La convocatoria que la Sociedad Civil Catalana para ayer Domingo y que contó con el apoyo
tácito de PP, Ciudadanos y algunos líderes socialistas que encabezados por
Josep Borrell, se sumaron a ella individualmente, sacó a la calle a un buen
número de catalanes, que la guerra de cifras, impide seriamente calcular y que
envueltos en banderas nacionales, reclamaron insistentemente la unidad de
España, demostrando con ello la gravísima división familiar que ha provocado en
su tierra el asunto del Referendum.
La evidencia de esta confrontación, casi a tres bandas, pues en pocos días han
desfilado por los mismos lugares, independentistas, partidarios de la
negociación y unionistas, que hasta ahora al menos aparentemente, eran capaces
de convivir pacíficamente los unos con los otros, queda netamente reflejada en
los mensajes contrapuestos y muy a pesar nuestro, también en la intolerancia
que esgrimen contra sus propios conciudadanos, obviando que el derecho a la
libertad de pensamiento, exige, para con los demás, unas mínimas dosis de
respeto.
Pero las espadas están en alto y la crispación parece haber
llegado a un límite tal, que nubla el entendimiento, fundamentalmente, porque
los políticos, que tendrían que ser precisamente los encargados de ofrecer
obligatoriamente un ejemplo de tolerancia para con sus adversarios más
directos, han perdido, en este asunto de Cataluña, el norte y no hacen otra
cosa más que avivar un fuego que terminará por devastar su propio territorio,
en el que ya nunca volverá a ser igual el trato entre conciudadanos, después de
la terrible exaltación de estos tristes momentos.
La pelota está ahora en manos del Presidente Puigdemont y de
quiénes le acompañan en el que se podría definir como su sueño y la península
entera, contiene la respiración esperando con impaciencia el discurso que
pronunciará mañana en el Parlament, esperando sin demasiada confianza, un
atisbo de grandeza política, que le haga reconsiderar que no todos los que
habitan su tierra piensan como él, a la vista de las multitudinarias
manifestaciones que se han producido, también delante de sus ojos.
Tampoco Rajoy puede ni debe olvidar los dos millones de
personas que acompañan a Puigdemont en esta aventura y que han puesto todas sus
ilusiones en que la Independencia constituye una panacea que les librará de
todos los peligros, por lo que no vendría nada mal un gesto de generosidad por
su parte, para enmendar los gravísimos errores que ha venido cometiendo durante
años y que nos ha traído hasta dónde nos encontramos ahora, los unos y los
otros.
Sin conocer la hoja de ruta que los independentistas guardan
celosamente, en previsión de ser aplastados, antes de mañana, por la aplicación
directa del 155 o por la Ley de Seguridad ciudadana, con la que se amenaza
también desde Madrid, la incertidumbre se ha convertido en la tónica general
que se palpa en todos los ambientes y sólo un milagro de última hora, podría
corregir la marcha desenfrenada que ha tomado esta historia rocambolesca que
sin quererlo afecta a la Sociedad entera y no sólo a los que viven en
Catalunya.
Entretanto, las Empresas continúan su huída hacia adelante,
más que por el bien de los que dependen de su funcionamiento, por salvaguardar
sus capitales y una especie de histeria colectiva ha entrado a complicar un
escenario, que ya no resulta ser tan idílico como lo pintaban los promotores
del Referendum, pues estas entidades no tienen ni tendrán la menor intención de
retornar, hasta que la situación no se estabilice del todo, a su muy amada y
ahora también temida, Catalunya.
Todos los actores de la obra, caminan en estos instantes por
una cuerda floja a punto de romperse y sólo el azar se encargará de decidir
quién será el que provoque su fractura, mientras los aguerridos patriotas de
uno y otro bando se lanzan reiteradamente acusaciones y reproches mutuos, que
sólo consiguen poner de manifiesto su ineptitud para gestionar una situación
que se les ha escapado de las manos, sin que ahora sepan cómo deshacerse del
monstruo que han creado y que seguramente les perseguirá para siempre.
Cansados de esperar a que la baraja se rompa y agotados por
la devastadora lucha que se libra en este improvisado campo de batalla, hasta
ayer apacible, los ciudadanos permanecen anclados a esa angustia destructora
que mina los cimientos de la convivencia, sacando de su interior a seres
irreconocibles que actúan fuera de toda
sensatez, probablemente porque los nervios son ahora prisioneros de los
fantasmas del fanatismo.
Y aunque lo peor podría estar aún por llegar, uno tiene la
sensación de haber vivido cien años en sólo unos días, envejeciendo íntimamente
y sin remisión, como si una apisonadora nos hubiera pasado por encima
aplastando toda nuestra capacidad de raciocinio y ya no nos quedaran más que
las ganas de que todo termine cuanto antes,
rogando, eso sí, que haya suerte.
Algún día, la Historia se encargará de demandar a éstos que
nos trajeron hasta aquí, su responsabilidad en estos hechos y ya les digo yo,
que la verdad es tozuda en perseguir a los hombres durante toda su vida, hasta
terminar por imponerse implacablemente, sobre todos y cada uno de nosotros.

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