Dicen los expertos, que la gestualidad que acompaña a las
manifestaciones orales de la gente, puede revelar, si se observa, los grandes
secretos que guarda cada cual y que en los momentos de mayor tensión que
vivimos, esa gestualidad puede ayudar a encontrar las claves de la verdad que
se esconde en lo más profundo de las personas, pudiendo leerse de este modo en
ellas, mucho más allá de lo que sugieren sus palabras.
Después de unos meses de extrema tensión y una vez conocido
el final de la dolorosa historia que hemos vivido los catalanes y españoles, he
de confesar que ayer noche, nada me apetecía más que procurarme algún momento
de relax, aunque la curiosidad, que suele ser mala consejera, me condujo
inconscientemente hasta el llamado Debate de la Sexta, en dónde se continuaba
discutiendo sobre el tema de máxima actualidad, que había alcanzado su punto
álgido con la DUI y el principio de la aplicación del artículo 155.
La sorpresa llegó, cuando me encontré discutiendo en pantalla
a representantes de todas las Formaciones políticas, incluidos dos declarados
independentistas de PdeCat y Esquerra Republicana, cuyas actitudes, si se tiene
en cuenta la gravedad del momento, me parecieron, permítanme decirlo,
incomprensiblemente sosegadas y muy fundamentalmente, cargadas de una especie
de halo de complaciente superioridad que parecía infravalorar la inteligencia
de los demás interlocutores, como si la contundencia de los argumentos que esgrimían,
no sólo no admitiera ningún tipo de crítica o discusión, sino que además
anulara sistemáticamente y sin oposición, la diversidad natural de las opiniones de los otros.
He de reconocer, que me quedé inmediatamente petrificada, sin
poder creer realmente lo que mis ojos estaban viendo y que el desarrollo de la
conversación, las sonrisas grabadas como a fuego en el rostro de los
nacionalistas y su permanente rechazo a la aceptación de unos hechos consumados
que habían empezado a producirse en Catalunya, ya de madrugada, no hicieron,
sino corroborar la teoría de que se hallaban, como abducidos por una corriente
ideológica mil veces repetida y ensayada, que les robaba cualquier posibilidad
de ver más allá, de una línea marcada en la estrechez de miras de su propio
horizonte.
Esa gestualidad, que
podría describirse simplemente como un aprendizaje concienzudo cuya última
finalidad sería la de poder dotar a las masas de un profundo convencimiento y
de convertir, a esa doctrina aceptada con devoción, en una religión ineludible,
por la que uno podría llegar a renunciar incluso a las más profundas
querencias, coincidía y sólo habría que prestar atención a las imágenes que
hemos estado viendo estos días en todos los medios, incluido el momento en el
que se proclamara la Independencia, con la actitud demostrada también, por
todos los líderes secesionistas y si me apuran, hasta por la multitud que les
ha venido acompañando durante su periplo, produciendo a quiénes miramos desde
fuera, la escalofriante sensación de haber estado asistiendo al nacimiento de
una extraña secta, cuyos partidarios ignoran su propia inmolación, en pos de
una causa primera que les empequeñece convirtiéndoles en individuos
absolutamente alienables.
No sé por qué, recordé nuevamente una escena de la que ya les
hablé con anterioridad, no recuerdo hace cuánto tiempo, perteneciente a la
película Cabaret, en la que un joven de estética aria, vestido con el uniforme de las juventudes
hitlerianas, empieza a entonar, con el brazo en alto, en un merendero lleno de
un público entregado a consumir salchichas y cervezas, una canción titulada
“Tomorrow belongs to me”, a la que primero, nadie presta demasiada atención,
pero a la que después se van sumando, uno a uno, todos los comensales, hasta
convertirla en una especie de clamorosa manifestación simbólica del arraigo
popular de un fascismo, que poco después
se convertiría en imparable, trayendo para todos, las terribles consecuencias
que conocemos sobradamente, a través de la Historia.
Ese recuerdo inconsciente, que permaneció anclado a mi
memoria durante toda la noche y la reiteración machacona de los mismos
argumentos, esgrimidos incluso por un reconocido economista, con un ictus de
idéntica complacencia, no pudo, sino prolongar ese sentimiento de durísima
incertidumbre ante el futuro que se abre ante nosotros y la indeseada sensación
de que una buena parte de catalanes está decidido a vivir una realidad
paralela, en ese paraíso feliz fabricado para tal fin, no se sabe por quién ni
con qué intenciones, pero que finalmente, chocará de manera inevitablemente
violenta con la crudeza de la legalidad que acompaña al poder y que cuenta con
la aquiescencia de todo un mundo globalizado, que no dudará en destrozar
sin reparos, la esencia de este sueño.
A esos dos millones y pico de personas, que creyeron
sinceramente en la grandeza de su idea y que aún hoy, celebran con júbilo la
proclamación de una República virtual que se les ha venido presentando como la
quimera del oro, frente a la siniestralidad de un Estado imperfecto, convendría
quizá prevenirles de que los espejismos, que parecen reales ante los ojos y que
nos atraen poderosamente hacia la frescura de los oasis, en medio del desierto,
terminan por desvanecerse ante nosotros, aumentando la angustia por la sed y
sólo aquello que es verdaderamente tangible, puede proporcionarnos algún breve
instante de felicidad, pues nada en esta vida es absoluto, ni dura, para
nuestra desgracia, para siempre.
Será la suya, la crónica de una desilusión anunciada por la
rotundidad de una verdad, que apoyada en esa legalidad que los suyos
abandonaron precipitadamente, sin contar con las consecuencias que traen este
tipo de acciones irresponsables, de cara al porvenir de la gente, acabará por
imponerse sin remisión y reflexionar sobre los propios errores, podría ser
quizá el primer paso, para volver a intentar un entendimiento.

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