martes, 4 de marzo de 2014

Tambores de guerra


El fantasma del belicismo pulula por la vieja Europa, trayendo a la memoria heridas demasiado profundas para que puedan ser cicatrizadas, en toda una vida.
Los hombres, que no aprenden de sus propios errores, caen una y otra vez en la tentación de intentar someter a sus semejantes por medio de la fuerza, sin permitir que cada cual conserve para sí la intacta belleza de su territorio, ni la magnanimidad de los frutos que produce, casi siempre provocando la envidia de los que carecen de ellos.
Esta crisis, profunda y destructiva como ninguna, devastadora para los derechos y las voluntades de aquellos a los que esclaviza, quizá conllevaba un deseo oculto de provocación a una guerra que limpie las calles de las legiones de hambrientos que ha traído la agresividad de la política económica, que para nosotros ideó el nefasto neocapitalismo y en el fondo, era esto y no otra cosa, lo que se buscaba para un mejor reparto de la riqueza, a costa del sacrificio de vidas que nada importa a los que detentan el poder, en su imparable camino hacia la consecución de sus metas.
Ha sido Ucrania, como podía haber sido España o Portugal, Irlanda  o Grecia, todas ellas acogotadas por la violencia tácita, aunque clara que hace dependiente nuestra existencia y que atenaza nuestras voces con el garrote devastador del miedo a la pobreza, cuando ya nos habíamos acostumbrado a vivir de forma relajada, únicamente gracias al fruto de nuestro trabajo.
Ha sido Ucrania, aunque al otro lado del mundo, también en Venezuela se adivina la manipulación oculta de otro gigante y el ambiente se hace igualmente irrespirable, para los mismos pobres, aunque hablen otro idioma y practiquen otras costumbres, igualmente nocivas para los intereses de los que mueven las riendas de este maldito mundo y que no se resignan a la idea de tener necesariamente que compartir, ni siquiera con otro sólo, la rentabilidad de los beneficios.
La vorágine belicista que envuelve con su maraña pegajosa a los desheredados de la tierra, a los que no resulta difícil convencer de la necesidad de la violencia para que su destino mejore, dado que nada poseen, se instala demoledoramente en los corazones de los oprimidos, sólo porque la estudiada estrategia de los poderosos ofrece a sus ojos, un poco de la esperanza perdida de poder levantar la cabeza con dignidad, después de haber tocado un fondo, cuya negrura hace presentir la presencia de una nada que no puede ofrecer sino desolación, para los que cayeron de bruces en ella.
Desarmados por el contundente argumento de las más elementales carencias, la disposición a la lucha llega a ser más que una imposición, un convencimiento profundo, una necesidad perentoria que otros se encargan de vender como la panacea prodigiosa que logrará terminar con nuestro sufrimiento.
Y sin embargo, ejemplos anteriores indican que nunca la salvación llegó de la mano de ninguno de esos conflictos y que las guerras constituyen, para todos, una irrecuperable pérdida que afecta por igual a quienes las ganan o las pierden y que dejan impresa en los corazones una huella maldita y un estigma del que será imposible escapar, si se conserva un mínimo de humanidad, cuando habiendo llegado lo que cuando empezaron era futuro, se es incapaz de mirar a los ojos de los demás, sin sentir el remordimiento de haber destrozado los sueños de los que combatieron al otro lado y los nuestros propios, tras haber conocido en primera persona, el fragor de la contienda.
Es por eso que nuestra obligación es evitar que se llegue a ese tipo de enfrentamiento y también, intentar por todos los medios que la fuerza de las palabras consiga imponerse a la irracionalidad de las armas.
En Crimea, en Venezuela o en cualquier otro de los muchos lugares que hoy se encuentran al borde de un mismo precipicio, la importancia de que se imponga la inteligencia sobre la fuerza bruta, no puede ser más urgente.
Viviendo y dejando vivir, evitando que la grandilocuencia del poder consiga alienarnos el pensamiento con el resonar de sus tambores lejanos, seremos mucho más fuertes y libres.
Nunca los salvadores de las Patrias hicieron por la población civil nada más, que utilizar maliciosamente y en su propio favor, el envilecimiento provocado de sus acciones.
Volver a caer en sus redes, sería pues, la mayor necedad que podría cometer quien ya sabe por experiencias anteriores, que las guerras no cambian jamás la historia de los que menos tienen.



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