domingo, 22 de octubre de 2017

Un momento crucial


Con la resaca del 155 acogotándonos la garganta y una sensación de inquietud instalada en lo más profundo de nuestro espíritu, aguardamos el transcurso de esos próximos días, en los que Carles Puigdemont habrá de tomar la que será la  decisión más importante de su vida y de la que dependerá, sin ningún género de dudas, no sólo lo que pueda deparar el futuro a los ciudadanos catalanes, sino también, a todos los demás habitantes de un territorio que hemos compartido hasta ahora y que  acapara una  diversidad de  querencias que quizá hubiéramos podido compartir, si no estuviéramos inmersos en un clima de intolerancia supina.
Esta decisión que con toda seguridad, no dependerá únicamente de la voluntad personal de Puigdemont , ahora empujado inexorablemente por sus seguidores hacia la obligación de proclamar solemnemente una República Catalana con la que todos soñaron unidos, aunque por razones diversas, constituirá sin embargo, un antes y un después, no sólo en el ámbito territorial que ha presidido desde que Artur Mas tuviera que abandonar su puesto, por razones más que evidentes, sino también en esas relaciones con el Estado español, que se han ido deteriorando hasta llegar al punto en el que ahora nos encontramos y que jamás volverán a recuperar la normalidad, si no se arbitra una solución de última hora que propicie la vuelta a un punto de partida, donde ambos contrincantes tengan necesariamente que renunciar a sus aspiraciones actuales, para partir de cero, aunque en las circunstancias actuales, solo un milagro podría conseguir calmar el clima de absoluta tensión que a todos nos está afectando gravemente.
Muchas veces hemos dicho con anterioridad que los grandes hombres de Estado se distinguen de los políticos mediocres por la genialidad con  que son capaces de afrontar los más terribles desafíos a que les somete su tiempo y que sólo unos cuantos, podrían ser considerados como tocados por ese don, que permite arbitrar soluciones cuando todo parece perdido, encontrando esa luz invisible que permite una clarividencia personal, que consigue rescatar a los demás de la profunda oscuridad en que se hallaban sumidos, sin efectos colaterales añadidos.
Mientras el Senado se prepara para rubricar sin condiciones la aplicación del artículo 155 en Catalunya, ya que la mayoría absoluta del PP no preludia ninguna sorpresa, a Puigdemont le quedan sólo unos días para decantarse por la Declaración de Independencia que le exigen sus socios de la CUP y en menor medida, los de ER  de Oriol Junqueras o por la iniciativa de convocar Nuevas elecciones al Parlament, evitando a los catalanes la humillación de ser intervenidos y gobernados por los Ministros de Rajoy  y a sus consellers,  la vergüenza de ser apeados de sus cargos junto a él mismo y al Vicepresident, arbitrando un tiempo de reflexión que aunque no garantiza la solución del problema, puede resultar imprescindible en estos momentos.
De esta decisión, que al final habrá de afrontar en soledad, pues la responsabilidad de las medidas que se adopten será exclusivamente suya y que seguramente acabará defraudando a una parte u otra de su gente, va a depender, no obstante, lo que ocurra en el futuro que se aproxima con las vidas de esos conciudadanos a los que Puigdemont juró representar y que podrían complicarse de manera impredecible, si finalmente se llevara a cabo la aplicación inmediata del 155, en los términos que ayer relatara el Presidente del Gobierno.
Cabe esperar, que este dilema no termine por resolverse siguiendo los impulsos del corazón y que sea la razón, la que dicte a Puigdemont, en esa soledad indeseada en la que debe encontrarse en estos momentos, aquello que pueda ser mejor para todos los que se encuentran bajo el  amparo del que todavía hoy,  es su Presidente.
Un amigo, me decía esta  misma mañana, que para resolver este problema, todos necesitamos urgentemente dejar a un lado los sentimientos y siento decir que no me queda otro remedio que tener que darle la razón.

El tono de visceralidad con que se han venido desarrollando los acontecimientos, el grado de fascinación que ha supuesto para muchos poder participar en el intento de crear un nuevo país y ese sentido exagerado de una clase de patriotismo trasnochado, de tintes absolutistas y violentos, nos ha nublado a todos la razón y es posible, que sólo regresando a una posición de  racionalidad en la que pudiéramos respetar sin fisuras la opinión de los otros, halláramos un camino de concordia a través del cual sanen  las heridas que ahora nos parecen incurables.

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