domingo, 29 de octubre de 2017

Una realidad paralela


Dicen los expertos, que la gestualidad que acompaña a las manifestaciones orales de la gente, puede revelar, si se observa, los grandes secretos que guarda cada cual y que en los momentos de mayor tensión que vivimos, esa gestualidad puede ayudar a encontrar las claves de la verdad que se esconde en lo más profundo de las personas, pudiendo leerse de este modo en ellas, mucho más allá de lo que sugieren sus palabras.
Después de unos meses de extrema tensión y una vez conocido el final de la dolorosa historia que hemos vivido los catalanes y españoles, he de confesar que ayer noche, nada me apetecía más que procurarme algún momento de relax, aunque la curiosidad, que suele ser mala consejera, me condujo inconscientemente hasta el llamado Debate de la Sexta, en dónde se continuaba discutiendo sobre el tema de máxima actualidad, que había alcanzado su punto álgido con la DUI y el principio de la aplicación del artículo 155.
La sorpresa llegó, cuando me encontré discutiendo en pantalla a representantes de todas las Formaciones políticas, incluidos dos declarados independentistas de PdeCat y Esquerra Republicana, cuyas actitudes, si se tiene en cuenta la gravedad del momento, me parecieron, permítanme decirlo, incomprensiblemente sosegadas y muy fundamentalmente, cargadas de una especie de halo de complaciente superioridad que parecía infravalorar la inteligencia de los demás interlocutores, como si la contundencia de los argumentos que esgrimían, no sólo no admitiera ningún tipo de crítica o discusión, sino que además anulara sistemáticamente y sin oposición, la diversidad natural  de las opiniones de los otros.
He de reconocer, que me quedé inmediatamente petrificada, sin poder creer realmente lo que mis ojos estaban viendo y que el desarrollo de la conversación, las sonrisas grabadas como a fuego en el rostro de los nacionalistas y su permanente rechazo a la aceptación de unos hechos consumados que habían empezado a producirse en Catalunya, ya de madrugada, no hicieron, sino corroborar la teoría de que se hallaban, como abducidos por una corriente ideológica mil veces repetida y ensayada, que les robaba cualquier posibilidad de ver más allá, de una línea marcada en la estrechez de miras de su propio horizonte.
 Esa gestualidad, que podría describirse simplemente como un aprendizaje concienzudo cuya última finalidad sería la de poder dotar a las masas de un profundo convencimiento y de convertir, a esa doctrina aceptada con devoción, en una religión ineludible, por la que uno podría llegar a renunciar incluso a las más profundas querencias, coincidía y sólo habría que prestar atención a las imágenes que hemos estado viendo estos días en todos los medios, incluido el momento en el que se proclamara la Independencia, con la actitud demostrada también, por todos los líderes secesionistas y si me apuran, hasta por la multitud que les ha venido acompañando durante su periplo, produciendo a quiénes miramos desde fuera, la escalofriante sensación de haber estado asistiendo al nacimiento de una extraña secta, cuyos partidarios ignoran su propia inmolación, en pos de una causa primera que les empequeñece convirtiéndoles en individuos absolutamente alienables.
No sé por qué, recordé nuevamente una escena de la que ya les hablé con anterioridad, no recuerdo hace cuánto tiempo, perteneciente a la película Cabaret, en la que un joven de estética aria,  vestido con el uniforme de las juventudes hitlerianas, empieza a entonar, con el brazo en alto, en un merendero lleno de un público entregado a consumir salchichas y cervezas, una canción titulada “Tomorrow belongs to me”, a la que primero, nadie presta demasiada atención, pero a la que después se van sumando, uno a uno, todos los comensales, hasta convertirla en una especie de clamorosa manifestación simbólica del arraigo popular de  un fascismo, que poco después se convertiría en imparable, trayendo para todos, las terribles consecuencias que conocemos sobradamente, a través de la Historia.
Ese recuerdo inconsciente, que permaneció anclado a mi memoria durante toda la noche y la reiteración machacona de los mismos argumentos, esgrimidos incluso por un reconocido economista, con un ictus de idéntica complacencia, no pudo, sino prolongar ese sentimiento de durísima incertidumbre ante el futuro que se abre ante nosotros y la indeseada sensación de que una buena parte de catalanes está decidido a vivir una realidad paralela, en ese paraíso feliz fabricado para tal fin, no se sabe por quién ni con qué intenciones, pero que finalmente, chocará de manera inevitablemente violenta con la crudeza de la legalidad que acompaña al poder y que cuenta con la aquiescencia de  todo un  mundo globalizado, que no dudará en destrozar sin reparos, la esencia de este sueño.
A esos dos millones y pico de personas, que creyeron sinceramente en la grandeza de su idea y que aún hoy, celebran con júbilo la proclamación de una República virtual que se les ha venido presentando como la quimera del oro, frente a la siniestralidad de un Estado imperfecto, convendría quizá prevenirles de que los espejismos, que parecen reales ante los ojos y que nos atraen poderosamente hacia la frescura de los oasis, en medio del desierto, terminan por desvanecerse ante nosotros, aumentando la angustia por la sed y sólo aquello que es verdaderamente tangible, puede proporcionarnos algún breve instante de felicidad, pues nada en esta vida es absoluto, ni dura, para nuestra desgracia, para siempre.
Será la suya, la crónica de una desilusión anunciada por la rotundidad de una verdad, que apoyada en esa legalidad que los suyos abandonaron precipitadamente, sin contar con las consecuencias que traen este tipo de acciones irresponsables, de cara al porvenir de la gente, acabará por imponerse sin remisión y reflexionar sobre los propios errores, podría ser quizá el primer paso, para volver a intentar un entendimiento.


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