Resulta sumamente descorazonador, tener que hablar
periódicamente y de una manera obligatoria, de la plaga de la violencia
machista y mucho más, cuando van en aumento los casos en que se ataca a las
mujeres asesinando fríamente a sus hijos, sabiendo premeditadamente y con
alevosía, que este es el peor daño que se puede infringir a una madre, que en
casi todos estos casos, ha dado un primer paso para escapar de las garras de
quién ha sido su maltratador habitual, durante mucho tiempo.
Este año ha sido especialmente duro para esas familias que
tienen la mala suerte de que sus hijas tropiecen, en algún momento de sus
vidas, con esta clase de individuos y que las pierden, de manera imprevisible,
en plena juventud, sin que los gobiernos ni la justicia, hayan sido capaces de
erradicar esta plaga que se extiende entre nosotros sinuosamente, muchas veces,
con el silencio cómplice del entorno de las mujeres que sufren este tipo de
violencia y que no encuentran el apoyo necesario para dejar atrás a los que
luego se convierten en sus asesinos y también en los de sus hijos.
Somos, plenamente conscientes y así lo gritamos alto y claro,
que los recortes aplicados por el
Gobierno Rajoy han restado y mucho,en los medios que se dedicaban anteriormente
a este tipo de casos y que falta vigilancia y amparo a estas víctimas inocentes
a las que se les roba la vida porque se las considera como objetos a los que se
posee sin condiciones, con los que se puede hacer lo que se quiera y a las que
casi siempre, se ha alejado con anterioridad del entorno familiar y amistoso,
en el que se movían, dejándolas en una espantosa soledad, en la que la figura
terrorífica de su maltratador, se impone sobre ellas por la fuerza,
transformando su existencia en un calvario de penalidades que no tiene otro
fin, que la propia muerte.
Llegados a este punto
fatal, muchos de estos seres despreciables, tras haber perpetrado su crimen,
intentan, con o sin resultado, el suicidio y habría que aclarar, que más que
hacerlo como un acto de arrepentimiento por el delito cometido, yo creo que lo
hacen como plena reafirmación, como si
quisieran dejar claro a una sociedad, cuya opinión les importa y mucho, que era
el suyo, un trance de amor y que el sentido de sus propia vidas termina en el
mismo instante en el que estranguló, apuñaló, acribilló o tiró al vacío, a la
que fue el objeto preciado de su cariño.
Habría pues, que hacer
hincapié en que este tipo de hombres son, por naturaleza, mentirosos redomados
que suelen engañar con su afabilidad de carácter a casi todos los que les
rodean y cobardes de corazón, que sólo se atreven a descargar su furia incontrolada
contra sus víctimas, cuando les protege la intimidad del hogar, que les
garantiza un anonimato que no merecen en modo alguno y dónde encuentran un
escenario perfecto para confirmar su superioridad, sobre todos aquellos que
considera como suyos, de manera irrefutable, en sus mentes calenturientas.
No tienen, todos los psiquiatras coinciden, ningún afán de reinserción, ni se considera posible
que su conducta pueda llegar jamás a mejorar, como demuestran innumerables
casos de reincidencia de individuos que han maltratado reiteradamente a varias
mujeres.
Así que las garantías que la sociedad ofrece quienes tienen
la desgracia de estar sufriendo en estos momentos la presencia constante de uno
de estos indeseables, son en efecto, pocas e inútiles y el pronóstico que
auguramos para esos casos, es que desgraciadamente, perdurarán, llegando
incluso a crecer por encima de la media de estos últimos años, fundamentalmente,
por la inmunidad general de que disfrutan los autores de los delitos.
Es por esto, que en estos casos debiera quedar sin efecto el
derecho a la intimidad, que ampara también a los maltratadores, evitando que se
difundan sus imágenes, por ejemplo, en todos los medios y que pudiera
arbitrarse un protocolo que permitiera que en el mismo instante en que se
probara su culpabilidad, sus fotos fueran difundidas, para que todos y todas
supiéramos quiénes son y qué medidas adoptar en el trato que les dispensamos,
cuando pertenecen al entorno en que vivimos.
Estoy segura de que esa “popularidad” sobrevenida, que
traería consigo que los actos perpetrados en el hogar salieran a la luz, poniendo nombres, apellidos
y caras a estos gansters domésticos, podría ahorrar muchas lágrimas a los
allegados de las mujeres que terminan por ser asesinadas, sin compasión, por ésos
que presumen de amarlas ciegamente y que presentan ante los demás, un carisma
falseado, que necesariamente conduce a engaño, a los que les conocen y rodean.
Esta propuesta que ya hiciera José Bono hace algunos años y
que fue rechazada porque en algunas cosas, los españoles pecamos, por exceso,
de legalismo, sería probablemente acogida con satisfacción, por todas aquellas
personas y asociaciones que luchan denodadamente porque este problema
desaparezca y a favor de una igualdad de géneros, hasta ahora inexistente.
Otra vez, tenemos que lamentar en lo más profundo del corazón
la muerte de mujeres inocentes, a manos de sus parejas y solidarizarnos, cómo
no, con todos aquellos que perdieron a sus hijas y nietos en estas negras
historias de odio, que parecemos condenados a vivir sin remedio.
En nombre de nuestro derecho a la libertad, exigimos sin
descanso, que no se escatime en medios para exterminar esta epidemia desoladora,
que demuestra fehacientemente nuestra impotencia ante el acoso y la violencia
que contra nosotras se ejerce arbitrariamente.

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