La encarcelación de Sánchez y Cruixat y el futuro incierto
que se cierne sobre la cabeza de Trapero, han levantado una oleada de
manifestaciones en Catalunya y en Europa, dejando claro que las medidas judiciales
y policiales que se están aplicando desde Madrid, no sólo no contribuyen a la
resolución del problema, sino que agravan considerablemente el ambiente de
crispación, al ser considerados estos
dos detenidos, por mucha gente, como los
primeros presos políticos de nuestra Democracia.
Los delitos de sedición que se les imputan y el riesgo de
fuga que se alega para mantenerles en
prisión preventiva, parecen una toma de decisión exagerada, puesto que en
ningún momento, estos dos líderes de movimientos ciudadanos dieron muestras de
actuar con violencia frente a la legalidad establecida y aunque pudieron
incurrir en desobediencia y en agitación callejera, llamando a las masas a
manifestarse a favor del separatismo, el derecho a la libertad de expresión que
contempla nuestra Constitución, les ampara, por lo que no se entiende demasiado
bien este fallo judicial, que les convierte, a los ojos de sus adeptos, en
auténticos mártires del movimiento que defienden.
Puede que Rajoy piense que la aplicación del 155, estas
detenciones y las que pueden llegar en días venideros y la continua fuga de
empresas del territorio catalán, bastarán para remediar el problema, pero la
realidad, esos dos millones de personas que permanecen en la calle reclamando la
sedición y el Gobierno de la Generalitat, que se ha negado a responder a la
pregunta de Madrid, como todos sabemos, le recuerdan constantemente y sin excusas
, que el camino emprendido no parece ser el mejor y que la alternativa del diálogo
y la negociación, continúan siendo para el Presidente español un estigma del
que no quiere o no puede salir, quizá porque su falta de costumbre, se lo
impide de manera fehaciente.
Entretanto, mientras que el tiempo corre en su contra y en
contra de todos, la maraña va adquiriendo unas dimensiones extraordinarias
imposibles de manejar y el clima de tensión generado en el país, se acrecienta con cada iniciativa que toman los
unionistas, generando una indignación incontrolable, en la parte de enfrente.
Miles de catalanes reclamaban anoche en las calles la libertad de los
detenidos, ahora ascendidos a la categoría de héroes y exigían a sus líderes la
declaración inmediata de la independencia, negándose a dar pasos atrás y
considerando las decisiones de Rajoy como una especie de humillación que no
están dispuestos a aceptar, aunque en ello les vaya la libertad, a todos.
No quisiéramos pensar que es ese el objetivo que se ha
marcado el Gobierno de Madrid, pues este tipo de acciones suele generar, por lo
que tienen de vileza, un efecto búmeran que se vuelve contra quiénes las ponen
en práctica, a las claras o veladamente, sembrando unas semillas de odio que no
tardarán en germinar y que muy bien pudieran terminar en una oleada de
violencia.
Debe Rajoy, primero, desoír los consejos incendiarios que le
susurra al oído su socio Rivera y después, pararse por un momento a pensar en
si el precio que ya estamos pagando por su negativa al diálogo no resulta demasiado
alto para esta Sociedad, que ya está perdiendo su pacífica convivencia.
Puede que así, poniéndose en la piel de los demás y aceptando
que Puigdemont no tenga que firmar una rendición incondicional delante de todos
los que le siguieron en sus reclamaciones y que se han visto defraudados por
sus palabras en el Parlament, se abriera un sendero de esperanza por el que
poder transitar, hasta que a través de la palabra se encuentre una solución
negociada que satisfaga a los ciudadanos, procedan del lugar que procedan.
Son muchas las voces que solicitan que sea esta la vía
elegida para desatascar un conflicto, que está empezando a traspasar nuestras
fronteras sin el filtro que imponen algunos medios y que empieza a adquirir
dimensiones que exceden del ámbito doméstico que se le ha pretendido adjudicar,
dañando gravemente la imagen de España, ahora considerada como represora de
pensamientos.
Habría que recordarle a Rajoy, lo mucho que nos costó dejar
atrás la memoria de los cuarenta años de dictadura, para iniciar una
convivencia que en principio se planteaba muy difícil, por la extensión de las
heridas, y el inconmensurable esfuerzo que hicimos los ciudadanos de entonces
por empezar a olvidar lo mucho que nos habían arrebatado durante tanto tiempo, para,
a través de la palabra, construir un país mejor que el que habíamos conocido
hasta entonces, libre de incómodas pesadillas, rencores y malos recuerdos.
Entonces, se logró, por lo que cabría preguntarse si aquella
fórmula que tan bien funcionó, no podría
ahora rescatarse, para conseguir un consenso.
Lo esencial es querer y lejos de cualquier otra apreciación,
somos los ciudadanos, los protagonistas de esta historia, los que exigimos que
se haga el intento.

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