posibilidad que forzar urgentemente la marcha de estos dos personajes, ya que son incapaces de entenderse.
A los que tienen prisa por alcanzar la independencia, ya les digo que con esta figura de referencia no sólo no lograrán su propósito, sino que lo que está por llegar, puede que supere con creces, todo lo que poniéndose en lo peor, hubieran imaginado y a los que reclaman la unidad, habría que aclararles que el país idílico que solicitan envueltos en banderas y entonando cánticos obsoletos, hace ya tiempo que dejó de existir y preguntarles si esa indisolubilidad que reclaman, merece el precio que habrá que pagar por ella. Está claro que tampoco Rajoy conseguirá que la pelota caiga en su campo esta vez, a pesar de la inmensa suerte que tiene para que el tiempo resuelva los problemas con su paso.
A la espera de un nuevo capítulo de esta novela por entregas, doy por sentado que en el minuto en que escribo estas letras, las distancias se hacen más grandes.

Si estos políticos no saben dialogar, que se retiren elegantemente de este enfangado campo de batalla y dejen paso a quiénes, con mayor lucidez, sean capaces de sortear el temporal, porque hablando se entiende la gente.

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