Mientras sus compañeros de la aventura independentista permanecen
en prisión y los primeros escarceos previos a la campaña electoral, entre secesionistas
y unionistas comienzan a ser evidentes, Carles Puigdemont, pasea su catalanismo
dulcificado por todo el territorio belga y disfruta de las bondades que le
ofrece la vida en una especie de tour turístico y siempre acompañado de sus
fieles consellers.
Le hemos visto esta semana en Gante y en Brujas, coincidiendo
con algunos de sus fieles que se encontraban allí de vacaciones o por motivos meramente
laborales y también por un puñado de separatistas
flamencos, que ven en el ex President catalán, un posible ejemplo a seguir para
ganar terreno en sus viejas reivindicaciones y que le acogen, por tanto, con
honores de héroe.
Nunca podremos saber con certeza cuáles fueron las verdaderas
pretensiones de Puigdemont cuando decidió abandonar su territorio, para
refugiarse en la Capital de la Comunidad europea, pero lo cierto y verdad es
que ha dejado tras de sí una auténtico conglomerado de dificultades que han venido
dañando seriamente la vida de sus compañeros, mientras él goza de una libertad
que le permite defender sus posiciones sin ningún tipo de censura, en un país
extranjero, en el que no se tiene la necesaria objetividad para juzgar lo que
está ocurriendo ni en España, ni en Cataluña y en el que campa por sus respetos
demostrando, a juzgar por su permanente sonrisa, lo bella que es la vida.
Establecido allí como una especie de Embajador de la causa
soberanista y recibiendo constantes visitas de sus partidarios, que han hecho
de Bruselas un lugar de peregrinación en el que confraternizar con el President
de manera casi familiar e impensable, si hubiera permanecido en su cargo,
Puigdemont pasa las semanas dedicado al pleno enaltecimiento de las virtudes
que acompañarían a su futura República catalana y narrando al mundo una
historia contada en su totalidad desde un prisma absolutamente personal,
tratando de internacionalizar un
conflicto, que corresponde resolver única y exclusivamente a políticos
catalanes y españoles… pero in situ.
Entretanto, la tensión generada entre estos dos bloques de
incompatibilidad manifiesta, no para de componer nuevas noticias que todos
sobrellevamos como podemos, sin habernos
movido de nuestra ubicación geográfica y ya nos gustaría a más de uno poder
tomar distancia con la facilidad que lo ha hecho el ex President y de paso,
conocer Bruselas en profundidad, si
alguien nos pagara generosamente los gastos que generara una larga estancia en
aquel país, o en cualquier otro desde el que desde luego, pudiéramos expresar a
diario, todo lo que se nos pasara por la cabeza, sin incurrir en delito.
Los que no nos hemos considerado desde el principio adepto a
ninguno de los dos bloques en litigio, miramos con indignación que mientras a
Puigdemont se le considera una especie de personaje intocable, cuya integridad
es necesario preservar por encima de la naturaleza de los acontecimientos, a
otros, como Serrat, se le considere ahora como traidor, por haber manifestado
su opinión personal, a través de los medios, olvidando que le precede una
trayectoria en la defensa de la
catalanidad, que para sí quisieran muchos de los principales implicados en este
proceso, en el que parece haberse olvidado el significado de la palabra
respeto.
Define el diccionario la palabra traición, como “Falta que
comete una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida”
y puestos a pensar, en esta comparativa que hemos establecido entre estos dos
personajes de relevancia en la sociedad catalana, mucho más traidor podría
considerarse a quien huye de un escenario que propició, para escapar de la
responsabilidades sobrevenidas, que a quién expresa libremente un sentimiento
de oposición a una serie de actitudes que no le parecen oportunas, en un
momento determinado, con respecto a un conflicto.
Y sin embargo, mientras el ex President juega sus cartas en
Bruselas, llevado entre algodones por los suyos, lejos de los fragores de la
batalla, el que fuera un icono de la cultura catalana, un ídolo antifranquista
que nos enseñó a todos su idioma a través de aquellas canciones censuradas
durante tantos años, es impunemente pisoteado
por los radicales secesionistas, que le niegan con su actitud, el derecho inalienable
a la libre expresión, que corresponde a toda persona, desde su nacimiento.
Vivir para ver. Pero no en esa realidad paralela que se ha
hecho grande a base de repetirla, aunque no coincida en nada con los verdaderos acontecimientos que están sucediendo
a nuestro alrededor, sino abogando por defender lo que resulta ser razonable,
en medio de tanta incomprensión de los unos, para con los otros.
Vivir, para pensar en libertad, lo que cada cual buenamente
quiera y para que nadie, y digo nadie, pueda impedir que llevemos a la práctica
esa intención, que no es más que un derecho ganado a base de lucha permanente
contra el inmovilismo recalcitrante que demuestra todo aquel, que no respeta
las creencias de otro.

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