Mucho se ha hablado de la ambigüedad de Colau y Podemos ,en
cuanto al problema de Catalunya y se podría decir, sin temor a equivocarse, que
muy pocos han entendido la postura que han venido adoptando durante el recrudecimiento
de esta crisis extrema, porque la pura realidad es que durante unos meses, los
Partidos han dejado de hacer política, para conducir a las masas, únicamente a través de los
sentimientos, alentando un modo de hacer patria, basado
en símbolos, banderas y una marcada huella de pertenencia a los lugares de los
que procedemos, que nos ha encaminado a todos a una especie de enrevesado
laberinto en el que ya no cabe la razón, ni el derecho legítimo a discrepar
abiertamente de estos supuestos, para posicionarse en una idea infinitamente
más universal, lejos de nacionalismos trasnochados que provocan rupturas irresolubles,
como las que estamos viviendo, en los últimos tiempos.
Criticados por nacionalistas
y unionistas, por igual y rechazados de manera semejante por unos y por
otros, como si no existiera otro mundo que el pequeño espacio que han venido
ocupando los principales contendientes de esta absurda guerra, en la que se han
cometido errores imperdonables por ambas partes, que los otros han celebrado
como triunfos propios, aún sin merecerlo, las bases de En Comú Podem decidieron
desde el primer momento posicionarse a favor de una tercera vía, que imponía
como condición esencial, la negociación entre las partes, para poder alcanzar
un acuerdo de Referéndum legal y
pactado, en el que los catalanes pudieran pronunciarse libremente, sobre sus preferencias políticas
y en el que se pudiera abrir una campaña en la que todos expusieran con
claridad sus pensamientos, respetando, pacíficamente, también el de los otros,
hasta decidir democráticamente el camino deseado por las mayorías, aún cuando
éste pudiera no coincidir en absoluto, con los propuestos por Rajoy y Puigdemont,
cosa que se podría esperar, una vez que pudiera oírse la voz de las mayorías
silenciosas.
Esta postura, que han denostado reiteradamente nacionalistas
y constitucionalistas, aunque durante el tiempo que ha durado la batalla, se ha
procurado estar siempre del lado que marcaba la sensatez, criticando duramente
las cargas policiales del primero de octubre y la aplicación del 155, pero
también reprochando, por ejemplo, el modo en que se ha llevado a cabo el
proceso, como hiciera Cosculluela, a corazón abierto, en el Parlament, se ha
materializado finalmente en la ruptura del pacto que existía en el Ayuntamiento
de Barcelona, entre el Partido de Colau y los socialistas, como respuesta al
apoyo incondicional que los de Sánchez han prestado a Rajoy y a Ciudadanos y a
las medidas exageradas adoptadas por la Juez Lamela, que ha llevado a prisión a los Consellers que
han permanecido en el país, con Oriol Junqueras a la cabeza.
La decisión, que no ha sido adoptada personalmente por Colau,
sino votada por las bases, como suele ser lo normal, en este Partido, viene a
echar leña al fuego que todos avivan en contra de Podemos y sus socios, probablemente
sin entender que cuando se aplican fielmente los principios de la Democracia,
los resultados de las consultas, no siempre suelen coincidir con los deseos de
los propios dirigentes.
Esta falsa ambigüedad, que es en realidad un modo de gritar
con claridad meridiana que no se está de acuerdo con nada de lo ocurrido y que
se apuesta por una idea propia que quizá pudiera arbitrar una solución
razonable al conflicto, crea sin embargo, una idea equivocada entre las masas
que siguen ciegamente a estos forjadores de espejismos y con toda probabilidad,
acabará pasando una injusta factura a Podemos y también a Colau, que podría
perder la Alcaldía, por haber actuado, simplemente, con honradez, lejos del
patrioterismo barato propuesto desde los dos frentes principales de esta
contienda.
Pero perder votos, cuando se mantienen intactos los
principios y se actúa en conciencia, carece realmente de importancia, pues el
tiempo, tozudo y contundente, termina por dar la razón a quiénes la tienen y
por colocar de una u otra manera, a cada cual, exactamente dónde le
corresponde.
Así que salir perjudicado de esta guerra, caer si hay que
caer, pero con honor, no debe significar en absoluto que los planteamientos que
se defendían fueran erróneos y puede que en un futuro no demasiado lejano,
podamos todos comprobarlo, felizmente.
Habrá que volver a levantarse, sin rencor y sobre todo
sintiendo orgullo de no haber sucumbido a la engañosa magia que se ha apoderado
de una buena parte de los ciudadanos, convirtiéndoles en auténticos radicales,
en uno y otro bando.
Ya quisieran unos y otros ofrecer un ejemplo de democracia,
en el que jamás se traspasaran las líneas del respeto a los demás, y hacerlo,
aún a riesgo de perder todo lo ganado, a base de trabajo y esfuerzo.
Quizá de este modo, un poco de luz iluminara este espacio de
tiniebla en el que nos movemos a tientas, en los últimos tiempos.

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