martes, 28 de noviembre de 2017

La vida es bella


Mientras sus compañeros de la aventura independentista permanecen en prisión y los primeros escarceos previos a la campaña electoral, entre secesionistas y unionistas comienzan a ser evidentes, Carles Puigdemont, pasea su catalanismo dulcificado por todo el territorio belga y disfruta de las bondades que le ofrece la vida en una especie de tour turístico y siempre acompañado de sus fieles consellers.
Le hemos visto esta semana en Gante y en Brujas, coincidiendo con algunos de sus fieles que se encontraban allí de vacaciones o por motivos meramente laborales y  también por un puñado de separatistas flamencos, que ven en el ex President catalán, un posible ejemplo a seguir para ganar terreno en sus viejas reivindicaciones y que le acogen, por tanto, con honores de héroe.
Nunca podremos saber con certeza cuáles fueron las verdaderas pretensiones de Puigdemont cuando decidió abandonar su territorio, para refugiarse en la Capital de la Comunidad europea, pero lo cierto y verdad es que ha dejado tras de sí una auténtico conglomerado de dificultades que han venido dañando seriamente la vida de sus compañeros, mientras él goza de una libertad que le permite defender sus posiciones sin ningún tipo de censura, en un país extranjero, en el que no se tiene la necesaria objetividad para juzgar lo que está ocurriendo ni en España, ni en Cataluña y en el que campa por sus respetos demostrando, a juzgar por su permanente sonrisa, lo bella que es la vida.
Establecido allí como una especie de Embajador de la causa soberanista y recibiendo constantes visitas de sus partidarios, que han hecho de Bruselas un lugar de peregrinación en el que confraternizar con el President de manera casi familiar e impensable, si hubiera permanecido en su cargo, Puigdemont pasa las semanas dedicado al pleno enaltecimiento de las virtudes que acompañarían a su futura República catalana y narrando al mundo una historia contada en su totalidad desde un prisma absolutamente personal, tratando de internacionalizar  un conflicto, que corresponde resolver única y exclusivamente a políticos catalanes y españoles… pero in situ.
Entretanto, la tensión generada entre estos dos bloques de incompatibilidad manifiesta, no para de componer nuevas noticias que todos sobrellevamos como  podemos, sin habernos movido de nuestra ubicación geográfica y ya nos gustaría a más de uno poder tomar distancia con la facilidad que lo ha hecho el ex President y de paso, conocer  Bruselas en profundidad, si alguien nos pagara generosamente los gastos que generara una larga estancia en aquel país, o en cualquier otro desde el que desde luego, pudiéramos expresar a diario, todo lo que se nos pasara por la cabeza, sin incurrir en delito.
Los que no nos hemos considerado desde el principio adepto a ninguno de los dos bloques en litigio, miramos con indignación que mientras a Puigdemont se le considera una especie de personaje intocable, cuya integridad es necesario preservar por encima de la naturaleza de los acontecimientos, a otros, como Serrat, se le considere ahora como traidor, por haber manifestado su opinión personal, a través de los medios, olvidando que le precede una trayectoria en la  defensa de la catalanidad, que para sí quisieran muchos de los principales implicados en este proceso, en el que parece haberse olvidado el significado de la palabra respeto.
Define el diccionario la palabra traición, como “Falta que comete una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida” y puestos a pensar, en esta comparativa que hemos establecido entre estos dos personajes de relevancia en la sociedad catalana, mucho más traidor podría considerarse a quien huye de un escenario que propició, para escapar de la responsabilidades sobrevenidas, que a quién expresa libremente un sentimiento de oposición a una serie de actitudes que no le parecen oportunas, en un momento determinado, con respecto a un conflicto.
Y sin embargo, mientras el ex President juega sus cartas en Bruselas, llevado entre algodones por los suyos, lejos de los fragores de la batalla, el que fuera un icono de la cultura catalana, un ídolo antifranquista que nos enseñó a todos su idioma a través de aquellas canciones censuradas durante tantos años, es impunemente  pisoteado por los radicales secesionistas, que le niegan con su actitud, el derecho inalienable a la libre expresión, que corresponde a toda persona, desde su nacimiento.
Vivir para ver. Pero no en esa realidad paralela que se ha hecho grande a base de repetirla, aunque no coincida en nada con los  verdaderos acontecimientos que están sucediendo a nuestro alrededor, sino abogando por defender lo que resulta ser razonable, en medio de tanta incomprensión de los unos, para con los otros.

Vivir, para pensar en libertad, lo que cada cual buenamente quiera y para que nadie, y digo nadie, pueda impedir que llevemos a la práctica esa intención, que no es más que un derecho ganado a base de lucha permanente contra el inmovilismo recalcitrante que demuestra todo aquel, que no respeta las creencias de otro.

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