Un inoportuno problema con el equipo me ha impedido escribir
durante los últimos dos días, justo cuando los acontecimientos relacionados con el problema
catalán han tomado la peor de las derivas posibles, provocando en mí, una
especie de inquietud incontrolable, por no poder narrar todo lo que se estaba
viviendo, aunque ahora que todo se ha solucionado, quizá pueda resarcirme del
posible daño ocasionado a las personas que me siguen, sobre todo a las muchas
que viven lejos de nosotros.
A día de hoy, seguramente todos sabrán ya que la Juez Lamela envió
anteayer a prisión a Oriol Junqueras y a varios de los Consellers destituidos,
tras la aplicación del 155, en Catalunya y también que ha dado una semana para
poder preparar su defensa a los integrantes de la mesa del Parlament, incluida
su Presidenta, Carmen Forcadell y que sólo se han librado de esta medida preventiva
Puigdemont y quiénes le acompañan en Bruselas, aunque ya pesa sobre ellos una
orden de busca y captura internacional, que habrá de resolverse probablemente
en las próximas horas y que dependiendo de la decisión que tomen el President y
los suyos, decidirán lo que pueda suceder, en los siguientes días.
Las reacciones de la ciudadanía no se han hecho esperar y la
tensa calma que había reinado en Catalunya durante este breve espacio de
tiempo, ha dado paso a una nueva ola de pronunciamientos colectivos, que ahora
reclaman la inmediata puesta en libertad de los detenidos, devolviendo a las
calles un clima de crispación, que probablemente podría haberse evitado, si
como en el caso de Vila, se hubiera tenido a bien cambiar la petición de
prisión, por sendas y cuantiosas multas, al menos hasta que tuviera lugar la
celebración del juicio.
Muchos factores han debido influir en la decisión de la
Jueza, que basa casi todo su argumento en el más que probable riesgo de fuga,
haciendo tácitamente referencia a la esperpéntica escapada de Puigdemont a
Bruselas, que más que ayudar a los compañeros que decidieron quedarse, les ha
perjudicado gravemente.
Sé muy bien que estas apreciaciones no han de gustar nada a
los partidarios del independentismo, que esgrimen la teoría de que el encarcelamiento
de su Gobierno estaba decidido ya antes de que comparecieran todos a declarar
lo, a causa de la presunta manipulación que el Gobierno del PP, viene
ejerciendo sobre los asuntos de la justicia, pero la realidad es que la marcha
del President y el argumentario que ha esgrimido desde Bruselas para justificar
su permanencia en Bélgica, no sólo ha dado cierta razón a la juez, para temer
que a los consellers que aún estaban aquí, les asaltara la tentación de seguir
los pasos de sus compañeros, por lo que no le ha temblado la mano en aplicar la
peor de cuántas medidas barajaba, seguramente enojada además, por la valoración
que Puigdemont se había atrevido a hacer sobre la justicia española, desde el
que ya empieza a considerarse como su exilio.
Lo cierto y verdad es que han pagado justos por pecadores, en
este rocambolesco asunto y que la decisión judicial ha terminado por
convertirse en la más dura de cuántas se han tomado desde hace más de cuarenta
años, convirtiendo, no se sabe si de manera consciente o no, una cuestión meramente
judicial en una peligrosa crisis política, que complica considerablemente la
celebración de las elecciones del 21 de Diciembre, a las que en principio, todo
el mundo había aceptado concurrir, antes de que se dieran las circunstancias
actuales.
Con medio Govern catalán en prisión y otro medio exiliado en
Bruselas, la profunda brecha abierta entre la sociedad civil catalana ha vuelto
a sangrar profusamente, convirtiendo el conflicto en una especie de revolución
fracasada en la que los vencedores se jactan de humillar a los vencidos y claman
una venganza inmediata para aniquilar cualquier intento nuevo de rebelión,
olvidando que vivimos en un país, supuestamente democrático, donde es
inadmisible que las cosas funcionen así, si no queremos regresar a la época en
que los tribunales de orden público juzgaban y condenaban, a los disidentes.
Qué verdad es, que lo peor que puede ocurrir cuando finaliza un conflicto
es que no se contemple la idea de saber perdonar, perdiendo así la oportunidad
de integración que ofrece la nobleza de un gesto que sólo unos pocos serían capaces
de atreverse a protagonizar, pero que resulta ser el único camino para alcanzar
la necesaria concordia que lleva a la conciliación que permite empezar de cero,
para construir una historia distinta que potencie la igualdad entre quienes la
viven en primera persona, enterrando las diferencias para siempre.
Poco deseo de perdón hemos visto estos días en los líderes
constitucionalistas y muy especialmente en aquellos que clamaban, como Albert
Rivera, por recrudecer las medidas contra los secesionistas y que ya
preludiaban este desenlace desolador, que nos hace retornar a un punto de
confrontación, que parecíamos haber empezado a superar, con la aceptación, en
mayor o menor grado, de la celebración de elecciones, que ahora se ponen
nuevamente en cuestión, al encontrarse los candidatos principales de los
partidos secesionistas, huidos o en prisión preventiva.
Ya dijimos, hace algún
tiempo, que la inoperancia de Rajoy había creado una fábrica de
independentistas y que si sus tácticas no mejoraban, terminaría por cimentar
otra de mártires. Pues bien, la decisión de la Juez Lamela da por inaugurado
este periodo que augurábamos, con toda certeza y esta revolución, que ha
movilizado a más de dos millones de personas que a nadie en España parecen
importar, ya tiene unos líderes inmolados a quienes venerar durante mucho
tiempo y a los que colocar para siempre en una página de su historia, como
auténticos héroes.
De lo que hagan a partir de ahora los “exiliados, con Puigdemont a la cabeza, puede
depender en gran medida el futuro de los encarcelados y también de los miembros
de la mesa del Parlament, que pudieran terminar de igual manera, si el
President se niega a volver, para presentarse ante la justicia española.
Esta es, únicamente su responsabilidad y como tal debiera
asumirla, si verdaderamente le importan quiénes viven en Catalunya y sobre
todo, aquellos que le acompañaron codo a codo, en la aventura que iniciaron,
para conseguir su gran sueño.
Su decisión nos afecta, indiscutiblemente, a todos. También a
los no catalanes que no comprendemos cómo hemos podido llegar hasta aquí y que
manifestamos abiertamente nuestro desacuerdo con la decisión de la jueza, que
ha llevado a la cárcel a toda la cúpula de un Gobierno autonómico.
Estos días, de profunda tristeza, no son plato de gusto,
tampoco para nosotros. La gravedad de lo que está ocurriendo, aturde nuestros
sentidos y nuestros sentimientos.

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