jueves, 30 de noviembre de 2017

Insultos en la red


Creo que puedo hablar desde la experiencia que ofrecen siete años de escribir artículos en un blog, para posicionarme absolutamente en contra de la proliferación de insultos, vertidos  hacia otros, a través de la red, defendiendo la teoría de que el Diccionario de la Lengua Española resulta ser lo suficientemente amplio, como para no tener que emplear, jamás, términos  que ofendan los sentimientos de otras personas, por muy en contra que estemos de sus opiniones, afectos o querencias.
Jugar con el vacío legal existente en este medio, por el que todos nos comunicamos, no exime de la obligación de respetar ciertas normas, que tácitamente uno debe aceptar cuando decide lanzar un mensaje, que deja de ser privado en el mismo momento en el que entra en este gigante de la comunicación, convirtiéndose en una especie de ventana a la cualquiera puede asomarse para escudriñar nuestra intimidad, aunque sin trasgredir el derecho que preserva la de todos, a través de los gestos, las imágenes o las palabras.
Puedo asegurarles, y todos mis seguidores son testigos de excepción de que lo que digo es totalmente cierto, que en este periodo que va desde Mayo del 2010, a la actualidad, he tratado una gran variedad de temas sin censuras ni cortapisas y que la mayoría de las veces, mis opiniones han sido muy críticas con ciertos personajes, hechos o situaciones, pero que siempre, desde el primer momento, tuve muy claro que resultaba estrictamente necesario trazar una línea que jamás debía traspasar y hasta el día de hoy, he cumplido esa promesa, escrupulosamente.
La libertad de expresión, que debe ser considerada como un derecho inalienable para todos los seres humanos, consiste fundamentalmente, no sólo en que uno pueda decir con total libertad lo que piensa, sino también en que los otros puedan hacer lo propio, en idénticas condiciones, procurando no caer nunca en la trampa de que la indignación se transforme en odio, ni las ideas en conceptos radicalizados que harían perder cualquier atisbo de razón, a aquellos que se proponen una labor de  comunicación o proselitismo.
Atentar contra los demás, amparándose en esta especie de plácido anonimato que ofrece la red, no es más que un acto supremo de cobardía, que señala a los autores de estos mensajes, la mayoría de las veces indiscriminados y fruto de un momento de total obcecación, en seres incapaces de empatizar con los sentimientos que puedan albergar los receptores, que en todos los casos han de ser necesariamente muy similares a los propios, ya que todos formamos parte de una misma especie.
Verdad es, que habría que regularizar la situación legal de este medio, que se está escapando de las manos, a pasos agigantados, como cobrando vida propia, pero no es menos cierto que cada uno de nosotros es, en definitiva, dueño soberano de aquello que dice y que por tanto, debe asumir las responsabilidades que se deriven de ello.
La regla, que no está escrita, pero que cualquier persona inteligente entendería sin demasiado esfuerzo, es que el respeto a la pluralidad ha de estar siempre por encima de aquello que concierne a uno sólo, por una simple razón numérica y ya les reconozco yo, que se dan muchas situaciones en las que a uno le apetecería enormemente dar rienda suelta al animal que todos llevamos dentro, aunque la idea queda inmediatamente anulada, en cuanto entendemos que sólo hay un paso que separa la inteligencia de la estulticia.
A los que nunca se plantearon eso, a los que lanzan mensajes de odio hacia los demás o a los que escriben lo primero que les viene a la cabeza, dando rienda a  demonios personales, a que quizá debieron tratarse hace tiempo, yo les aconsejaría que pusieran en práctica el ejercicio reflexionar sobre lo que  sentirían, si los mensajes fueran dirigidos contra ellos.
Si son personas normales, no hará falta absolutamente nada más y si no lo son, probablemente necesitan con urgencia una ayuda profesional que les enseñe a canalizar el odio, cosa que puede hacerse y miles de expertos en Psicología, podrían dar fe de ello.
Y a los usuarios de la red, como ustedes y como yo, rogar encarecidamente que colaboren en no convertir en virales tan tremendos desatinos, pues al hacerlo, nos convertiríamos, en cierta medida, en cómplices de las acciones perpetradas por estos personajes anónimos, a los que como mínimo, se podría calificar como  desequilibrados, categóricamente.


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