martes, 14 de noviembre de 2017

¿Hasta cuándo?


Resulta sumamente descorazonador, tener que hablar periódicamente y de una manera obligatoria, de la plaga de la violencia machista y mucho más, cuando van en aumento los casos en que se ataca a las mujeres asesinando fríamente a sus hijos, sabiendo premeditadamente y con alevosía, que este es el peor daño que se puede infringir a una madre, que en casi todos estos casos, ha dado un primer paso para escapar de las garras de quién ha sido su maltratador habitual, durante mucho tiempo.
Este año ha sido especialmente duro para esas familias que tienen la mala suerte de que sus hijas tropiecen, en algún momento de sus vidas, con esta clase de individuos y que las pierden, de manera imprevisible, en plena juventud, sin que los gobiernos ni la justicia, hayan sido capaces de erradicar esta plaga que se extiende entre nosotros sinuosamente, muchas veces, con el silencio cómplice del entorno de las mujeres que sufren este tipo de violencia y que no encuentran el apoyo necesario para dejar atrás a los que luego se convierten en sus asesinos y  también en los de sus hijos.
Somos, plenamente conscientes y así lo gritamos alto y claro,  que los recortes aplicados por el Gobierno Rajoy han restado y mucho,en los medios que se dedicaban anteriormente a este tipo de casos y que falta vigilancia y amparo a estas víctimas inocentes a las que se les roba la vida porque se las considera como objetos a los que se posee sin condiciones, con los que se puede hacer lo que se quiera y a las que casi siempre, se ha alejado con anterioridad del entorno familiar y amistoso, en el que se movían, dejándolas en una espantosa soledad, en la que la figura terrorífica de su maltratador, se impone sobre ellas por la fuerza, transformando su existencia en un calvario de penalidades que no tiene otro fin, que la propia muerte.
 Llegados a este punto fatal, muchos de estos seres despreciables, tras haber perpetrado su crimen, intentan, con o sin resultado, el suicidio y habría que aclarar, que más que hacerlo como un acto de arrepentimiento por el delito cometido, yo creo que lo hacen como  plena reafirmación, como si quisieran dejar claro a una sociedad, cuya opinión les importa y mucho, que era el suyo, un trance de amor y que el sentido de sus propia vidas termina en el mismo instante en el que estranguló, apuñaló, acribilló o tiró al vacío, a la que fue el objeto preciado de su cariño.
 Habría pues, que hacer hincapié en que este tipo de hombres son, por naturaleza, mentirosos redomados que suelen engañar con su afabilidad de carácter a casi todos los que les rodean y cobardes de corazón, que sólo se atreven a descargar su furia incontrolada contra sus víctimas, cuando les protege la intimidad del hogar, que les garantiza un anonimato que no merecen en modo alguno y dónde encuentran un escenario perfecto para confirmar su  superioridad, sobre todos aquellos que considera como suyos, de manera irrefutable, en sus mentes calenturientas.
No tienen, todos los psiquiatras coinciden, ningún  afán de reinserción, ni se considera posible que su conducta pueda llegar jamás a mejorar, como demuestran innumerables casos de reincidencia de individuos que han maltratado reiteradamente a varias mujeres.
Así que las garantías que la sociedad ofrece quienes tienen la desgracia de estar sufriendo en estos momentos la presencia constante de uno de estos indeseables, son en efecto, pocas e inútiles y el pronóstico que auguramos para esos casos, es que desgraciadamente, perdurarán, llegando incluso a crecer por encima de la media de estos últimos años, fundamentalmente, por la inmunidad general de que disfrutan los autores de los delitos.
Es por esto, que en estos casos debiera quedar sin efecto el derecho a la intimidad, que ampara también a los maltratadores, evitando que se difundan sus imágenes, por ejemplo, en todos los medios y que pudiera arbitrarse un protocolo que permitiera que en el mismo instante en que se probara su culpabilidad, sus fotos fueran difundidas, para que todos y todas supiéramos quiénes son y qué medidas adoptar en el trato que les dispensamos, cuando pertenecen al entorno en que vivimos.
Estoy segura de que esa “popularidad” sobrevenida, que traería consigo que los actos perpetrados en el hogar  salieran a la luz, poniendo nombres, apellidos y caras a estos gansters domésticos, podría ahorrar muchas lágrimas a los allegados de las mujeres que terminan por ser asesinadas, sin compasión, por ésos que presumen de amarlas ciegamente y que presentan ante los demás, un carisma falseado, que necesariamente conduce a engaño, a los que les conocen y rodean.
Esta propuesta que ya hiciera José Bono hace algunos años y que fue rechazada porque en algunas cosas, los españoles pecamos, por exceso, de legalismo, sería probablemente acogida con satisfacción, por todas aquellas personas y asociaciones que luchan denodadamente porque este problema desaparezca y a favor de una igualdad de géneros, hasta ahora inexistente.
Otra vez, tenemos que lamentar en lo más profundo del corazón la muerte de mujeres inocentes, a manos de sus parejas y solidarizarnos, cómo no, con todos aquellos que perdieron a sus hijas y nietos en estas negras historias de odio, que parecemos condenados a vivir sin remedio.
En nombre de nuestro derecho a la libertad, exigimos sin descanso, que no se escatime en medios para exterminar esta epidemia desoladora, que demuestra fehacientemente nuestra impotencia ante el acoso y la violencia que contra nosotras se ejerce arbitrariamente.



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