domingo, 30 de marzo de 2014

El rastro de la violencia


Es una pena que el éxito de la Marcha por la Dignidad, se haya visto empañado por los sucesos violentos que terminaron con un saldo de más de cien heridos, entre ellos sesenta y ocho policías, hace siete días, en Madrid.
Sin que se haya conseguido aclarar quiénes son estos encapuchados  que  se dedican a provocar disturbios en todas las manifestaciones en las que el pueblo llano reclama sus derechos, izquierda y derecha continúan perdiéndose en interminables discusiones y cruces de acusaciones mutuas, que no hacen otra cosa que conseguir ensombrecer las justas reclamaciones de los ciudadanos y el prestigio de cualquier organización convocante, en todos y cada uno de los actos que se llevan a cabo.
La izquierda, que asegura que hay policías infiltrados en las protestas y que les atribuyen un deseo de provocación para que todas ellas terminen en fracaso, acusa además, y con razón, a las fuerzas del orden, de haber actuado demasiadas veces con excesiva contundencia y en muchos casos, comete el error de no condenar el intrusismo de los grupos violentos, pareciendo con ello que prestan apoyo a una forma de concebir el derecho a la manifestación, que nada tiene que ver con lo que piensa el grueso de la ciudadanía que las protagoniza.
Y la derecha, en su afán de ocultar los gravísimos problemas que acucian al país y haciendo gala de un trasnochado patriotismo que considera a los policías como semidioses infalibles, incapaces de actuar más allá de los límites que marca la legalidad, se niega a ver que la represión llevada a límites extremos, no hace más que aumentar los niveles de indignación de la Sociedad, haciendo que crezca una semilla de rencor que posibilita que se encienda la mecha que hace prender la llama de la irracionalidad, convirtiendo a los hombres en meras bestias sin conciencia de sus actos.
Por eso sería importante establecer quiénes son estos grupos dispuestos siempre a provocar disturbios y aclarar de una vez a qué organizaciones extremistas pertenecen, sobre todo por intentar que cuando los ciudadanos deciden salir a la calle para manifestar su oposición a lo que está ocurriendo, no tengan que volver a toparse ni con la saña represiva de una policía en estado permanente de alerta, ni con la incomprensión de quienes hacen tabla rasa, metiendo en el mismo saco a los violentos y a los cientos de miles de personas de bien que participan en un determinado acto, con el único deseo de reclamar el bienestar de todos, incluidos aquellos que nada hacen por cambiar lo que les está ocurriendo.
Si los grupos como dicen algunos, son de extrema derecha, que podrían ser, dada la similitud de sus métodos, con los empleados por los nazis durante los años anteriores a la segunda guerra mundial, quizá su deseo sea el de provocar en los ciudadanos un deseo incontrolable de encontrar a uno de esos salvadores de la patria que tan malos resultados han dado, cada vez que se han hecho cargo de una Nación, a lo largo de toda la historia.
Y si son de extrema izquierda, quizá debieran recordar que la feroz división de la izquierda fue precisamente, una de las causantes de que se perdiera la guerra civil en España, lo que nos costó tener que soportar una Dictadura de más de cuarenta años.
La búsqueda de la identidad de estos violentos, resulta pues, crucial, para determinar los fines que persiguen y dicha identificación, no se consigue precisamente, embarcándose en interminables discusiones partidistas que solo  perjudican, aún más, la terrible imagen que ya tienen los españoles de los políticos.
 Porque al final, vengan de donde vengan y sean quienes sean, está claro que siempre acaban triunfando sobre todos los demás y sólo se habla de ellos durante demasiado tiempo, en todos los medios de comunicación, de uno u otro signo.
Y mientras tanto, las reivindicaciones de los ciudadanos quedan definitivamente aparcadas sin que el gobierno del PP, les preste la menor atención, argumentando que lo más importante en este preciso momento es que actos como los de esta última marcha, no vuelvan a repetirse.
De verdad, que entran ganas de tirar la toalla. Menuda pandilla de necios.


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