Todos esperan la
respuesta que Puigdemont dará, probablemente mañana, al Presidente del Gobierno
y deshojan la margarita según les conviene, pues los intereses políticos poco o
nada tienen que ver finalmente con los sentimientos de la gente y lo esencial,
para Partidos y líderes, suele estar directamente relacionado con aquello que
se propusieron como una meta irrenunciable.
Esto del problema catalán, que podría haberse resuelto si se
hubiera afrontado desde un principio, sin disfrazar verdades y secretos, por
ambas partes y con decidida voluntad de negociar, como suelen hacer las
personas inteligentes, cuando entre ellas surge un conflicto, se está
convirtiendo sin embargo, en un interminable cruce de opiniones opuestas que
van y vienen de un lado a otro, como arrastradas por un viento de irracionalidad
y que van horadando, para mal, la convivencia entre ciudadanos que hasta hace
bien poco gozaban de buena salud en sus relaciones, ahora seriamente dañada por
culpa de esa falta de respeto que solemos exhibir, contra quienes no piensan
como nosotros.
A uno le da la impresión, por lo que está viendo estos días,
que al final, ni de Rajoy ni de Puigdemont dependerá la deriva que puedan tomar
los acontecimientos y que serán don Partidos minoritarios, CUP y los Ciudadanos
de Albert Rivera, los que fuercen las decisiones que se tomen en Madrid y
Catalunya, cosa que puede complicar y mucho el panorama político en general,
pues sus posturas, como todos sabemos, se encuentran enmarcadas en extremos
imposibles de coincidir, dentro del arco político.
A nadie puede, sin embargo extrañar, que algo así pueda
suceder en un momento como éste, pues infelizmente y gracias a nuestra Ley
electoral, llevamos años dependiendo de los escasos diputados que representan a
ciertas minorías, pero que por azares del destino, se convierten en la llave de
la gobernabilidad y de las decisiones importantes, adquiriendo unas dosis de
poder que no les otorgaron las urnas y que por tanto, no merecen.
Así que mientras Rivera, deseoso de forzar unas elecciones en
Catalunya, con las que hacerse con la Presidencia de la Generalitat, para su
admirada Inés Arrimadas, azuza a su socio Rajoy para la aplicación, por vía de
urgencia, del 155, la CUP trata desesperadamente de obligar a Puigdemont a
declarar solemnemente la independencia, bajo amenaza de retirar del Parlament a
los suyos, dejando de este modo la mayoría en manos de los sectores partidarios
de la unidad, con lo que se rompería definitivamente, el ensueño.
Y sin embargo, aún puede ocurrir que Puigdemont devuelva la
pelota, sugiriendo a Rajoy que interprete lo que pasó el pasado lunes, como
considere oportuno, obligando de este modo al Presidente español a tener que
elegir entre lo que aconsejan muchos millones de ciudadanos, diálogo y
paciencia, o a seguir la estela marcada por Rivera, aplicando sin más dilación,
el 155, a las bravas, poniéndose en contra para siempre a la sociedad catalana
en general y a una buena parte de españoles que ven en la vía del diálogo y la
negociación, la única salida para este conflicto.
Muy mal deben estar pasándolo hoy uno y otro, sintiéndose
absolutamente acosados por los cantos de sirenas que les lanzan quiénes tienen
mucho menos que perder, que ellos mismos y porque en esto de las decisiones,
cuando se convierten en críticas, parece activarse un resorte que mueve a todo
el mundo a opinar, en un sentido u otro, por lo que puede que fuera mejor que
los protagonistas de esta historia, actuaran, por una vez, en conciencia.
Porque lo verdaderamente importante ahora es precisamente
hallar la manera de sanar las heridas profundas que se han abierto en nuestra
sociedad y que no paran de sangrar, vapuleadas por la crudeza del
enfrentamiento. Y esto, que puede que a muchos no les importe, por considerar
que en política no se debe tener corazón, resulta ser, de cara al futuro de
todos, una lacra que arrastraremos y que se irá enquistando irremediablemente
hasta convertirse en incurable, si no se encuentra pronto la medicina que nos
devuelva la salud y la cordura, que nos
han arrebatado la intolerancia y la falta absoluta de respeto.
Todos desearíamos no sólo que la respuesta de Puigdemont
fuera sincera, sino que esa misma sinceridad, fuera aplicada por parte de
Mariano Rajoy, más que en forma de contundentes medidas aún desconocidas, en
una mesa de negociación y partiendo, por ambas partes, de cero.
Hay, como sea, que borrar de la cabeza los agravios que
mutuamente nos hemos infringido los unos a los otros y empezar a comprender que
los demás están en su derecho, al opinar de modo diferente.
Jamás se conseguirá nada así, si nos enfrascamos en una
guerra de banderas y símbolos patrios que nunca podrán representar, del todo, a
todo el mundo.
Aceptar la diversidad y
valorarla como un aliciente, para mejorar nuestra amplitud de miras, es el
primer paso que todos debiéramos dar, en estos momentos difíciles. Lo contrario
nos retrotraería mucho tiempo atrás y en cierto modo, haría de nosotros, seres
primitivos cuya felicidad se reduce a pertenecer a una estrecha franja de
tierra.

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