Aunque ayer por la tarde Carles Puigdemont decidía no acudir
al Senado y en el ambiente se daba por hecha una Declaración Unilateral de Independencia,
de madrugada, saltaba la noticia de que la Generalitat había enviado una propuesta de pacto a
Moncloa, en la que se accedía a convocar elecciones autonómicas anticipadas, a
cambio de que se diera marcha atrás en la aplicación del artículo 155, en
Catalunya.
A las doce y media de la mañana, aún no se conoce la
respuesta de Rajoy y todo el país continúa con la incertidumbre de saber qué
pasará finalmente esta tarde en el Parlament y en el Senado, aunque parece
haberse abierto una última esperanza de solución, sobre todo porque al PP debe
haberle complacido y mucho, que hayan sido los nacionalistas los que en cierto
modo, hayan dado marcha atrás en sus aspiraciones, al menos en este momento.
Pero el recuerdo que todos tenemos de las actuaciones de la
derecha española, en casos en que se haya cuestionado su poder, no son
precisamente tranquilizadores y por tanto, habrá que esperar a ver si son
capaces de aparcar, por una vez, su indignación por haber sido saboteados con las
votaciones del 1 de octubre, para poner los intereses reales de los ciudadanos
por encima de su orgullo herido, tramitando un acuerdo que en cierto modo
contentaría momentáneamente a las dos partes, para que volviera reinar entre nosotros,
la paz y la concordia.
Sin embargo, entre la
sensación con la que nos acostamos ayer y la que nos acompaña en esta mañana
decisiva en que se acumulan las noticias, no es para nada la misma y los que
siempre hemos apostado por la vía del diálogo y la negociación, queremos
conservar la ilusión de que los milagros de última hora son posibles, por lo
que respiramos un poco más aliviados, aunque sabemos que esta solución no
terminaría en absoluto con el problema catalán, aunque si supondría un balón de
oxigeno para permitir que las cosas se colocaran en su sitio y dentro de la
legalidad vigente.
Naturalmente, ya sabemos que si el PP aceptara la propuesta
lo haría de manera triunfalista, adjudicándose una baza que no le corresponde por derecho, pero esas
nimiedades, carecen de importancia cuando se trata de evitar un daño mayor y en
cierta medida, nos daríamos por satisfechos, si finalmente amainara la tormenta.
Enganchados a los medios de comunicación y sin pestañear por
lo que pudiera suceder en las próximas horas, permanecemos en una calma tensa
que lo invade todo y que no nos deja siquiera la posibilidad de pensar en
ninguna otra cosa y aunque somos conscientes que de arbitrarse esta vía, muchos
catalanes vivirán un momento amargo, por la desilusión que supone para ellos no
haber alcanzado su sueño, los inconvenientes que acarrearía para ellos una declaración
de independencia se advierten con mucha más claridad desde la distancia y
habría que considerar la ventaja que supone trasladar sus reivindicaciones al
marco de una legalidad, en la que en pos de la libertad de expresión, podrán
exigir, lo que quieran.
Lejos de extremismos absolutamente nefastos para este momento
concreto, atisbar un panorama en que por fin termine una confrontación que
estaba llegando a extremos insostenibles, debiera ser considerado como una
buena noticia, al menos hasta que los ánimos se calmen y seamos, por ambas
partes, capaces de racionalizar el problema, de manera sosegada y pacífica.
Ni los catalanes, ni los españoles, merecemos vivir una
tensión del calibre de la que hemos tenido soportar en los últimos tiempos y ya
les digo yo que si somos capaces de remontar las vastas distancias que se han
abierto entre nosotros, habremos ganado un terreno precioso en el que construir
nuestra propia libertad, lejos de la violencia y el fanatismo.
Les cuento, que a los que no nos hemos decantado por ninguno
de los dos bandos contendientes en esta batalla, no nos ha resultado fácil mantener
nuestra postura de neutralidad durante estos días, llegando incluso a ser acusados
por unos y por otros de una falta de patriotismo, que nada tiene que ver con la
comodidad o la cobardía y mucho con la voluntad de conciliación con que debiera
poder resolverse cualquier conflicto político.
Puede que si finalmente las cosas se arreglan, cuando pase el
tiempo, se templen las diferencias y vayan sanando las heridas, se comprenda
mucho mejor a quienes no quisimos participar en esta lucha encarnizada de
nacionalismos contrarios y también que el concepto de patria, que tanto sobrevaloran
quienes se envuelven en banderas y símbolos,
no representa precisamente un modelo de
amor hacia la tierra por la que uno tiene querencia, sino un modo de querer
poseerla de manera exclusiva y excluyente, que hace a los hombres perder unos
valores de universalidad, que debieran ser la base fundamental de toda
convivencia.

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