lunes, 20 de noviembre de 2017

El dinero apátrida


En esto de los Paraísos Fiscales, que existen para beneficiar en exclusiva a las clases privilegiadas y que la gente normal casi no conocía, hasta que empezaron a destaparse escándalos como el de los Papeles de Panamá y ahora, los del Paraíso, suele darse la curiosa coincidencia de que quiénes decidieron transportar allí el grueso de sus bienes más preciados, son en su mayoría, fogosos patriotas de banderita y golpe de pecho, aunque poco parece importarles, a  juzgar por lo que vamos conociendo, beneficiar con el pago riguroso de sus correspondientes impuestos, a ese país que tanto dicen amar, a través de los exacerbados discursos que exhiben y en los que muestran ese orgullo nacional, que a otros menos ricos nos parece, perdónenme, pelín hortera.
 Tanta pulsera roja y gualda, tanta chaqueta verde acolchada, tanta gomina y tanto brillo en los zapatos de piel, encabezando las manifestaciones de moda sobre la unidad del suelo patrio y coreando el “Viva España” a voz en grito, en medio del ambiente pijotero en el que se mueven como pez en el agua, para que después nos enteremos que detrás de esa fachada de impecable pulcritud, se esconden delincuentes expertos en evadir capitales a islas de arenas blancas,  repletas de edificios coloniales y hoteles de lujo, en los que pernoctar, mientras se ponen de acuerdo con cualquiera de las múltiples entidades bancarias  del lugar, para ocultar al fisco, en este caso español, la verdadera naturaleza de su riqueza.
Son éstos, esos llamados ciudadanos ilustres que miran con recelo y odian a muerte a cualquiera que simpatice con Partidos como Podemos y que se encargan de poner en circulación rocambolescas historias sobre la financiación de los mismos, creyéndose en su fuero interno, como de una raza superior a la de la gente como nosotros, honrados trabajadores, que cada año les ofrecemos una lección de ética y pundonor, respondiendo religiosamente a la llamada de la hacienda pública, para compartir con todos los demás, incluidos ellos, lo poco o lo mucho que tenemos.
Entretanto, los maletines de dinero, las obras de arte, las joyas e incluso los bienes inmuebles, son gestionados a través de esas extrañas sociedades off shore, que sólo a veces se regularizan a medias, cuando llega a la cartera de Hacienda un Ministro del corte de Montoro, que pone en marcha una amnistía fiscal, para que las llamadas “buenas familias” puedan volver al redil de la legalidad, a un costo, que ya quisiéramos para nosotros cuando tenemos la necesidad de solicitar algún préstamo.
Este curioso patriotismo, al que dicen servir una buena parte de estos personajes de renombre, en cuyas trastiendas se esconden quizá demasiados secretos, es sin embargo, aceptado por el Gobierno actual con entusiasmo y hasta me atrevería a decir que como un derecho reservado, en exclusividad, a esa élite de españoles, es sin embargo, una mera pantalla de ilusión, tras la que se guardan los trapos sucios de una clase preferente, acostumbrada durante años a delinquir de manera continuada y reincidente, sin que jamás se la haya presentado ante la justicia, exigiéndole el pago correspondiente, a la naturaleza de sus delitos.
La lista, que por ser interminable, sería estúpido repetir, incluye a igualmente a nobles, empresarios, banqueros, galeristas, cosnstructores, actores y cantantes, herederos sin oficio conocido y hasta algún que otro Ministro o Cargo político de relevancia, pero eso sí, todos declarados ardientes defensores de los colores patrios y en general, devotos católicos de misa diaria, quizá porque en el fondo  tienen mucho que hacerse perdonar y los confesores no cobran por ello.
Efectivamente, su patriotismo termina en cuanto aparece el primer euro de sus cuantiosas fortunas, ya que deben considerar que el dinero es apátrida, al carecer como bien material que es, de esos sentimientos reservados en exclusividad a los seres humanos, aunque muchos  carezcan de ellos, cuando se habla de solidarizarse con los más desfavorecidos, seguramente porque nunca pertenecieron, ni pertenecerán, a las élites dominantes de las altas esferas.
Así que habría que deducir que además de pobres, somos tontos y que esa seriedad que demostramos cada vez que pagamos el montante correspondiente a nuestros impuestos y que permite, mal que bien, el funcionamiento de las Instituciones de nuestro país, sólo se nos está exigiendo rigurosamente a nosotros, mientras a estos patriotas de pacotilla, se les exime año tras año del deber de colaborar con sus impuestos, al desarrollo y el progreso de esa nación, en la que viven de puta madre.
A esto, nada parecen tener que objetar los Ministros del señor Rajoy, mientras los evasores continúen ofreciéndoles sin reservas el grueso de sus votos y mientras se pueda contar con ellos, cada vez que se organice un acto dónde ondeen las banderas de España, cada vez más grandes, por cierto.

Nosotros, somos, otra clase de patriotas, que sin hacer ostentación  de símbolos representativos, ni participar en algaradas festivas en apoyo a las causas propuestas por el Gobierno, sustentamos con nuestra contribución, ese  país que ellos disfrutan mucho más que nosotros, pues la diferencia entre niveles adquisitivos no se podría comparar, aunque eso sí, al menos podemos decir, que dormimos con la conciencia tranquila y podemos levantar la cabeza, con honor, cuando decimos que somos españoles. 

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