Ahora que Puigdemont y sus Consellers han sido bendecidos con
cierto grado de tranquilidad, por las medidas cautelares firmadas por el juez belga, han comenzado la
conquista de un territorio en el que podrían residir durante un largo periodo
de tiempo, lanzando libremente mensajes a través de los medios que les
entrevistan a todas horas, a veces, como
el de hoy, durísimos contra el Presidente español, como si estuvieran
estableciendo un reducto de su amada Catalunya en plena corazón de la capital
de la Comunidad, aprovechando la momentánea inmunidad que les ofrecen quiénes
les acogen de tan buen grado, en su fantástico exilio.
Y como debían sentirse un poco solos, lejos de las multitudes
que les han venido arropando durante el tiempo que ha durado su cruzada por la
independencia, en el día de hoy, han llegado a Bruselas doscientos alcaldes
secesionistas, que armados con sus correspondientes bastones de mando, han llenado
las calles belgas de una especie de folklorismo trasnochado que raya en la chabacanería
y el catetismo.
Perdónenme, pero si de lo que se trata es de exhibir la
fuerza con la que cuentan en su territorio, a nivel internacional, no me parece
que sea ésta la mejor manera de hacerlo, pues dudo mucho que en Europa se
entienda esta pantomima lúdico festiva, que resta cualquier ápice de seriedad a
las legitimas reivindicaciones de una buena parte del pueblo catalán, mostrando
una imagen como sacada de “Bienvenido Mr Marshall”, que pone en duda la
capacidad de evolución de una gente que parecía, en las fotos, como venida de
los años cuarenta.
Flaco favor hacen esta clase de manifestaciones a la causa,
sobre todo porque si se analizan con cierta perspectiva, lejos de influencias,
surgen ciertas incógnitas que nadie parece estar dispuesto a resolver, pero que
preocupan y mucho, a esa parte de la población que no se halla inmersa en la
vorágine secesionista que se cuece en las ciudades y pueblos catalanes o que
viviendo allí, no son partidarios de la separación de España, por motivos
igualmente aceptables.
Un buen ejemplo de lo que digo podría ser el costo, en
dinero, de esta excursión masiva de Alcaldes hasta Bruselas, que no se sabe muy
bien quién ha pagado, aunque a estas alturas de la historia, podamos tener la
sospecha de que las arcas de los independentistas se encuentran más que
preparadas, para hacer frente a esta serie de gastos generados por el
President, sus Consellers y todo aquel que quiera sumarse a su estancia y
manutención en Bélgica.
En nada parece haber influido la intervención de las cuentas
de la Generalitat, por parte del Estado español, por la aplicación del 155, por
lo cual, resulta fácil deducir que el montante que se maneja y que paga, entre
otras cosas, las minutas de los abogados de Puigdemont y sus compañeros, ha de
proceder necesariamente, de otra parte.
Así que por lo que estamos viendo, parece que tendremos que
ir acostumbrándonos a la idea de que empieza a existir en Bruselas lo que
podría denominarse como Pequeña Catalunya, que igual que la Pequeña Cuba en Miami, será en lo sucesivo,
un lugar dónde los disidentes más ilustres podrán hacer proselitismo sin
descanso, cosa que debe incomodar en modo superlativo a los socios de la
Comunidad, posicionados al lado del estado español, desde el primer momento.
Algunas voces, como la de Manuel Valls, ya han denunciado
desde Francia la extrañeza que produce este plácido exilio belga, afirmando que
la justicia no puede ponerse del lado de quienes pretenden practicar la
sedición, en clara alusión al fallo del juez, que según su criterio, debiera
haber habilitado de inmediato la extradición de Puigdemont y sus Consellers, a España.
Entretanto, los primeros síntomas de campaña electoral, han
empezado a hacer su aparición en todos los medios y los posicionamientos de los
Partidos que piensan concurrir a los comicios van tomando forma, en medio de un
clima de confusión, que no da muchas opciones para poder decidir a qué carta
quedarse, a los sufridos ciudadanos de Catalunya.
El culebrón, que empieza a cansar a la población hasta
límites insospechados, está sin embargo servido, aunque aún queda mucho para
que se termine de perfilar el argumento.
Pero la presunta seriedad que asistía, en principio, a los
nacionalistas catalanes, comienza a parecerse más a la España Cañí, que a una
pretendida nación europea, partidaria de la modernidad y el progreso.

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