miércoles, 18 de octubre de 2017

Medidas desmesuradas


La encarcelación de Sánchez y Cruixat y el futuro incierto que se cierne sobre la cabeza de Trapero, han levantado una oleada de manifestaciones en Catalunya y en Europa, dejando claro que las medidas judiciales y policiales que se están aplicando desde Madrid, no sólo no contribuyen a la resolución del problema, sino que agravan considerablemente el ambiente de crispación,  al ser considerados estos dos detenidos, por mucha gente,  como los primeros presos políticos de nuestra Democracia.
Los delitos de sedición que se les imputan y el riesgo de fuga que se alega para  mantenerles en prisión preventiva, parecen una toma de decisión exagerada, puesto que en ningún momento, estos dos líderes de movimientos ciudadanos dieron muestras de actuar con violencia frente a la legalidad establecida y aunque pudieron incurrir en desobediencia y en agitación callejera, llamando a las masas a manifestarse a favor del separatismo, el derecho a la libertad de expresión que contempla nuestra Constitución, les ampara, por lo que no se entiende demasiado bien este fallo judicial, que les convierte, a los ojos de sus adeptos, en auténticos mártires del movimiento que defienden.
Puede que Rajoy piense que la aplicación del 155, estas detenciones y las que pueden llegar en días venideros y la continua fuga de empresas del territorio catalán, bastarán para remediar el problema, pero la realidad, esos dos millones de personas que permanecen en la calle reclamando la sedición y el Gobierno de la Generalitat, que se ha negado a responder a la pregunta de Madrid, como todos sabemos, le recuerdan constantemente y sin excusas , que el camino emprendido no parece ser el mejor y que la alternativa del diálogo y la negociación, continúan siendo para el Presidente español un estigma del que no quiere o no puede salir, quizá porque su falta de costumbre, se lo impide de manera fehaciente.
Entretanto, mientras que el tiempo corre en su contra y en contra de todos, la maraña va adquiriendo unas dimensiones extraordinarias imposibles de manejar y el clima de tensión generado en el país, se  acrecienta con cada iniciativa que toman los unionistas, generando una indignación incontrolable, en la parte de enfrente.
Miles de catalanes reclamaban  anoche en las calles la libertad de los detenidos, ahora ascendidos a la categoría de héroes y exigían a sus líderes la declaración inmediata de la independencia, negándose a dar pasos atrás y considerando las decisiones de Rajoy como una especie de humillación que no están dispuestos a aceptar, aunque en ello les vaya la libertad, a todos.
No quisiéramos pensar que es ese el objetivo que se ha marcado el Gobierno de Madrid, pues este tipo de acciones suele generar, por lo que tienen de vileza, un efecto búmeran que se vuelve contra quiénes las ponen en práctica, a las claras o veladamente, sembrando unas semillas de odio que no tardarán en germinar y que muy bien pudieran terminar en una oleada de violencia.
Debe Rajoy, primero, desoír los consejos incendiarios que le susurra al oído su socio Rivera y después, pararse por un momento a pensar en si el precio que ya estamos pagando por su negativa al diálogo no resulta demasiado alto para esta Sociedad, que ya está perdiendo su pacífica convivencia.
Puede que así, poniéndose en la piel de los demás y aceptando que Puigdemont no tenga que firmar una rendición incondicional delante de todos los que le siguieron en sus reclamaciones y que se han visto defraudados por sus palabras en el Parlament, se abriera un sendero de esperanza por el que poder transitar, hasta que a través de la palabra se encuentre una solución negociada que satisfaga a los ciudadanos, procedan del lugar que procedan.
Son muchas las voces que solicitan que sea esta la vía elegida para desatascar un conflicto, que está empezando a traspasar nuestras fronteras sin el filtro que imponen algunos medios y que empieza a adquirir dimensiones que exceden del ámbito doméstico que se le ha pretendido adjudicar, dañando gravemente la imagen de España, ahora considerada como represora de pensamientos.
Habría que recordarle a Rajoy, lo mucho que nos costó dejar atrás la memoria de los cuarenta años de dictadura, para iniciar una convivencia que en principio se planteaba muy difícil, por la extensión de las heridas, y el inconmensurable esfuerzo que hicimos los ciudadanos de entonces por empezar a olvidar lo mucho que nos habían arrebatado durante tanto tiempo, para, a través de la palabra, construir un país mejor que el que habíamos conocido hasta entonces, libre de incómodas pesadillas, rencores y malos recuerdos.
Entonces, se logró, por lo que cabría preguntarse si aquella fórmula que  tan bien funcionó, no podría ahora rescatarse, para conseguir un consenso.
Lo esencial es querer y lejos de cualquier otra apreciación, somos los ciudadanos, los protagonistas de esta historia, los que exigimos que se haga el intento.


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