Creyendo firmemente en un triunfo electoral que aún no se ha
producido y convencidos de que son la representación más palpable de la nueva
derecha en Catalunya, los Ciudadanos de Albert Rivera han dado comienzo a su
particular Campaña electoral, un poquito subidos de soberbia y confiando en que
a Inés Arrimadas le basta y sobra con su
verborrea, para conseguir situarse en la Presidencia de la Generalitat, contando
de antemano, con los votos de los Partidos constitucionalistas.
El comportamiento de Rivera y los suyos durante la crisis
catalana y la inflexibilidad demostrada en todo momento, contra las tesis
separatistas, ha logrado atraer a su terreno a una buena cantidad de antiguos votantes
del PP, que desencantados con el comportamiento del Gobierno central, se han
sumado gustosos al patrioterismo de banderitas españolas y pasodobles
callejeros y apoyando sin paliativos, la
aplicación del artículo 155, incluso antes de que se produjeran las votaciones
del primero de Octubre, evidenciando un afán de dominio, que provoca en otra
mucha gente, cierto miedo.
Se podría decir que la señora Arrimadas ha ido siempre dos o
tres pasos por delante de las decisiones después adoptadas por Mariano Rajoy y
que de haber estado en su mano, el Parlament se hubiera cerrado inmediatamente
después de las sesiones celebradas en Septiembre, por lo que se podría asegurar
que sus políticas se encontrarían situadas a la derecha de las del PP y que su
contundencia al aplicarlas se convertiría en una absoluta prioridad, si
verdaderamente llegara ser Presidenta.
Haría falta recordar, algunos ni siquiera lo saben, que
Ciudadanos nació, en un primer momento como un Partido meramente catalán y que
aquel Ciutadans de entonces, buscó la complacencia de los españolistas
convencidos que residían en aquel territorio, sin conseguir, por cierto, ningún
apoyo popular digno de ser mencionado y que sólo cuando Rivera se atrevió a dar
el salto a la política nacional y engañó a los ciudadanos con ese aire de
renovación y frescura que irradiaba en todas sus apariciones televisivas, su
Partido logró hacerse un hueco en el parlamento español y posteriormente en el
Parlament catalán, en el que ahora tienen cierto peso.
Fue la suya una maniobra de distracción perfectamente trazada
que presentaba a un líder de una escrupulosa pulcritud, anclado a una
centralidad que nadie se había atrevido a ocupar desde los tiempos en que Adolfo
Suárez accediera a la Presidencia y dispuesto a ofrecer a los españoles una
alternativa de modernidad que chocaba frontalmente con el programa presentado
por Podemos, al que siempre tacharon de utópico y cercano a la extrema izquierda.
Con esas armas, Ciudadanos logró situarse en una posición de
poder que lo convirtió en la llave necesaria para que cualquiera de las Fuerzas
tradicionales pudiera formar Gobierno y aquella defensa a ultranza de su honestidad,
frente a la descarada corrupción que invadía un país agobiado por la dureza de
la crisis, pronto empezó a ser desplazada por una especie de fidelidad
incuestionable a cualquiera de las tesis elaboradas por el PP, que puso en
claro cuáles eran las verdaderas intenciones que les movían y el auténtico
lugar que ocupaban en el arco político del Parlamento.
Se podría decir que el conflicto catalán le ha venido de
perlas a los de Rivera, para ir un poco más allá en sus aspiraciones y que su
ambición por crecer, se ha visto claramente recompensada por un público que se
encontraba huérfano de representación real en Catalunya, aupándoles, nuevamente
a través del fracaso de los demás, a una posición que de otro modo, no hubieran
podido conseguir jamás, por la propia idiosincrasia de sus ideas.
Para que quede claro, si Ciudadanos consiguiese la
Presidencia de la Generalitat con Arrimadas a la cabeza, las presiones que ha
venido sufriendo Rajoy y las críticas vertidas hasta ahora sobre PSOE y
Podemos, podrían multiplicarse por mil, pues la hazaña de haber podido derrotar
a los separatistas, supondría ya, en sí misma, un argumento recurrente con el
que acercarse cada vez más a la Moncloa, que es, como ya habrán podido intuir,
el objetivo que se ha marcado Rivera, desde el mismo momento en que decidiera
entrar en política.
Si ya ahora resulta evidente su desprecio por los Partidos de
Izquierda y muy especialmente por el de Pablo Iglesias, imagínense el giro que
podrían tomar los acontecimientos, si además se situara por encima de los
nacionalistas catalanes, en su propio terreno.
No quiero, ni pensar en la situación en la que podrían llegar
a encontrarse los catalanes bajo el mando de este Partido, ni qué clase de
medidas podrían adoptar, si contaran con la mayoría absoluta en el Parlament,
sin oposición a sus argumentos.
Es por ello, que habría que pensárselo mucho, antes de elegir
esta opción, en las elecciones del 21 de Diciembre y que quizá convendría a los
constitucionalistas moderados aproximarse un poco más a las propuestas
presentadas, por ejemplo, por Iceta, que al menos, ha luchado hasta el último
instante por arbitrar un clima de diálogo y negociación, aunque después haya
cometido la torpeza de apoyar, junto a su Partido, la aplicación del 155.
Cualquier cosa, antes de permitir que Ciudadanos se haga con
el poder en Catalunya y aunque ya sé que muchos desean que este problema se
resuelva a la mayor brevedad posible y que pueda recuperarse la normalidad en
esta bendita tierra, no todas las soluciones son igualmente válidas y ésta, no
parece la más indicada para que los catalanes puedan conservar intactas sus
peculiaridades esenciales, como ha quedado de manifiesto, en los discursos
emitidos por Arrimadas, en los medios.
La precaución, que suele ser buena consejera, deja de serlo si
aplicada en demasía, transforma a los hombres en cobardes.

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