domingo, 15 de octubre de 2017

Deshojando la margarita


Todos esperan  la respuesta que Puigdemont dará, probablemente mañana, al Presidente del Gobierno y deshojan la margarita según les conviene, pues los intereses políticos poco o nada tienen que ver finalmente con los sentimientos de la gente y lo esencial, para Partidos y líderes, suele estar directamente relacionado con aquello que se propusieron como una meta irrenunciable.
Esto del problema catalán, que podría haberse resuelto si se hubiera afrontado desde un principio, sin disfrazar verdades y secretos, por ambas partes y con decidida voluntad de negociar, como suelen hacer las personas inteligentes, cuando entre ellas surge un conflicto, se está convirtiendo sin embargo, en un interminable cruce de opiniones opuestas que van y vienen de un lado a otro, como arrastradas por un viento de irracionalidad y que van horadando, para mal, la convivencia entre ciudadanos que hasta hace bien poco gozaban de buena salud en sus relaciones, ahora seriamente dañada por culpa de esa falta de respeto que solemos exhibir, contra quienes no piensan como nosotros.
A uno le da la impresión, por lo que está viendo estos días, que al final, ni de Rajoy ni de Puigdemont dependerá la deriva que puedan tomar los acontecimientos y que serán don Partidos minoritarios, CUP y los Ciudadanos de Albert Rivera, los que fuercen las decisiones que se tomen en Madrid y Catalunya, cosa que puede complicar y mucho el panorama político en general, pues sus posturas, como todos sabemos, se encuentran enmarcadas en extremos imposibles de coincidir, dentro del arco político.
A nadie puede, sin embargo extrañar, que algo así pueda suceder en un momento como éste, pues infelizmente y gracias a nuestra Ley electoral, llevamos años dependiendo de los escasos diputados que representan a ciertas minorías, pero que por azares del destino, se convierten en la llave de la gobernabilidad y de las decisiones importantes, adquiriendo unas dosis de poder que no les otorgaron las urnas y que por tanto, no merecen.
Así que mientras Rivera, deseoso de forzar unas elecciones en Catalunya, con las que hacerse con la Presidencia de la Generalitat, para su admirada Inés Arrimadas, azuza a su socio Rajoy para la aplicación, por vía de urgencia, del 155, la CUP trata desesperadamente de obligar a Puigdemont a declarar solemnemente la independencia, bajo amenaza de retirar del Parlament a los suyos, dejando de este modo la mayoría en manos de los sectores partidarios de la unidad, con lo que se rompería definitivamente, el ensueño.
Y sin embargo, aún puede ocurrir que Puigdemont devuelva la pelota, sugiriendo a Rajoy que interprete lo que pasó el pasado lunes, como considere oportuno, obligando de este modo al Presidente español a tener que elegir entre lo que aconsejan muchos millones de ciudadanos, diálogo y paciencia, o a seguir la estela marcada por Rivera, aplicando sin más dilación, el 155, a las bravas, poniéndose en contra para siempre a la sociedad catalana en general y a una buena parte de españoles que ven en la vía del diálogo y la negociación, la única salida para este conflicto.
Muy mal deben estar pasándolo hoy uno y otro, sintiéndose absolutamente acosados por los cantos de sirenas que les lanzan quiénes tienen mucho menos que perder, que ellos mismos y porque en esto de las decisiones, cuando se convierten en críticas, parece activarse un resorte que mueve a todo el mundo a opinar, en un sentido u otro, por lo que puede que fuera mejor que los protagonistas de esta historia, actuaran, por una vez, en conciencia.
Porque lo verdaderamente importante ahora es precisamente hallar la manera de sanar las heridas profundas que se han abierto en nuestra sociedad y que no paran de sangrar, vapuleadas por la crudeza del enfrentamiento. Y esto, que puede que a muchos no les importe, por considerar que en política no se debe tener corazón, resulta ser, de cara al futuro de todos, una lacra que arrastraremos y que se irá enquistando irremediablemente hasta convertirse en incurable, si no se encuentra pronto la medicina que nos devuelva la salud y la cordura, que  nos han arrebatado la intolerancia y la falta absoluta de respeto.
Todos desearíamos no sólo que la respuesta de Puigdemont fuera sincera, sino que esa misma sinceridad, fuera aplicada por parte de Mariano Rajoy, más que en forma de contundentes medidas aún desconocidas, en una mesa de negociación y partiendo, por ambas partes, de cero.
Hay, como sea, que borrar de la cabeza los agravios que mutuamente nos hemos infringido los unos a los otros y empezar a comprender que los demás están en su derecho, al opinar de modo diferente.
Jamás se conseguirá nada así, si nos enfrascamos en una guerra de banderas y símbolos patrios que nunca podrán representar, del todo, a todo el mundo.
 Aceptar la diversidad y valorarla como un aliciente, para mejorar nuestra amplitud de miras, es el primer paso que todos debiéramos dar, en estos momentos difíciles. Lo contrario nos retrotraería mucho tiempo atrás y en cierto modo, haría de nosotros, seres primitivos cuya felicidad se reduce a pertenecer a una estrecha franja de tierra.


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