sábado, 28 de octubre de 2017

Tiempos de utopía


La proclamación de la República Catalana se consumó ayer a medio día en un Parlament  sólo ocupado por los grupos secesionistas y Podemos, levantando una ola de entusiasmo entre los miles de personas que aguardaban un momento de tal trascendencia ante el Palacio de San Jaume  y un sentimiento de tristeza y preocupación en la población que presenciaba el acto sin poder creer lo que sucedía ante sus ojos.
Se cerraba así, un periodo de incertidumbre que nos había tenido a todos imaginando desenlaces distintos para un mismo acontecimiento y se rompía toda esperanza de que el diálogo y la negociación, por la que habíamos apostado hasta el último instante, acabaran por suavizar el encarnizado enfrentamiento entre los protagonistas de un conflicto, que finalmente no pudieron o no quisieron llegar a ningún tipo de acuerdo.
Sólo unas horas más tarde de que los nacionalistas catalanes hicieran tangible sus sueños, el Presidente Mariano Rajoy celebraba un consejo de ministros extraordinario, en el que daba curso a la aplicación del artículo 155, aprobada por el Senado y comenzaba a poner en marcha las primeras medidas propuestas por su Gobierno, comenzando con la destitución  al completo del Govern de la Generalitat y el cierre de un Parlament, en el que continuaban los festejos, por la llegada de la independencia.
Al mismo tiempo, convocaba sorpresivamente elecciones autonómicas para el próximo 21 de Diciembre, destituía al director de los mosssos de escuadra y a los delegados de la Generalitat  catalána  en Madrid y Bruselas y cerraba las llamadas embajadas que el Govern había estado instalando durante años, como un anuncio de su intención de independencia.
El día, que había comenzado con la incertidumbre de no saber aún cuáles eran las intenciones de Puigdemont y la propagación de las ofertas que aún le hacían los socialistas de Iceta para que reconsiderara la opción de acudir al Senado para defender sus argumentos, fue despejando dudas en cuanto se anunció el comienzo de un pleno, en el que de modo similar a lo que ocurriera el pasado Septiembre, se fueron rechazando una a una las propuestas que vinieron de parte de la oposición y aprobando las que provenían de los integrantes de los Partidos secesionistas, hasta el punto de que al final, se logró que la votación en la que se decidía la proclamación de la República fuera en urna y secreta, por lo que nunca podremos saber quiénes fueron los que propiciaron el triunfo del SI, cosa que complica enormemente la posible actuación contra ellos de la justicia.
En el momento de la votación, los parlamentarios de PP, Ciudadanos y PSC, abandonaron la sala y sólo los de Podemos permanecieron en sus asientos, mostrando, salvo en tres excepciones, las papeletas del NO, antes de introducirlas en la urna que se exponía en el centro del recinto.
 Se consumaba así, algo que una buena parte de la Sociedad catalana deseaba con todas sus fuerzas y otra parte temía con igual vehemencia, quedando demostrado con un realismo casi patético, la enorme fractura que se ha venido gestando en Catalunya durante los últimos años y que con toda probabilidad, perdurará por encima de lo que pueda ocurrir en el futuro, por mucho, mucho tiempo.
La noche, que transcurrió en las calles, en un ambiente festivo, lleno de fuegos de artificio y miles de personas envueltas en esteladas que reclamaban insistentemente que se retiraran las banderas españolas de los edificios públicos,  sirvió también, para que se publicaran en el BOE las medidas aprobadas por el Gobierno de Rajoy y para que se destituyera a Pere Soler y Trapero, cabezas visibles de los mossos de esquadra, fulminantemente.
El relato de los hechos, que podría definirse como ciertamente esperpéntico y en el que parecían convivir dos realidades diametralmente opuestas, supone sin embargo, una de las acciones de mayor gravedad con las que se haya enfrentado la Sociedad desde la muerte del Dictador y abre un periodo en el que cualquier cosa pudiera ocurrir, si la Generalitat se negara a cumplir las órdenes del Gobierno español y una buena parte de la Sociedad catalana optara por la desobediencia civil, haciendo frente a la aplicación del 155, aunque fuera de manera pacífica.
¿Cuenta el Estado español con los instrumentos necesarios para la aplicación de estas medidas propuestas? La verdad es que al no existir precedentes que puedan ofrecernos la seguridad de que todo el entramado que conlleva la aplicación del 155, puede llevarse a cabo de manera eficiente, sólo el paso de los días nos irá relatando lo que pueda ocurrir en Catalunya, en un futuro que se presenta ciertamente incierto.
Verdad es, que el hecho  de que la República no haya sido reconocida por ningún país del mundo, al menos hasta el momento y que las más grandes potencias se hayan posicionado abiertamente al lado de Rajoy, no facilita para nada el comienzo de una nueva nación, pero la realidad es que a los partidarios de la secesión, poco o nada parece importar, si no es la idea de continuar adelante con sus sueños.
Muchos catalanes, empezaban anoche a romper sus carnets de identidad y sus pasaportes, como gesto simbólico de la ruptura con el país que han venido considerando como su represor, sin querer creer que  la llegada de la República que celebraban, consistía en una mera utopía, carente de cualquier reconocimiento.
Era, como si una ceguera colectiva se hubiera apoderado de la gente, impidiéndoles distinguir cualquier viso de realidad que pudiera alejarles, ni una micra, de los argumentos que se han ido grabando a fuego en sus mentes, durante los últimos tiempos.
Cómo gestionarían su amada República quiénes les han traído hasta aquí, aislados del mundo, sin medios, sin recursos, sin empresas, sin empleos y por tanto, sin sueldos, no cupo nunca de sus planteamientos.
El despertar, será seguramente amargo de asimilar y es probable que muchos  de ellos se pregunten cómo consintieron en ser arrastrados hasta aquí, sin que nadie les advirtiera de los peligros que conllevaba construir este sueño.
Nada hay peor, que tener que ver cómo las ilusiones se hacen añicos, cuando las cosas se hicieron con buena voluntad, aunque sin contar de antemano con que el Poder, con mayúsculas, casi nunca pierde.
Bueno, quizá haya algo  peor: tener que abordar la reconstrucción de todos los apegos que se rompieron durante la elaboración de este proceso. Algunas de estas heridas, abiertas en su mayoría por la intolerancia de los unos contra los otros, quizá hayan matado para siempre los valores que propiciaban una convivencia pacífica entre ciudadanos, amigos  e incluso familias, que no fueron capaces de separar la ideología de los afectos.
Lo que haya de pasar, pasará, pero este tiempo de utopía, ha dejado sin embargo, en muchos de nosotros, un amargo recuerdo.



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