lunes, 9 de octubre de 2017

División familiar


La convocatoria que la Sociedad Civil Catalana  para ayer Domingo y que contó con el apoyo tácito de PP, Ciudadanos y algunos líderes socialistas que encabezados por Josep Borrell, se sumaron a ella individualmente, sacó a la calle a un buen número de catalanes, que la guerra de cifras, impide seriamente calcular y que envueltos en banderas nacionales, reclamaron insistentemente la unidad de España, demostrando con ello la gravísima división familiar que ha provocado en su tierra el asunto del Referendum.
La evidencia de esta confrontación, casi  a tres bandas, pues en pocos días han desfilado por los mismos lugares, independentistas, partidarios de la negociación y unionistas, que hasta ahora al menos aparentemente, eran capaces de convivir pacíficamente los unos con los otros, queda netamente reflejada en los mensajes contrapuestos y muy a pesar nuestro, también en la intolerancia que esgrimen contra sus propios conciudadanos, obviando que el derecho a la libertad de pensamiento, exige, para con los demás, unas mínimas dosis de respeto.
Pero las espadas están en alto y la crispación parece haber llegado a un límite tal, que nubla el entendimiento, fundamentalmente, porque los políticos, que tendrían que ser precisamente los encargados de ofrecer obligatoriamente un ejemplo de tolerancia para con sus adversarios más directos, han perdido, en este asunto de Cataluña, el norte y no hacen otra cosa más que avivar un fuego que terminará por devastar su propio territorio, en el que ya nunca volverá a ser igual el trato entre conciudadanos, después de la terrible exaltación de estos tristes momentos.
La pelota está ahora en manos del Presidente Puigdemont y de quiénes le acompañan en el que se podría definir como su sueño y la península entera, contiene la respiración esperando con impaciencia el discurso que pronunciará mañana en el Parlament, esperando sin demasiada confianza, un atisbo de grandeza política, que le haga reconsiderar que no todos los que habitan su tierra piensan como él, a la vista de las multitudinarias manifestaciones que se han producido, también delante de sus ojos.
Tampoco Rajoy puede ni debe olvidar los dos millones de personas que acompañan a Puigdemont en esta aventura y que han puesto todas sus ilusiones en que la Independencia constituye una panacea que les librará de todos los peligros, por lo que no vendría nada mal un gesto de generosidad por su parte, para enmendar los gravísimos errores que ha venido cometiendo durante años y que nos ha traído hasta dónde nos encontramos ahora, los unos y los otros.
Sin conocer la hoja de ruta que los independentistas guardan celosamente, en previsión de ser aplastados, antes de mañana, por la aplicación directa del 155 o por la Ley de Seguridad ciudadana, con la que se amenaza también desde Madrid, la incertidumbre se ha convertido en la tónica general que se palpa en todos los ambientes y sólo un milagro de última hora, podría corregir la marcha desenfrenada que ha tomado esta historia rocambolesca que sin quererlo afecta a la Sociedad entera y no sólo a los que viven en Catalunya.
Entretanto, las Empresas continúan su huída hacia adelante, más que por el bien de los que dependen de su funcionamiento, por salvaguardar sus capitales y una especie de histeria colectiva ha entrado a complicar un escenario, que ya no resulta ser tan idílico como lo pintaban los promotores del Referendum, pues estas entidades no tienen ni tendrán la menor intención de retornar, hasta que la situación no se estabilice del todo, a su muy amada y ahora también temida, Catalunya.
Todos los actores de la obra, caminan en estos instantes por una cuerda floja a punto de romperse y sólo el azar se encargará de decidir quién será el que provoque su fractura, mientras los aguerridos patriotas de uno y otro bando se lanzan reiteradamente acusaciones y reproches mutuos, que sólo consiguen poner de manifiesto su ineptitud para gestionar una situación que se les ha escapado de las manos, sin que ahora sepan cómo deshacerse del monstruo que han creado y que seguramente les perseguirá para siempre.
Cansados de esperar a que la baraja se rompa y agotados por la devastadora lucha que se libra en este improvisado campo de batalla, hasta ayer apacible, los ciudadanos permanecen anclados a esa angustia destructora que mina los cimientos de la convivencia, sacando de su interior a seres irreconocibles que actúan  fuera de toda sensatez, probablemente porque los nervios son ahora prisioneros de los fantasmas del fanatismo.
Y aunque lo peor podría estar aún por llegar, uno tiene la sensación de haber vivido cien años en sólo unos días, envejeciendo íntimamente y sin remisión, como si una apisonadora nos hubiera pasado por encima aplastando toda nuestra capacidad de raciocinio y ya no nos quedaran más que las ganas de  que todo termine cuanto antes, rogando, eso sí, que haya suerte.

Algún día, la Historia se encargará de demandar a éstos que nos trajeron hasta aquí, su responsabilidad en estos hechos y ya les digo yo, que la verdad es tozuda en perseguir a los hombres durante toda su vida, hasta terminar por imponerse implacablemente, sobre todos y cada uno de nosotros.

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