Con la resaca del 155 acogotándonos la garganta y una
sensación de inquietud instalada en lo más profundo de nuestro espíritu,
aguardamos el transcurso de esos próximos días, en los que Carles Puigdemont
habrá de tomar la que será la decisión
más importante de su vida y de la que dependerá, sin ningún género de dudas, no
sólo lo que pueda deparar el futuro a los ciudadanos catalanes, sino también, a
todos los demás habitantes de un territorio que hemos compartido hasta ahora y
que acapara una diversidad de querencias que quizá hubiéramos podido
compartir, si no estuviéramos inmersos en un clima de intolerancia supina.
Esta decisión que con toda seguridad, no dependerá únicamente
de la voluntad personal de Puigdemont , ahora empujado inexorablemente por sus
seguidores hacia la obligación de proclamar solemnemente una República Catalana
con la que todos soñaron unidos, aunque por razones diversas, constituirá sin
embargo, un antes y un después, no sólo en el ámbito territorial que ha
presidido desde que Artur Mas tuviera que abandonar su puesto, por razones más
que evidentes, sino también en esas relaciones con el Estado español, que se han
ido deteriorando hasta llegar al punto en el que ahora nos encontramos y que
jamás volverán a recuperar la normalidad, si no se arbitra una solución de
última hora que propicie la vuelta a un punto de partida, donde ambos
contrincantes tengan necesariamente que renunciar a sus aspiraciones actuales,
para partir de cero, aunque en las circunstancias actuales, solo un milagro
podría conseguir calmar el clima de absoluta tensión que a todos nos está
afectando gravemente.
Muchas veces hemos dicho con anterioridad que los grandes
hombres de Estado se distinguen de los políticos mediocres por la genialidad
con que son capaces de afrontar los más
terribles desafíos a que les somete su tiempo y que sólo unos cuantos, podrían
ser considerados como tocados por ese don, que permite arbitrar soluciones
cuando todo parece perdido, encontrando esa luz invisible que permite una
clarividencia personal, que consigue rescatar a los demás de la profunda
oscuridad en que se hallaban sumidos, sin efectos colaterales añadidos.
Mientras el Senado se prepara para
rubricar sin condiciones la aplicación del artículo 155 en Catalunya, ya que la
mayoría absoluta del PP no preludia ninguna sorpresa, a Puigdemont le quedan
sólo unos días para decantarse por la Declaración de Independencia que le
exigen sus socios de la CUP y en menor medida, los de ER de Oriol Junqueras o por la iniciativa de
convocar Nuevas elecciones al Parlament, evitando a los catalanes la
humillación de ser intervenidos y gobernados por los Ministros de Rajoy y a sus consellers, la vergüenza de ser apeados de sus cargos
junto a él mismo y al Vicepresident, arbitrando un tiempo de reflexión que
aunque no garantiza la solución del problema, puede resultar imprescindible en
estos momentos.
De esta decisión, que al final habrá
de afrontar en soledad, pues la responsabilidad de las medidas que se adopten será
exclusivamente suya y que seguramente acabará defraudando a una parte u otra de
su gente, va a depender, no obstante, lo que ocurra en el futuro que se
aproxima con las vidas de esos conciudadanos a los que Puigdemont juró representar
y que podrían complicarse de manera impredecible, si finalmente se llevara a
cabo la aplicación inmediata del 155, en los términos que ayer relatara el
Presidente del Gobierno.
Cabe esperar, que este dilema no
termine por resolverse siguiendo los impulsos del corazón y que sea la razón,
la que dicte a Puigdemont, en esa soledad indeseada en la que debe encontrarse
en estos momentos, aquello que pueda ser mejor para todos los que se encuentran
bajo el amparo del que todavía hoy, es su Presidente.
Un amigo, me decía esta misma mañana, que para resolver este problema,
todos necesitamos urgentemente dejar a un lado los sentimientos y siento decir
que no me queda otro remedio que tener que darle la razón.
El tono de visceralidad con que se
han venido desarrollando los acontecimientos, el grado de fascinación que ha
supuesto para muchos poder participar en el intento de crear un nuevo país y
ese sentido exagerado de una clase de patriotismo trasnochado, de tintes
absolutistas y violentos, nos ha nublado a todos la razón y es posible, que
sólo regresando a una posición de racionalidad en la que pudiéramos respetar sin
fisuras la opinión de los otros, halláramos un camino de concordia a través del
cual sanen las heridas que ahora nos
parecen incurables.

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