Nos pareció entonces, cuando salimos de la oscuridad, que
estábamos escribiendo el mejor capítulo de nuestra historia y aunque tuvimos
que renunciar a muchas cosas y no todo fue como lo habíamos imaginado durante
tanto tiempo en nuestros sueños, cerramos los ojos y dimos unos cuantos pasos
adelante, convencidos de que nuestra voluntad de cambiarlo todo, acabaría por
ser recompensada, si conseguíamos avanzar en armonía.
Fueron años, de miedos superados a base de perdón y valor
para reconvertir la niebla espesa en que se encontraba sumido el país en una
tierra alegre y soleada, en la que cupiéramos en igualdad, protegiendo nuestras
diferencias, que nos recordaban nuestros orígenes primeros, definiéndonos como
pueblos únicos pero dispuestos a convivir en una misma nación, al amparo de la
libertad y de la recuperación paulatina de nuestros secuestrados derechos.
Nos costó un gran
esfuerzo poder codearnos , con quiénes hasta entonces habíamos considerado
superiores, sobre todo a los que procedíamos de regiones abandonadas a su
suerte, durante más de cuarenta años y nos tocó recorrer un largo y tortuoso
camino hasta poder llegar a la meta a la que otros habían llegado años atrás,
quizá por haber trabajado mejor y haber dispuesto de mejores medios para
alcanzar antes el progreso.
Nunca lo echamos en cara, ni les manifestamos nuestra profunda tristeza por la falta de solidaridad
que habían demostrado con nosotros, sino que optamos, por aprender, en la
medida de lo posible, de sus aciertos,
ayudándoles incluso a construir una sociedad más avanzada que la nuestra,
probablemente porque contábamos tácitamente con que su apoyo para con nosotros
sería incondicional, o al menos equiparable al que nosotros les habíamos
prestado a ellos.
La diferencia es que
entonces lo único verdaderamente importante era empezar a construir una Democracia
que fuera capaz de mantenerse en pie, frente a los permanentes ataques de los continuistas convencidos, que
pretendían mantener viva la esencia del dictador, como después pudimos
comprobar por la violencia que generaron
en sucesos como el de la matanza de Atocha o el intento de golpe de Estado que
llevara a cabo Tejero, el 23F.
Logramos, alinearnos al lado de la razón, aparcando las
diferencias políticas y construyendo esa Constitución, que por el paso del
tiempo, quizá haya quedado obsoleta, pero que entonces fue la demostración
fehaciente de que cuando existe buena voluntad, diálogo para llegar a un consenso,
capacidad para tirar y aflojar, hasta poder negociar un
acuerdo y altura política para respetar las ideologías de los demás, nada puede ser insalvable.
Han pasado cuarenta años desde aquel momento y hemos visto
suceder muchas cosas que nos han sorprendido, asombrado, apenado, cuando han
defraudado nuestras expectativas y alegrado, cuando se ha podido afirmar, que
han portado vientos de progreso. Nos hemos, ilusionado, decepcionado y
levantado de frustraciones que creímos insuperables, admirado a determinados
personajes identificados con el sentir general y abominado de otros que vieron
en la profesión de político, una vía de enriquecimiento. Algunos, nos han
decepcionado irreparablemente cambiando de opinión y colocándose descaradamente
al lado de los poderosos, olvidando para siempre su procedencia y otros, han
surgido de la indignación, regalándonos inesperadas dosis de esperanza, cuando
creíamos que ya todo estaba perdido, ayudándonos a resurgir de nuestras propias
cenizas y colocándonos, otra vez, en
primera línea de lucha.
Hemos llegado hasta aquí, cada uno por un camino diferente,
pero procediendo de un mismo tronco que con el paso del tiempo, se ha ido
resquebrajando, atacado por enfermedades difíciles de tratar o simplemente,
envejeciendo y hemos caído en el error de haber permitido que de algún modo se
volviera atrás, a esa época en que los habitantes de esta península nos
hallábamos divididos en dos bandos consolidados, que fomentaban diariamente el
odio y la animadversión, hacia todos los que procedían de un bando diferente al
nuestro.
El problema catalán, con sus luces y sus sombras, sólo ha
sido la chispa que ha encendido los campos en los que una sequía generalizada
había venido haciendo estragos, de un tiempo a esta parte y las consecuencias
del acaloramiento colectivo que ha incendiado nuestros corazones, el regreso a
los años en que se enfrentaban hermanos contra hermanos, amigos contra amigos,
olvidando lazos de sangre y de querencias, no puede, sino producirnos horror y
hacernos pensar que no hemos aprendido nada de nuestra propia historia.
Y sin embargo, aquí no hay culpables ni inocentes, en el
sentido estricto que representan estas palabras, sino simples consecuencias
acaecidas a raíz del crecimiento de una falta de entendimiento general y de un
intento desesperado por implantar la supremacía de los unos contra los otros,
sin ofrecernos siquiera la oportunidad de hallar un camino viable, por el que
pudiéramos haber transitado en paz, cada cual, con sus innegables diferencias.
Por eso, se impone urgentemente, un periodo de profunda
reflexión que propicie, a la mayor brevedad posible, la apertura de una nueva
transición que vuelva rescatar al país de la oscuridad en que está inmerso.
Mirarse a la cara, proponer sin ofender iniciativas y
posturas diversas, hablar sobre ellas, negociar, recibir de los otros y ceder
sin llegar a la sumisión, ha de ser la labor que se espera de los políticos de
este tiempo, porque de las dificultades, cuando se acaban superando, se
aprenden lecciones que son útiles para toda la vida.
No es tan terrible reconocer que hay que volver a empezar
desde cero y no sólo porque la ocasión lo requiera, sino porque no merecemos
perder lo que obtuvimos tras largos años de lucha, que en general, nos han
servido a todos para crecer en todos los sentidos y ofrecer a nuestros
descendientes una tierra infinitamente mejor que la que heredamos de nuestros
padres y abuelos.
A estos pensamientos y no a otros que pudieran dañar mi
propia intimidad, me aferro en esta tarde de domingo, gris, aunque ciertamente
cálida, para ser el mes de Noviembre.
Lo quería compartir, porque en el fondo, constituye la gran
esperanza que todos albergamos en estos días de incertidumbre, previos a la
llegada del invierno.
Todo, es susceptible de ser cambiado si se arremete contra la
dificultad, desde la honestidad y el respeto.

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