Cuando se cumplen diez años de los atentados de los trenes, que supusieron para los españoles un punto de
inflexión en la manera de concebir el terrorismo y antes de que los medios
comiencen a evocar aquellos hechos, cada cual permaneciendo inmóvil en la
defensa de sus teorías, echar la mirada atrás y recordar lo que pasó como si
hubiera sucedido ahora mismo, debe ser para todos nosotros ineludible, si se
quiere evitar que acciones como aquellas, que violentaron el corazón mismo de nuestra sociedad, no
vuelvan jamás a repetirse.
Hemos dicho ya muchas veces que aquellos eran nuestros
muertos y que solo el azar situó dentro
de los vagones afectados a determinadas personas en aquel determinado momento,
concediendo a algunas de ellas la enorme suerte de sobrevivir y arrancando de
cuajo a otras la vida, sin tener en cuenta en ninguno de los dos casos, su
inocencia.
Ninguno de aquellos viajeros ostentaba cargos políticos, ni
manejaba poder alguno que pudiera poner en peligro la estabilidad de otros
seres humanos, ni formaba parte de los magnates de la economía, ni podía por sí
mismo, transformar el destino del mundo tomando decisiones que exterminaran de
un modo o de otro a ningún grupo de población, ni atesoraba información con la
que mover de su puesto a ningún soberano de ningún reino.
Ninguno de aquellos viajeros estaba siquiera de acuerdo con
la participación de España en la guerra de Irak y probablemente, muchos de
ellos, hasta habían salido a la calle para manifestarse contra la posición que
el entonces Presidente Áznar defendía junto a sus amigos Blair y Bush, en las
islas Azores e incluso esperaban, como todos los demás españoles, que los
resultados de las elecciones que se celebrarían tres días después, propiciaran,
como luego ocurrió, la retirada de las tropas enviadas para tal fin, sin el
consenso necesario para hacerlo.
Ninguno de aquellos viajeros imaginó aquella mañana al salir
de casa el horror que les aguardaba y ninguno, de ser preguntado, hubiera sido
siquiera capaz de definir la magnitud de la tragedia que iban a protagonizar
después, al pensar que de ningún modo podría considerársele objetivo, por parte
de ningún grupo terrorista.
Todos, cuando se despidieron de los suyos, sólo esperaban un
día más, cumplir los tediosos deberes que sus obligaciones imponían y
seguramente, ninguno de ellos tuvo siquiera la tentación de mirar atrás, al no
intuir que sería la última vez que tuvieran delante los rostros de sus seres
queridos.
Tampoco los que se quedaban dijeron seguramente aquellas
cosas que luego habrían querido decir, ni los que en aquel momento nos levantábamos
de la cama a muchos kilómetros de allí, conectamos la radio esperando recibir
otro mensaje que el natural rosario de las noticias de todos los días.
Y sin embargo, el estallido que empezó a producirse solo unos
instantes después, se encargo de cambiar la percepción de los sentimientos de
todos trayéndonos primero la carga emocional del asombro, para ir
transformándose después en la desesperada impotencia de no poder huir de una
verdad que arrastraba como un tsunami con su paso, el candor de no poder creer
que lo que estaba ocurriendo pudiera ser posible y más tarde en la indignación
bañada de lágrimas que no encontraba en la información que se nos ofrecía
respuesta alguna a las incógnitas que se mezclaban con las heridas recién
abiertas.
Sin móvil aparente, nuestros hijos y padres, nuestros
hermanos, nuestros amigos, aquellos viajeros que podíamos haber sido cualquiera
de nosotros, habían desaparecido del mundo trayendo a nuestros ojos algunas de
las imágenes más dantescas de las que tenemos recuerdo… y nadie nos explicaba
por qué.
Podía más el amor al poder que la vida de nuestra gente y
creo que fue en aquel instante preciso cuando la decencia que todos presumíamos
como virtud principal de nuestros políticos, empezó a desvanecerse para dejar
paso a lo que ahora tenemos y que nada tiene que ver con la grandeza que
debiera mover a esta profesión, tan maldita y denostada en estos tiempos.
Pero ni las mentiras primeras, ni el intento pertinaz de
disfrazar la verdad de los hechos, ni los años que han transcurrido, ni el
silencio a que se ha condenado a estas víctimas, ni las vejaciones a que sus
familiares han sido sometidas durante estos diez años, podrán impedir que ahora y siempre, honremos la memoria de
nuestros muertos y que ni este año ni el que viene, ni otros muchos futuros,
sus nombres, sus historias, que son y seguirán siendo las nuestras, caigan en
el olvido.

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