Mientras esperábamos el fallo del juez belga, que finalmente
dejó a Puigdemont y sus Consellers en
libertad con cargos y conocíamos la publicación de los llamados Papeles del paraíso,
por parte del Consorcio internacional de periodistas de investigación, que ya
desvelara la trama de Panamá, irrumpió en nuestras casas el programa Salvados,
realizado esta vez, desde el mismo corazón de la encarnizada lucha que se libra en Siria contra DAESH, en
medio de un paisaje devastador poblado por seres fantasmagóricos que se han visto afectados sin quererlo, por
los horrores de la guerra y también por los soldados que combaten, en
condiciones absolutamente denigrantes, contra esta plaga del siglo veintiuno
que ha hecho del terror una bandera con la que reivindicar la existencia de un
estado islámico.
Las imágenes, que ya nos dejaron profundamente impresionados,
desde la primera toma y que fueron
adquiriendo, en sí mismas, una entidad propia que hacía que sobraran las
palabras, movieron inmediatamente las conciencias de toda esa gente de bien,
que arropada en la comodidad de sus hogares, sintió, sentimos, un intenso dolor
de corazón y la rabiosa impotencia de no poder contribuir de algún modo a
terminar de raíz con la espantosa situación que allí se vive, sin que los
gobiernos del mundo, presuntamente
civilizado, hagan nada por evitar este holocausto que se está
produciendo, al límite mismo de las fronteras europeas.
De la mano de Alberto, un español que decidió unirse a una
especie de brigadas internacionales que combaten junto a los kurdos, en primer línea
de fuego, fuimos penetrando en las historias desgarradoras de los hombres,
mujeres y niños que lo han perdido todo en esta absurda e interminable
contienda y a los que ya no les quedan lágrimas para llorar las innumerables fallecimientos
que han sufrido en un ámbito familiar, destrozado por la barbarie y la sinrazón
de las batallas que se libran a su alrededor, sin ofrecerles más oportunidad
que la de esperar su propia muerte, agarrados a los escombros de las que fueran
sus casas, sin socorro de nadie.
Magistralmente llevado por Évole, que supo permitir que el
sonido de fondo que escuchamos no fuera otro que el del estallido continuo de
las bombas o la desolación de un tenso silencio, el programa recorrió
lentamente las que fueran las calles de un país, hasta hace poco, parecido a
cualquiera, que ahora se ha transformado en un amasijo de piedras amontonadas
sobre las calzadas intransitables por las que han de moverse estos improvisados
ejércitos, que esperan sin resultado, un día tras otro, una solidaridad mundial
que no llega y que permanecen allí, olvidados por todos, en defensa de un
territorio devastado y de la recuperación casi imposible, de las personas que
lo habitaron o lo habitan.
Era, imposible no solidarizarse con su causa, por ejemplo al
ver a un grupo de mujeres, casi niñas, kurdas, que avanzan en igualdad de
condiciones con sus compañeros y que llegaron hasta dónde están, horrorizadas
por las atrocidades cometidas contra los suyos por el radicalismo islamista,
convirtiéndose en protagonistas de una historia sobrevenida, en la que toda
ayuda se agradece, proceda de dónde proceda.
Nos pareció, que las imágenes que teníamos delante
empequeñecían absolutamente cualquier otra noticia que pudiera estar produciéndose
entre nosotros, por la crudeza de su dramatismo y que ya, ni siquiera nos
importaba cuál fuera el fallo del juez belga sobre el caso de Puigdemont, que
en ese momento vimos como una nimiedad, al lado de lo que se estaba produciendo
delante de nuestros ojos.
Creímos y así lo digo porque lo pienso, que el mundo está
haciendo con Siria, lo mismo que hizo frente al holocausto judío, durante la
segunda guerra, con el agravante de que ahora disponemos de unos sistemas de comunicación
que permiten ver, en el mismo instante en que ocurren, la magnitud de estas
tragedias.
Nos preguntamos, al menos yo lo hice, cómo podemos seguir
viviendo como si no ocurriera nada, prestando toda nuestra atención a problemas
que en nada cambian el ámbito en el que todos nos movemos y si nuestra
conciencia no nos llama a exigir, de nuestros gobernantes y políticos en
general, una salida digna para estos seres humanos a los que no les queda nada que perder, pero
que podrían ganar y mucho, si les ofreciéramos realmente toda la ayuda y el
afecto que necesitan, en estos dramáticos momentos.
He de confesar sin sonrojo, que anoche me costó coger el
sueño. Pero quisiera agradecer a Évole la valentía de mostrar lo que ocurre y
sobre todo, el coraje de poner caras, nombres y apellidos, a estas personas que
demuestran cada día que el ser humano es capaz de luchar y sobrevivir, por encima
de la adversidad y hasta de conservar una cierta ilusión de recuperar lo
perdido, aún sabiendo que hay ausencias que son irreparables.
A todos ellos, a los que continúan y continuaran en Siria,
simplemente porque es su tierra, quisiera yo enviarles un mensaje de
solidaridad y la promesa de que no les olvidamos, a pesar de que no tengamos el
poder suficiente para remediar, como nos gustaría, su tragedia.

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