A estas alturas de la vida, no nos cabe la menor duda que
cuando empieza una Campaña electoral, los políticos se transforman asumiendo
roles de personajes absolutamente distintos a los que en realidad son y que la
fábrica de ideas de asesores y diseñadores de proyectos, se pone en marcha,
procurando aprovechar cualquier resquicio de debilidad de los electores, por el
que colarse en su pensamiento y arrancar sus votos.
Miren si es así, que ahora dicen Puigdemont y sus Consellers,
desde Bruselas, que Catalunya no estaba
realmente preparada para constituir plenamente su amada República y que quizá
no era el momento preciso para una proclamación real, llegando incluso a
reconocer, que pueden existir otros caminos diferentes, a la vía del
separatismo.
Y esto lo afirman, con una parte del Govern de la Generalitat en prisión preventiva, otra,
huida del territorio y con los miembros de la Mesa del Parlament sancionados
con medidas cautelares e indemnizaciones diversas, mientras su territorio está
sufriendo la intervención del Gobierno central, debido a la aplicación del
artículo 155.
Perdonen si no me sorprenden ninguna de estas intervenciones,
pero siendo, como se es en mi caso, perro viejo en asuntos políticos y habiendo
sobrevivido dignamente a múltiples crisis de variopintos colores y argumentos,
una empieza a prever, incluso con antelación, la deriva que pueden ir tomando
los acontecimientos, quizá por haber visto muchas veces que las palabras se las
lleva el viento y que las intenciones de los políticos, en general, pueden
cambiar radicalmente, en una fracción de segundo.
Así que todo lo que se ha montado en estos últimos meses, los
ríos de tinta que hemos gastado los que hemos pretendido informar de lo que
estaba ocurriendo y sobre todo, la hoja de ruta que se habían marcado los
separatistas, no han servido absolutamente para nada, pues si es cierto que
desde el principio se sabía que el proyecto estaba destinado al fracaso, la
verdadera finalidad de los episodios que hemos vivido debía ser otra bien
distinta que de momento se nos escapa y ahora estamos, con todo el país patas
arriba, enfrentados los unos con los otros y sobre todo, sin la preciada
independencia.
Pero he aquí que llega la Campaña electoral, para unos ilegal
y para otros, el símbolo vivo de su triunfo sobre las Fuerzas insurrectas y
todos entran por el aro de empezar a dar mítines multitudinarios, a través de
los cuales, convencernos de que su postura es la correcta, como si unos duendes
misteriosos hubieran enredado en el subsuelo pacificando el fragor de la
contienda y todo se tratara, al final, de arbitrar una negociación a través de
las urnas, que es lo que hemos venido reclamando una buena parte de nosotros,
desde el principio mismo de esta absurda crisis.
Ver para creer, habrán dicho todos aquellos que envueltos en
sendas banderas, se han desgañitado en las calles, rompiéndose la caja por
demostrar su patriotismo radicalizado y que ahora deben estar pensando que sus
dirigentes no sólo eran más inútiles de lo que seguramente ya pensaban, sino
que además, estaban dispuestos a lo que
fuera, con tal de no perder la posición de poder que disfrutan, sin que en
ningún momento les importe en realidad, lo que sienta la gente.
Así que estén preparados para el crudísimo enfrentamiento que
nos espera en los próximos días, aunque hemos de reconocer que la Campaña queda
fuera de toda normalidad y que por tanto, nos dará para seguir escribiendo
cientos de páginas, aunque se podría decir, sin temor a equivocarse, que lo
peor de la crisis ha pasado y que se abre un nuevo periodo de estabilidad que quedará
oficialmente inaugurado, en cuanto los presos sean puestos en libertad, que
será pronto.
Vayan pues, aprendiendo de esta lección, que nos ha enseñado tantas
cosas, en tan poco tiempo y saquen sus propias conclusiones de si realmente
merece la pena apasionarse hasta el punto en que lo han hecho los contendientes
de esta batalla, o si en el fondo, sacaríamos más de la reflexión serena de las
ideas y de ese diálogo que nunca fue posible, entre esas partes, que ahora
sabemos con certeza, que quizá nunca quisieron intentarlo.

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