martes, 28 de noviembre de 2017

Cuestión de inexperiencia


Ahora dice Rajoy, que no le prometió a Pedro Sánchez una reforma de la Constitución y que sólo le dijo que podrían hablar sobre el tema, mientras subrepticiamente le sacaba su apoyo para la aplicación del 155 en Catalunya.
No es la primera vez que el PP obtiene lo que quiere en un momento determinado, incumpliendo después las promesas utilizadas para ganarse la aceptación de determinados grupos políticos, por lo que en este caso, no dudamos de la palabra que diera el líder socialista, poco bregado en estas batallas de postureo , en las que otros tienen tanta experiencia y por tanto, demasiado crédulo con las actitudes de los demás y muy particularmente con la del Presidente Rajoy, acostumbrado desde siempre a  magnificar en extremo las situaciones, por medio de la estrategia de un miedo, que puede contagiar a quién no tiene la suficiente experiencia como para plantarle  cara, en un momento tan delicado como el que se ha vivido en los últimos tiempos.
No dudamos de que los socialistas hayan estado convencidos desde el primer momento de la ilegalidad de las acciones que cometían los líderes catalanes con el fin de proclamar su República, ni tampoco de que haya habido buena voluntad al aceptar, como válidas,  las informaciones que les llegaban desde las fuentes  del gobierno, pero para conocer las situaciones de primera mano hay que estar más presente en los lugares dónde están sucediendo y no basta con mirarlas desde la lejanía, como ya le recordara en alguna ocasión, el representante del PSC catalán, Miguel Iceta.
Perdónenme, pero el PSOE nunca debió alinearse con PP y Ciudadanos para la aplicación del artículo 155 en Catalunya y no ya porque todos sabemos que las promesas del PP casi siempre se las lleva el viento, sino porque ideológicamente debían haber dejado claro que continúan existiendo profundas diferencias ideológicas con los Partidos de la derecha, aunque en el conflicto catalán, parece que estas cuestiones de importancia suprema, hayan sido absorbidas por la lucha frontal de dos bandos, absolutamente irreconciliables.
Esto lo sabemos bien los que no hemos querido posicionarnos, para no ser tragados por el fragor del litigio y lo seguimos manteniendo, ahora que entramos en una Campaña electoral en la que ya no se van a defender posturas de pensamiento, sino que se votará en una Catalunya intervenida por parte del Gobierno español, con la sola intención de que uno de los grupos consiga imponerse sobre el otro, con una mayoría suficiente que le permita aniquilar las aspiraciones del que considera su contrario.
Esto es tan así, que estoy segura de que en los mítines de la Campaña oiremos poco hablar sobre los problemas reales que sufren los catalanes en sus vidas cotidianas y mucho sobre los errores cometidos por separatistas y unionistas, hasta llegar al momento que vivimos en la actualidad y hasta podría arriesgarme a predecir que habrá dos protagonistas que destaquen sobre todos los demás y que éstos serán Puigdemont y Rivera, como representantes natos de las dos corrientes que han radicalizado el conflicto, sin haber sido capaces de arbitrar una solución para el mismo, por medio de las medidas políticas necesarias.
No podemos incluir pues, a Mariano Rajoy en esta batalla que empezará a librarse en los próximos días, porque su representación como  Partido en Catalunya, que era ya casi testimonial, seguramente empeorará, tras la celebración de las elecciones, dejando en manos de Ciudadanos salvaguardar los valores de la derecha, pero desde luego, que los socialistas entren en este juego y que participen en él, alineados con tales compañeros, no parece lo más oportuno, si quieren tener una oportunidad de recuperar a una parte de un electorado, que seguramente no será capaz de perdonar su posicionamiento al  lado de las fuerzas de la derecha.
Así que mientras Puigdemont y Rivera tienen un público enfervorizado a su alrededor y Podemos trata de seducir a ese electorado que nunca quiso aceptar que la razón estuviera de parte de ninguno de los dos bandos, a Sánchez le perseguirá para siempre el error de haber creído en la promesa de una reforma Constitucional que probablemente no llegará nunca y haber apoyado, a cambio de ella, una intervención que no es del agrado de más de un ochenta por ciento de los catalanes, como queda de manifiesto en las encuestas.

Una de las primeras obligaciones de un buen político, ha de ser la de reconocer sus fracasos e intentar aprender de ellos. Esperemos que Sánchez cumpla escrupulosamente estas premisas y ofrezca alguna explicación aclaratoria de por qué tomó esta mala decisión, en un momento tan complicado de nuestra Historia presente.

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