Hace ya mucho tiempo que los políticos que gobiernan nuestros
destinos debieran haber recibido un curso intensivo sobre el arte de saber escuchar
a los demás y más aún, incluso desde que
decidieron que su vocación era dedicarse al servicio público, habrían tenido que saber lo imprescindible que
resulta, si se quiere llegar a buen puerto, ejercer de manera continuada la
negociación entre Partidos con ideologías diferentes que ejerciendo libremente
su libertad de pensamiento y expresión, pueden legítimamente apostar por las
iniciativas que deseen, sin que esto suponga un menoscabo de la buena marcha del país, sino más bien, un
enriquecimiento de la convivencia en la diversidad, en la que desde luego, si
se trabaja duro y con buena voluntad, no es difícil alcanzar un consenso.
A la vista de los acontecimientos que vivimos con verdadera
intensidad estos días, a todos nos ha quedado meridianamente claro que ni
Puigdemont ni Rajoy se encuentran a la altura que requiere la resolución de un
conflicto como el de Catalunya, ya que ninguno de los dos ha debido pararse un
solo instante a considerar las alternativas que le propone el que tiene
enfrente y ambos andan, enrocados en unas posiciones inamovibles, a causa de
las presiones que reciben, pero también del propio convencimiento, sin querer
admitir que el tira y afloja, el ceder, en definitiva de algún modo a las
sugerencias del otro, son y serán el único camino por el que se pueda transitar
para lograr un acuerdo, lejos de amenazas y demostraciones de fuerza, que
acaban siempre perjudicando y de qué manera, a los mismos, que somos todos los
ciudadanos.
No creo yo que el mandato que les otorgamos a ambos, a través
de las urnas, supongan una patente de corso para hacer y deshacer a su antojo cosas
de un calado tan hondo como las que están sucediendo, ni que haya ninguna
necesidad de apostar porque alguno de los dos salga humillado, presentando ante
el otro una rendición incondicional, en esta guerra absurda que se han
declarado mutuamente y que no tiene visos de terminar, si continúan cegados por
esas ideas que no están dando más que unos espantosos resultados que no logran
sacarnos, ni a unos ni a otros, del laberinto en que estamos inmersos.
Ya les adelanto yo, que los problemas nunca se solucionaron
con amenazas y evasivas, como parece pretender Puigdemon y menos aún, con la
aplicación de medidas represivas que no harán desaparecer de las calles a los
dos millones y pico de catalanes que apuestan por el camino de la
independencia, sino que ambas cosas, irán irremediablemente enquistando unos
sentimientos que empiezan a parecerse peligrosamente a una xenofobia
exacerbada, que no puede generar más que violencia.
Hay que hablar. No podemos cansarnos de repetirlo y hacerlo
pronto, frente a frente y sin condiciones previas que condicionen el resultado
de una negociación que se presenta tremendamente dificultosa, pero ya lo hemos
dicho otras veces, la capacidad de superar los obstáculos, por enormes que
sean, marca a diferencia sustancial entre pequeños y grandes políticos y en estos momentos difíciles, no queda otro
remedio que rogar que ambos contendientes consigan dar la talla que merece la
Sociedad. Así debemos exigirlo.

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