Mientras independentistas y unionistas continúan librando sus
batallas particulares, en las calles y en las Instituciones políticas, a las
puertas de los Ayuntamientos de todos los pueblos y ciudades, se congregó ayer
una marea blanca de personas, que reclamando diálogo, cordura y reflexión,
daban una lección impecable a todos aquellos que hacen de la intolerancia y el
inmovilismo, una doctrina fanática que nos ha colocado en el centro de una
tormenta, que bien pudiera convertirse en un huracán imparable.
Estas personas, entre las que me cuento, sin que me dé rubor
el confesarlo y cuya lealtad unos y otros se atribuyen sin tenerla,
considerándonos como una mayoría silenciosa, sin entender que nuestra voz no
coincide en este caso, con el mensaje que transmiten ninguna de las dos partes
que protagonizan el conflicto, es sin embargo, la única que apela seriamente a
terminar con la sinrazón que conduce a un camino sin ninguna salida y que clama
por el derecho expresar también una opinión que pretende quedar al margen de la
contienda, pero que probablemente por ser mayoritaria, debería democráticamente
anular las propuestas lanzadas por los secesionistas y los españolistas,
potenciando un diálogo negociador, partiendo desde luego, de cero.
Hay que entender que muchos de nosotros no podemos, porque no
nos lo permitiría la conciencia, colocarnos sistemáticamente en contra de los
catalanes, ni tampoco compartir ese patrioterismo barato de los españolistas que
convierten los símbolos del Estado en un
estandarte en propiedad con el que promocionar otro nacionalismo encubierto,
con el que no podemos estar de acuerdo, por lanzar un mensaje de xenofobia que
aterroriza en general a la gente normal, que creemos más bien, en la igualdad
de todos los individuos.
Está claro, que nosotros no disponemos de un recuento de
votos, legales o no, que constituyan una postura de fuerza con la que respaldar
nuestro criterio, ni del poder que poseen los Organismos oficiales para
combatir lo que ellos llaman insurrección de los pueblos, pero podría avalarnos
la obviedad de que las posturas encontradas de unos y de otros no están
conduciendo, ni conducirán a ninguna parte, más que a un enfrentamiento aún
mayor, mientras que el camino no explorado que proponemos y que no es otro que el de empezar a hablar,
para intentar alcanzar un consenso, bien podría agilizar una salida digna a
este esperpento que retransmitido en directo al resto del mundo, ofrece una
imagen de nación o naciones, ya da igual, incapaces de pensar en otra cosa que
en sus propios y recalcitrantes argumentos.
No ha habido, en ningún momento, por ninguna de las dos
partes, la más mínima intención de pararse a escuchar lo que la otra tiene que
decir y menos aún, la de procurar entender cómo se ha llegado hasta aquí y qué
parte de responsabilidad real tiene cada cuál en este terrible desencuentro.
Endiosados, los unos
en la movilización conseguida, tras años de reiterado adoctrinamiento y los
otros, en una férrea legalidad que indiscutiblemente es susceptible de ser
cambiada, como desgraciadamente se ha hecho antes, con alevosía y nocturnidad,
para desgracia nuestra, ambos bandos han empezado a creer ilusoriamente, que
cuentan con el respaldo de toda la Sociedad, olvidando que ésta se compone de
individuos que no han, forzosamente, de compartir un único pensamiento y cuya
inteligencia les permite la capacidad de elegir una vía propia por la que
transitar, lejos de malas y buenas influencias.
Vestirnos de blanco, era un modo de dar a entender, incluso a
los más cerriles, que somos dueños de esa libertad de pensamiento y que ni las
banderas, ni las canciones, ni los autoritarismos ni las incongruencias
propuestas hasta ahora, representan en absoluto nuestra voluntad, que quiere
permanecer al margen del cariz que están tomando los acontecimientos.
A ello apelamos, cuando levantamos las manos como símbolo de
inocencia y cuando desterramos banderas y colores de las protestas que
protagonizamos y que exigen, de unos y de otros, volver a la senda de la
racionalidad que nos distingue de las bestias y que ha de ser la única capaz de
redireccionar este conflicto estancado, por la inoperancia demostrada de sus
dirigentes.
Y aunque cada uno de nosotros pueda efectivamente defender en
su ámbito privado, la ideología que creyere oportuna, ahora es el momento de procurar
el retorno al sendero del respeto perdido hace ya tanto tiempo y que con toda
seguridad, podría y debería recuperarse con la propensión sincera al diálogo y
sobre todo, a la negociación que tanto echamos en falta, durante estos tiempos
de locura y desasosiego.
Puede, que al no ostentar cargos de importancia en ningún
Organismo relevante, al ser gente normal y
no hacer alarde alguno de desenfrenados patriotismos, no se nos
considere siquiera, como parte interesada
en el problema que nos ocupa, pero resulta imposible obviar, créanme, que esta
neutralidad real representada por el blanco que simboliza la paz, arrastra el
apoyo tácito o manifiesto de una gran parte de la Sociedad y que tiene por
tanto, derecho a ser tenida en cuenta, sobre todo porque no se corresponde con
el egocentrismo demostrado por los que lideran los bandos de esta guerra, sino
con la inocencia manifiesta de una ciudadanía que no alcanza a comprender que
no se haya optado por hablar, en lugar de poner en práctica una testarudez,
directamente huera.

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