sábado, 4 de noviembre de 2017

Una deriva peligrosa


Un inoportuno problema con el equipo me ha impedido escribir durante los últimos dos días, justo cuando  los acontecimientos relacionados con el problema catalán han tomado la peor de las derivas posibles, provocando en mí, una especie de inquietud incontrolable, por no poder narrar todo lo que se estaba viviendo, aunque ahora que todo se ha solucionado, quizá pueda resarcirme del posible daño ocasionado a las personas que me siguen, sobre todo a las muchas que viven lejos de nosotros.
A día de hoy, seguramente todos sabrán ya que la Juez Lamela envió anteayer a prisión a Oriol Junqueras y a varios de los Consellers destituidos, tras la aplicación del 155, en Catalunya y también que ha dado una semana para poder preparar su defensa a los integrantes de la mesa del Parlament, incluida su Presidenta, Carmen Forcadell y que sólo se han librado de esta medida preventiva Puigdemont y quiénes le acompañan en Bruselas, aunque ya pesa sobre ellos una orden de busca y captura internacional, que habrá de resolverse probablemente en las próximas horas y que dependiendo de la decisión que tomen el President y los suyos, decidirán lo que pueda suceder, en los siguientes días.
Las reacciones de la ciudadanía no se han hecho esperar y la tensa calma que había reinado en Catalunya durante este breve espacio de tiempo, ha dado paso a una nueva ola de pronunciamientos colectivos, que ahora reclaman la inmediata puesta en libertad de los detenidos, devolviendo a las calles un clima de crispación, que probablemente podría haberse evitado, si como en el caso de Vila, se hubiera tenido a bien cambiar la petición de prisión, por sendas y cuantiosas multas, al menos hasta que tuviera lugar la celebración del juicio.
Muchos factores han debido influir en la decisión de la Jueza, que basa casi todo su argumento en el más que probable riesgo de fuga, haciendo tácitamente referencia a la esperpéntica escapada de Puigdemont a Bruselas, que más que ayudar a los compañeros que decidieron quedarse, les ha perjudicado gravemente.
Sé muy bien que estas apreciaciones no han de gustar nada a los partidarios del independentismo, que esgrimen la teoría de que el encarcelamiento de su Gobierno estaba decidido ya antes de que comparecieran todos a declarar lo, a causa de la presunta manipulación que el Gobierno del PP, viene ejerciendo sobre los asuntos de la justicia, pero la realidad es que la marcha del President y el argumentario que ha esgrimido desde Bruselas para justificar su permanencia en Bélgica, no sólo ha dado cierta razón a la juez, para temer que a los consellers que aún estaban aquí, les asaltara la tentación de seguir los pasos de sus compañeros, por lo que no le ha temblado la mano en aplicar la peor de cuántas medidas barajaba, seguramente enojada además, por la valoración que Puigdemont se había atrevido a hacer sobre la justicia española, desde el que ya empieza a considerarse como su exilio.
Lo cierto y verdad es que han pagado justos por pecadores, en este rocambolesco asunto y que la decisión judicial ha terminado por convertirse en la más dura de cuántas se han tomado desde hace más de cuarenta años, convirtiendo, no se sabe si de manera consciente o no, una cuestión meramente judicial en una peligrosa crisis política, que complica considerablemente la celebración de las elecciones del 21 de Diciembre, a las que en principio, todo el mundo había aceptado concurrir, antes de que se dieran las circunstancias actuales.
Con medio Govern catalán en prisión y otro medio exiliado en Bruselas, la profunda brecha abierta entre la sociedad civil catalana ha vuelto a sangrar profusamente, convirtiendo el conflicto en una especie de revolución fracasada en la que los vencedores se jactan de humillar a los vencidos y claman una venganza inmediata para aniquilar cualquier intento nuevo de rebelión, olvidando que vivimos en un país, supuestamente democrático, donde es inadmisible que las cosas funcionen así, si no queremos regresar a la época en que los tribunales de orden público juzgaban y condenaban,  a los disidentes.
Qué verdad es, que lo peor  que puede ocurrir cuando finaliza un conflicto es que no se contemple la idea de saber perdonar, perdiendo así la oportunidad de integración que ofrece la nobleza de un gesto que sólo unos pocos serían capaces de atreverse a protagonizar, pero que resulta ser el único camino para alcanzar la necesaria concordia que lleva a la conciliación que permite empezar de cero, para construir una historia distinta que potencie la igualdad entre quienes la viven en primera persona, enterrando las diferencias para siempre.
Poco deseo de perdón hemos visto estos días en los líderes constitucionalistas y muy especialmente en aquellos que clamaban, como Albert Rivera, por recrudecer las medidas contra los secesionistas y que ya preludiaban este desenlace desolador, que nos hace retornar a un punto de confrontación, que parecíamos haber empezado a superar, con la aceptación, en mayor o menor grado, de la celebración de elecciones, que ahora se ponen nuevamente en cuestión, al encontrarse los candidatos principales de los partidos secesionistas, huidos o en prisión preventiva.
 Ya dijimos, hace algún tiempo, que la inoperancia de Rajoy había creado una fábrica de independentistas y que si sus tácticas no mejoraban, terminaría por cimentar otra de mártires. Pues bien, la decisión de la Juez Lamela da por inaugurado este periodo que augurábamos, con toda certeza y esta revolución, que ha movilizado a más de dos millones de personas que a nadie en España parecen importar, ya tiene unos líderes inmolados a quienes venerar durante mucho tiempo y a los que colocar para siempre en una página de su historia, como auténticos héroes.
De lo que hagan a partir de ahora  los “exiliados, con Puigdemont a la cabeza, puede depender en gran medida el futuro de los encarcelados y también de los miembros de la mesa del Parlament, que pudieran terminar de igual manera, si el President se niega a volver, para presentarse ante la justicia española.
Esta es, únicamente su responsabilidad y como tal debiera asumirla, si verdaderamente le importan quiénes viven en Catalunya y sobre todo, aquellos que le acompañaron codo a codo, en la aventura que iniciaron, para conseguir su gran sueño.
Su decisión nos afecta, indiscutiblemente, a todos. También a los no catalanes que no comprendemos cómo hemos podido llegar hasta aquí y que manifestamos abiertamente nuestro desacuerdo con la decisión de la jueza, que ha llevado a la cárcel a toda la cúpula de un Gobierno autonómico.

Estos días, de profunda tristeza, no son plato de gusto, tampoco para nosotros. La gravedad de lo que está ocurriendo, aturde nuestros sentidos y nuestros sentimientos. 

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