lunes, 2 de octubre de 2017

Sentando precedentes


Algún día, cuando alguien escriba con total objetividad, la Historia de lo que pasó ayer en Catalunya, prescindiendo de la emotividad natural que se vive, cuando se forma parte de un momento, estos acontecimientos que ahora nos dividen a nosotros, colocándonos irremediablemente a un lado u  otro de esta absurda contienda, cuyos protagonistas principales, por necio que parezca, han sido unos cuántos políticos, sin duda terminará por resaltarse, como hecho principal, que unos cuantos millones de ciudadanos, por alguna razón que seguramente tendrá que ver con la inoperancia de los que ocupan los  puestos de mayor responsabilidad del país, decidieron posicionarse al lado de los que resolvieron saltarse ciertas leyes y ocuparon las calles, poniendo en riesgo su integridad, en pos de una ilusión que en muchos casos, fue sobrevenida por un discurso que consiguió calar en sus corazones, cuando creían que no quedaba ninguna esperanza para ellos.
Esta Historia, que ahora escribimos por entregas, los que formando parte de ella y procuramos narrar la realidad de lo que estamos viviendo, probablemente no terminará por materializarse como gustaría a la ilusión colectiva de las multitudes que en el día de ayer, votaron, a pesar de la represión y el peligro, pero habrá que reconocer que marca un inquietante precedente y una moraleja que nos enseña que contra los pueblos unidos y convencidos de luchar por un fin, no hay Gobierno que sea capaz de triunfar, ni mordaza que imponga el silencio, cuando el grito colectivo se eleva por encima de las cabezas pensantes que rigen nuestros destinos, con mayor o menor acierto, creando una realidad que se escapa de todo intento de ser reprimida y que consigue los fines propuestos.
No voy a entrar hoy, en el análisis de la legalidad o no del referéndum que se celebró ayer, a pesar de los ochocientos heridos y todas las dificultades que acontecieron, ni tampoco en si el resultado, casi un 96%  de SIES, refleja la verdad de lo que se cuece en el corazón de Catalunya, aunque siempre me disgustaron las cifras demasiado redondas. Tampoco quiero, hasta no estar segura de lo que va a ocurrir a partir de hoy, hablar de si finalmente se atreverán o  no a proclamar unilateralmente la independencia, ni del manido argumento empleado por una buena cantidad de medios de comunicación, que se rasgan las vestiduras por la ruptura de una España, que lleva tiempo deshilachándose a pedazos, a causa de las veleidades que con la gente viene cometiendo, un mal Gobierno.
Quisiera yo centrarme, más que en el triunfo de un nacionalismo que no comparto ni puedo por tanto, aplaudir, en ahondar en la incomprensible torpeza que reiteradamente comete este Presidente al que nuestro pueblo ha elegido ya dos veces y que como hemos podido ver, ha resultado ser incapaz de hacer del diálogo y la negociación un arte del que servirse, para manejar situaciones difíciles y al que por tanto, no debe asombrar que la indignación ciudadana haya terminado por convertirse en un monstruo que ya no puede manejar, pues estas cosas suelen ocurrir, cuando las personas se sienten capaces de abandonar, aunque sólo sea por una vez, el miedo.
Una vez aclarado esto, a nadie puede ya extrañar lo que pueda ocurrir a partir de ahora, ni que el ejemplo de los catalanes pueda ser imitado , con asiduidad, cada vez que la disconformidad con algunas de esas medidas impuestas a base de Decreto, atente directamente contra los derechos laborales o sociales de una Sociedad, que empieza a estar harta de un sistema que  resulta, simplemente, lesivo para sus propios intereses.
Así que como reflexionar es de sabios y nadie puede ya negar la evidencia de las imágenes que hemos visto mil veces, a través de todos los medios no manipulados por el Gobierno, a Rajoy, sí que le convendría analizar con lupa lo que ayer sucedió, sobre todo para poder evitar los incontables errores que suele venir cometiendo y que no deben repetirse, pues va en ello la estabilidad  de todo el país y no sólo de esa Catalunya secesionista, de la que tanto abomina.
Puede que ni la corrupción, ni los exagerados recortes, con los que ha empobrecido a la población, hasta límites insostenibles, hayan bastado para conseguir apearle del poder, pero ahora, ha debido quedarle claro que la chispa puede saltar en cualquier momento, a lo mejor por causas menores y que la voluntad de los pueblos, cuando existe un objetivo común, resulta ser indomable, como fácilmente podrá comprobar, si tiene a bien recurrir a las redes sociales y pararse un rato a mirar los cientos de videos, que desde ayer circulan por ellas.
Este pueblo nuestro, al que ha manejado sin demasiada dificultad, a su antojo, durante los casi seis años que lleva  presidiendo el Gobierno, a poco que piense, no puede, sino llegar a la conclusión de que lo ocurrido ayer en Catalunya está directamente relacionado con la ineficacia manifiesta de su Gobierno y  en cuanto  abandone la sinrazón del patrioterismo barato que se le ha tratado de imbuir desde las altas esferas y analice en profundidad por qué razón se ha llegado hasta aquí y si se podría haber solucionado el problema, de un modo totalmente distinto, comprenderá que la pasividad, la cobardía de no afrontar las situaciones difíciles con diálogo y decisión, nos han colocado exactamente dónde estamos y que la solución no es otra que  admitir la derrota y prestarse a la negociación, o dimitir irremediablemente.
No ha estado bien, escudarse en la Justicia, ni en las Fuerzas de seguridad del Estado, ni en Soraya Sainz de Santamaría, ni en el Portavoz del Gobierno, para eludir una responsabilidad que era exclusivamente suya desde el primer momento y menos aún, optar por azuzar a la ciudadanía con mensajes incendiarios que han vejado reiteradamente la catalanidad, como si pertenecer a este territorio, fuera un delito.

La talla de un político está precisamente en tratar con escrupulosa fineza, por igual, a todas y cada una de las personas que forman parte del Estado que dirige, pero Rajoy hace tiempo que olvidó esta premisa y con demasiada asiduidad, suele cebarse con los que no comparten su pensamiento.

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