lunes, 10 de marzo de 2014

Los límites de la ética


Justo en el aniversario del 11M, el condenado Rafa Zouhier que está a punto de terminar el cumplimiento de la condena por su participación en los hechos, publica una carta en la que defiende su inocencia y en la que pide no ser expulsado del País, al haber contraído matrimonio con una española y haber, según él, recibido varias ofertas para trabajar como colaborador en más de un programa del corazón, sin que en ningún momento manifieste los nombres concretos de las cadenas.
 Aún sin saber si se le concederá la petición, las razones aducidas por Zouhier, simplemente para solicitarla, ya mueve las conciencias de todos los españoles y una llega a preguntarse, de ser cierto el ofrecimiento de trabajo a que se refiere en su carta, dónde están los límites de la ética para las televisiones de esta Nación y cómo puede permitirse, si llega a darse el caso, que semejante individuo pueda llegar a convertirse en un rostro que se cuele cada día en nuestras casas, no sabemos para hablarnos de qué, aunque suponiendo que ha de estar necesariamente relacionado con los trágicos sucesos que sacudieron la columna vertebral de nuestra sociedad, en los que participó activamente y por los que fue condenado.
Necesariamente surge la incógnita de qué dirían los sesudos varones del PP, si tuvieran que ver por ejemplo, al etarra Bolinaga sentado cada tarde en una tertulia televisiva, comentando al detalle los crímenes cometidos por la organización a que pertenece y mezclando los nombres de las víctimas con los de los personajes del colorín e intentando desentrañar las más oscuras historias que tras cada uno de ellos se ocultaba, tal como ocurre en cada uno de esos programas casi todos los días, sin que ninguna ley ponga freno a la naturaleza del disparate.
Pero no se puede olvidar que para su desgracia,  las víctimas del 11M han sido reiterativamente consideradas como de segunda fila por este gobierno, quizá porque prestarles apoyo no le reportará jamás la suculenta cantidad de votos que durante años han recibido por aparecer en la foto, al lado de los afectados por el terrorismo de ETA.
Que el 11M es un asunto que afecta a los populares negativamente, es un hecho conocido por todo aquel que demuestra un mínimo interés por el desarrollo de la política y que a la salida de Zouhier no se le ha dado la misma importancia que a la liberación de los etarras, tras la sentencia de Estrasburgo, no puede ser más evidente.
Así que no sería de extrañar que tratándose de alguien que ya ha cumplido su condena, en los próximos días pudiéramos oír que  no les queda más remedio que acceder a su petición y que la deshonestidad de determinados programas conviertan en un hecho su aterrizaje en los medios televisivos, sin que los sentimientos de los supervivientes de la tragedia, ni el de los allegados de los muertos, suponga ningún tipo de traba para que este personaje permanezca en España, buscándose la vida de la manera que considere más oportuna.
Y como estas víctimas no son precisamente proclives a utilizar su dolor organizando manifestaciones multitudinarias ni arrastrando consigo a rostros relevantes de la política, alguien podría pensar que su silencio pudiera ser síntoma de que en el fondo les da igual lo que ocurra con el destino de Zouhier, aunque los demás estemos convencidos de lo contrario y admiremos la enorme entereza que demuestran, al no politizar su tragedia, ni haberlo hecho jamás, como han demostrado los hechos.
Para que quede claro, las víctimas del 11M siguen y seguirán padeciendo durante toda su vida las secuelas de su tragedia, en igual o mayor medida que otras víctimas más afortunadas por la atención de este gobierno y han de estar necesariamente ahora mismo, absolutamente indignadas por las noticias que llegan sobre la liberación de Zouhier al que con toda probabilidad consideran colaborador innegable de la desaparición de los suyos y para el que recomendarían en todos los casos, una deportación inmediata que le hiciera desaparecer de su entorno para toda la vida, como querría cualquiera que pudiera encontrarse en el caso en el que ellos se encuentran.
Así que si la inmoralidad de alguna cadena promoviera que su presencia se hiciera habitual en alguno de los espacios emitidos bajo sus siglas, quienes las gobiernan tendrían que saber que su decisión bien podría volverse en su contra, si todos los ciudadanos que nos consideramos gente de bien, nos negamos a volver a sintonizar ninguno de sus programas, provocando una debacle en su audiencia, como justo castigo a la osadía de haber traspasado todos los límites imaginables de la ética, aunque ahora se haya puesto tan de moda.


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