La huelga de tres días, de los estudiantes universitarios y
de enseñanza secundaria, en contra de la Ley Wert, se ha topado con la mala suerte de producirse inmediatamente
después de los sucesos del pasado sábado en Madrid y las manifestaciones convocadas
por los jóvenes están siendo reprimidas con especial violencia, quizá porque la
policía no olvida lo que les ocurrió a sus compañeros, en los enfrentamientos
con un grupo de violentos, que nada tenían que ver con los participantes en la Marcha
por la Dignidad.
Unas fuerzas del orden absolutamente indignadas por la
indefensión en que se encontraron sus compañeros, parece que no van a volver a
tolerar la disyuntiva de hallarse en un trance como éste y sin establecer
discriminación alguna entre los participantes de la protesta estudiantil,
cargaron ayer con especial contundencia, produciendo varios heridos y
practicando numerosas detenciones.
El dilema moral que debe asaltar a un policía, al tener que
decidir si está de acuerdo o no con lo que últimamente la gente reclama en la
calle, ha de ser necesariamente, de difícil resolución.
Cierto es que su obligación en el plano laboral pasa por
acatar las órdenes recibidas y puede que a algunos de ellos les parezca que no
han sido afectados por los recortes que han mermado considerablemente el modo
de vida de los españoles.
Pero en su mayoría, son ciudadanos que, exactamente igual que todos nosotros, han
sufrido directamente los efectos de la crisis. Sus hijos habrán de hacer
frente, como los nuestros, a la subida de tasas universitarias y los recortes
practicados en todas las áreas sociales también les atañen, como a nosotros.
Así que sus problemas han de ser necesariamente cercanos a
los nuestros y por tanto, debieran comprender perfectamente la necesidad que
los ciudadanos tenemos de ejercer
nuestro libre derecho a la protesta y salir a las calles y manifestarnos,
cuántas veces consideremos que somos atacados por nuestros gobernantes, en
relación con nuestros derechos.
Y sin embargo, no existe una empatía entre los guardianes de
la Ley y la sociedad, en tanto en cuanto parece que ellos se encuentren
permanentemente en un estado de alerta, necesitando identificar a los ciudadanos que acuden a las
protestas, como si se trataran de peligrosos delincuentes dispuestos a terminar
con el Estado democrático.
Debieran considerar, al menos, que esos manifestantes también
están clamando por sus propios derechos y ser, por tanto, infinitamente más
tolerantes y educados con una ciudadanía que, por lo general, nunca puede ser
acusada de practicar la violencia.
No ayudan nada, declaraciones como las de quienes empiezan a
hablar de que las manifestaciones van intencionadamente a desestabilizar el
Estado de derecho, dando la razón a un PP absolutamente en desacuerdo con que
la ciudadanía protagonice ningún tipo de protesta, con tal de mantener a los
ojos de Europa una falsa sensación de estar haciendo una buena política a favor
de los españoles.
Ahora toca defender a capa y espada que ya hemos salido de la
crisis y las marchas, las manifestaciones y las discrepancias contundentes que
se están organizando en las calles, ensucian la imagen que pretende ofrecer
Rajoy de su modo de gobernar y la de los ministros que le ayudan a regir los
destinos de este País.
Esta táctica y el apoyo velado de los que con sus
declaraciones dan la razón al gobierno, no hacen otra cosa que agrandar la
enorme brecha que se ha abierto entre políticos y ciudadanía, provocando
un efecto indeseable que aumenta por
momentos, el grado de indignación de los que nos sentimos engañados.
Ideas como la de Ana Botella, de crear espacios especialmente
destinados a las manifestaciones, lejos del centro de las grandes ciudades y en
especial de Madrid, no hacen más que corroborar cuanto digo.
Pero la ley apoya específicamente la libertad de expresión y
reunión de la gente y el derecho de manifestación no puede ni debe ser anulado, según conveniencias políticas.
Como tampoco la policía ha de ver en la sociedad a la que
debiera servir, un enemigo contra el que luchar denodadamente hasta aniquilar
la legitimidad de las protestas, por medio de la violencia. Así, se estarían
convirtiendo en esbirros de una República bananera.

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