domingo, 26 de noviembre de 2017

La nueva transición


Nos pareció entonces, cuando salimos de la oscuridad, que estábamos escribiendo el mejor capítulo de nuestra historia y aunque tuvimos que renunciar a muchas cosas y no todo fue como lo habíamos imaginado durante tanto tiempo en nuestros sueños, cerramos los ojos y dimos unos cuantos pasos adelante, convencidos de que nuestra voluntad de cambiarlo todo, acabaría por ser recompensada, si conseguíamos avanzar en armonía.
Fueron años, de miedos superados a base de perdón y valor para reconvertir la niebla espesa en que se encontraba sumido el país en una tierra alegre y soleada, en la que cupiéramos en igualdad, protegiendo nuestras diferencias, que nos recordaban nuestros orígenes primeros, definiéndonos como pueblos únicos pero dispuestos a convivir en una misma nación, al amparo de la libertad y de la recuperación paulatina de nuestros secuestrados derechos.
 Nos costó un gran esfuerzo poder codearnos , con quiénes hasta entonces habíamos considerado superiores, sobre todo a los que procedíamos de regiones abandonadas a su suerte, durante más de cuarenta años y nos tocó recorrer un largo y tortuoso camino hasta poder llegar a la meta a la que otros habían llegado años atrás, quizá por haber trabajado mejor y haber dispuesto de mejores medios para alcanzar antes el progreso.
Nunca lo echamos en cara, ni les manifestamos nuestra  profunda tristeza por la falta de solidaridad que habían demostrado con nosotros, sino que optamos, por aprender, en la medida de lo posible, de sus  aciertos, ayudándoles incluso a construir una sociedad más avanzada que la nuestra, probablemente porque contábamos tácitamente con que su apoyo para con nosotros sería incondicional, o al menos equiparable al que nosotros les habíamos prestado a ellos.
La diferencia  es que entonces lo único verdaderamente importante era empezar a construir una Democracia que fuera capaz de mantenerse en pie, frente a los permanentes  ataques de los continuistas convencidos, que pretendían mantener viva la esencia del dictador, como después pudimos comprobar  por la violencia que generaron en sucesos como el de la matanza de Atocha o el intento de golpe de Estado que llevara a cabo Tejero, el 23F.
Logramos, alinearnos al lado de la razón, aparcando las diferencias políticas y construyendo esa Constitución, que por el paso del tiempo, quizá haya quedado obsoleta, pero que entonces fue la demostración fehaciente de que cuando existe buena voluntad,  diálogo para llegar a un consenso, capacidad  para   tirar y aflojar, hasta poder negociar un acuerdo y altura política para respetar las ideologías  de los demás, nada puede ser insalvable.
Han pasado cuarenta años desde aquel momento y hemos visto suceder muchas cosas que nos han sorprendido, asombrado, apenado, cuando han defraudado nuestras expectativas y alegrado, cuando se ha podido afirmar, que han portado vientos de progreso. Nos hemos, ilusionado, decepcionado y levantado de frustraciones que creímos insuperables, admirado a determinados personajes identificados con el sentir general y abominado de otros que vieron en la profesión de político, una vía de enriquecimiento. Algunos, nos han decepcionado irreparablemente cambiando de opinión y colocándose descaradamente al lado de los poderosos, olvidando para siempre su procedencia y otros, han surgido de la indignación, regalándonos inesperadas dosis de esperanza, cuando creíamos que ya todo estaba perdido, ayudándonos a resurgir de nuestras propias cenizas y colocándonos, otra vez,  en primera línea de lucha.
Hemos llegado hasta aquí, cada uno por un camino diferente, pero procediendo de un mismo tronco que con el paso del tiempo, se ha ido resquebrajando, atacado por enfermedades difíciles de tratar o simplemente, envejeciendo y hemos caído en el error de haber permitido que de algún modo se volviera atrás, a esa época en que los habitantes de esta península nos hallábamos divididos en dos bandos consolidados, que fomentaban diariamente el odio y la animadversión, hacia todos los que procedían de un bando diferente al nuestro.
El problema catalán, con sus luces y sus sombras, sólo ha sido la chispa que ha encendido los campos en los que una sequía generalizada había venido haciendo estragos, de un tiempo a esta parte y las consecuencias del acaloramiento colectivo que ha incendiado nuestros corazones, el regreso a los años en que se enfrentaban hermanos contra hermanos, amigos contra amigos, olvidando lazos de sangre y de querencias, no puede, sino producirnos horror y hacernos pensar que no hemos aprendido nada de nuestra propia historia.
Y sin embargo, aquí no hay culpables ni inocentes, en el sentido estricto que representan estas palabras, sino simples consecuencias acaecidas a raíz del crecimiento de una falta de entendimiento general y de un intento desesperado por implantar la supremacía de los unos contra los otros, sin ofrecernos siquiera la oportunidad de hallar un camino viable, por el que pudiéramos haber transitado en paz, cada cual, con sus innegables diferencias.
Por eso, se impone urgentemente, un periodo de profunda reflexión que propicie, a la mayor brevedad posible, la apertura de una nueva transición que vuelva rescatar al país de la oscuridad en que está inmerso.
Mirarse a la cara, proponer sin ofender iniciativas y posturas diversas, hablar sobre ellas, negociar, recibir de los otros y ceder sin llegar a la sumisión, ha de ser la labor que se espera de los políticos de este tiempo, porque de las dificultades, cuando se acaban superando, se aprenden lecciones que son útiles para toda la vida.
No es tan terrible reconocer que hay que volver a empezar desde cero y no sólo porque la ocasión lo requiera, sino porque no merecemos perder lo que obtuvimos tras largos años de lucha, que en general, nos han servido a todos para crecer en todos los sentidos y ofrecer a nuestros descendientes una tierra infinitamente mejor que la que heredamos de nuestros padres y abuelos.
A estos pensamientos y no a otros que pudieran dañar mi propia intimidad, me aferro en esta tarde de domingo, gris, aunque ciertamente cálida, para ser el mes de Noviembre.
Lo quería compartir, porque en el fondo, constituye la gran esperanza que todos albergamos en estos días de incertidumbre, previos a la llegada del invierno.
Todo, es susceptible de ser cambiado si se arremete contra la dificultad, desde la honestidad y el respeto.


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