La sala de Gobierno de la Audiencia Nacional ha decidido hoy
modificar la composición del tribunal que juzgaba el caso de la Caja B del
Partido Popular y sustituir a los dos jueces progresistas que se atrevieron a
sentar a Rajoy en el banquillo de los testigos, por otros dos, de la corriente
moderada, propuestos por la sucesora de Concepción Espejel, que como todos
recordarán, fue recusada por su declarada simpatía hacia la Formación
conservadora, principal protagonista de este juicio.
Estos cambios inesperados, dejan en el Tribunal que juzga la causa a un único
juez, de los tres que empezaron este proceso, colocándole en una difícil
situación para poder continuar con la línea de enjuiciamiento marcada hasta
ahora por la sala, atribuyéndole dos nuevos compañeros de viaje, que por su
presunta ideología, podrían marcar un antes y un después en la forma de
entender cómo se deben los hechos ocurridos y si se dan motivos probatorios
suficientes, para considerarlos como delito.
Poco ha tardado en producirse una cadena de reacciones en
contra de esta decisión, que ha sido calificada por muchos, directamente, como
un escándalo e incluso ha habido quién se ha atrevido a asegurar que la mano de
Espejel se ha encargado de propiciar esta inaceptable propuesta, empeñada quizá,
en limpiar la imagen de un Partido Popular, que saldría seriamente perjudicada, si pudiera probarse la
naturaleza de estos delitos.
A la izquierda en general, le ha pillado por sorpresa este canje,
que no parece casual, sino más bien, orientado a equilibrar lo ocurrido hasta
ahora, con lo que pueda pasar en un futuro próximo, por lo que líderes de la
talla de Margarita Robles, se han apresurado a calificarlo, como una auténtica
vergüenza.
Todo, la verdad, resultaría ser mucho más fácil si a los
jueces se les permitiese, como a los ciudadanos corrientes, poder declarar
abiertamente sus preferencias ideológicas, pero la obligación de ser objetivos
a la hora de juzgar, construye historias parecidas a las que hoy contamos, sin
que se pueda asegurar tajantemente, si pertenecen o no en esencia, a un
determinado Partido político.
De ahí, los rifirrafes que se organizan cada vez que algún
caso es adjudicado a un Magistrado del que se sospecha su simpatía por los que
se sientan en el banquillo de los acusados y de ahí, las acusaciones que
continuamente se vierten, de un lado a otro y las quejas frecuentes sobre la
presunta manipulación descarada de la justicia.
Ya veremos, qué deriva toma este caso a partir de ahora y si
la existencia de la Caja b del PP, queda o no,
finalmente probada, para este tribunal que nada tiene que ver con el que
le precediera, por lo que se podría afirmar que dónde hubo alguna vez esperanza
de que todo quedara esclarecido, para tranquilidad de los ciudadanos, puede que
sólo quede la ilusión de que se hiciera
justicia, de verdad, en algún caso relacionado con los miembros de un Partido
político.
Evidentemente, nada podemos predecir antes de que ocurran los
hechos y habremos de aguardar hasta empezar a ver por qué camino discurren las
próximas sesiones de este enrevesado juicio, pero algo nos dice que la
perseverancia demostrada por los jueces salientes, para aclarar lo que pasó,
quedará francamente debilitada a partir de ahora, con esta mayoría conservadora
llevando las riendas de lo que suceda en la sala.
Muchas veces hemos hablado de la necesidad de que exista una
separación real de poderes, en nuestro país, que garantice la justicia para
todos los ciudadanos en igualdad de condiciones y casos como éste de hoy, nos
demuestran que queda un largo camino por recorrer, hasta lograr que esta
necesidad perentoria, se convierta en un hecho.
Porque mientras los mecanismos de intervención en el campo de
la justicia, por parte de los políticos, no sean abolidos en su totalidad, a
todos nos queda la amarga sensación de encontrarnos absolutamente indefensos,
ante un gigante contra el que no podemos combatir, si no es a través de una
reclamación permanente que, por supuesto, no abandonamos, en ningún momento.
De todos modos, se podría afirmar que la neutralidad a la
hora de juzgar un delito, es definitivamente imposible y por eso, lo mejor
sería que se despojara a los jueces de su privilegio de poder hacer
interpretación de la Ley, conservando sólo la capacidad de aplicarla,
estrictamente, tal y cómo fue escrita.

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