domingo, 2 de marzo de 2014

Memoria de un poeta


A los  setenta y cinco años de su muerte, los versos del poeta Antonio Machado, una víctima más de las muchas que trajo nuestra guerra civil, continúan conservando una vigencia, que parecería inexplicable, si este país nuestro hubiera conseguido consolidar una evolución real y no hubiera asentado en cimientos de barro, los principios de progreso por los que se ha luchado denodadamente, desde la llegada de nuestra joven Democracia.
Forzosamente exiliado, hasta en la muerte, descansando en su humilde tumba de Colliure, junto a su madre, todo el mérito que su trayectoria merece, parece anulado impíamente por un terror aún hoy insuperado, que no sólo condenó a los perdedores de la contienda a elegir entre el ajusticiamiento o la huída, sino que se empeñó en sepultar en el silencio su memoria, sin que  se hayan podido recuperar, ni muchos de sus restos esparcidos por la geografía nacional, ni la libertad de pronunciar abiertamente sus nombres, sin ser inmediatamente respondidos por los hijos de los vencedores, reclamando una concordia que nunca será posible, hasta que cada cual haya recuperado su lugar familiar y su sitio en la historia mal contada que se nos impuso durante demasiado tiempo.
Recordar a Antonio Machado, tener el placer de releer sus versos, es necesariamente emocionarse, sin poder entender qué puede llevar a los hombres a comportarse de un modo tan vil con sus semejantes, independientemente de las discrepancias que puedan existir entre unos y otros, en el plano ideológico que los seres humanos eligen según su conciencia y sin la pretensión de hacer daño a los que no piensan como él, al menos inicialmente.
La Universalidad de este poeta ha hecho imposible, como se pretendió durante la dictadura, silenciar su memoria y aquello que escribió, sigue hoy conmoviendo a millones de personas en todo el planeta, sin que la animadversión que se intentó crear hacia él, por sus creencias, haya podido enterrar el valioso tesoro de sus palabras. 
Aquel tiempo convulso que también a él tocó vivir y la decisión de ponerse al lado de los que gobernaban legalmente, a pesar de que no se conoce que jamás hiciera de las armas la fuerza de su razón, fue suficiente para convencer a los partidarios del golpe de Estado, de que Machado era, igual que Lorca, Hernández, Alberti  u otros muchos intelectuales en su misma situación, un elemento no deseado que había que destruir, quizá porque el poder de la palabra no conoce límites ni fronteras y puede persuadir, con más potencia que la más destructiva de las armas, a todos aquellos que simplemente con leerlas, entienden su significado y lo defienden hasta las últimas consecuencias.
Estando como estamos en un periodo difícil de nuestra historia y viendo como vemos, las graves injusticias que se cometen a diario contra todos nosotros, no se me ocurre mejor homenaje que recordar uno de sus poemas, para que todos aquellos que lo lean por primera vez, hagan el ejercicio mental de trasladarlo al día de hoy, para sorprenderse de la vigencia que mantienen sus letras.
Presente entre nosotros a través de su obra, Machado es afortunadamente para quienes le admiramos, inmortal. Amamos su memoria y transmitimos pues, como podemos, sus versos.

El mañana efímero

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero;
a la moda de Francia realista,
un poco al uso de París pagano,
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahur, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero,
el vacuo ayer dará un mañana huero.

Como la náusea de un borracho ahito
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.


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