Aunque Adolfo Suárez y yo nunca coincidimos ideológicamente y
durante los años en que estuvo en el poder
yo caminaba por derroteros mucho más progresistas que los suyos, no
puedo en un día como hoy, sino admitir que todos los españoles tenemos con él,
una deuda impagable.
Más allá del valor demostrado al permanecer sentado durante
el golpe de Estado del 23F, el hombre que hoy que acaba de morir ocupará un
lugar en la historia, que difícilmente podíamos predecir los que éramos los
jóvenes de entonces, pero que el tiempo se ha encargado de transformar, como
casi todo, otorgándole la justa importancia que merece.
Se va uno de los padres de esta Constitución que ahora nos
parece que debe ser reformada, pero que entonces empezó a fraguarse bajo las fauces
mismas del final del franquismo y que a nosotros nos pareció, con algunas reservas,
el regalo más importante que habíamos recibido en nuestras vidas y que nos
permitía, tras tanto luchar, abandonar la tiniebla del oscurantismo.
La dificultad de los
momentos que vivimos en la actualidad, quizá hace imposible imaginar que puedan
existir políticos honrados y el empecinamiento por permanecer en el poder que demuestran
los actuales no nos permite siquiera pensar que en otro tiempo pudieran existir
personas que habiendo llegado a la cumbre, fueran capaces de retirarse
presentando la dimisión, por motivos que quizá ahora podrían parecer una
tontería, pero que entonces tuvieron mucho que ver con el bienestar de todos
nosotros.
He de reconocer y lo
hago, que desde el mismo momento en que Suárez anunció en aquellos momentos que
se marchaba ( ahora sabemos que con la intención de evitar a toda costa un alzamiento
militar) empecé a admirarle y que durante los años que han seguido y que los
dos vivimos cada cual en el lugar y con las circunstancias que nos tocaron, esa
admiración perduró, a pesar de las insalvables distancias que nos imponían
nuestros respectivos pensamientos.
La tragedia de su enfermedad impidió luego que pudiera
relatar en primera persona su verdad de aquellos interesantísimos hechos y
también que tuviera la capacidad de discernir quiénes fueron entonces y quiénes
seguirían siendo ahora sus verdaderos amigos y que los españoles nos enterásemos por fin de
qué grupos le llevaron al borde del
abismo y de dónde se encontrarían en estos momentos aquellos que le
traicionaron empujándole al peor de los olvidos.
Ahora que está a punto de empezar la despedida con honores
que las Instituciones vigentes habrán preparado para él, los reconocimientos
grandilocuentes que llegan, como casi siempre demasiado tarde y a destiempo, nos
veremos obligados a oír por activa y por pasiva cómo todos ensalzan su papel,
aunque omitiendo que durante los años en que su memoria le jugó la mala pasada
de abandonarle, apenas se le ha recordado, como si nunca hubiera existido.
Puede que nuestros jóvenes ni siquiera sepan a ciencia cierta
quién fue Adolfo Suárez o que haya tenido que llegar el momento de su muerte
para que lo descubran, probablemente sin dar crédito a las cosas que van a
contarnos sobre él en los próximos días y puede que hasta ignoren, que
precisamente gracias a él y a otros pocos valientes, tienen hoy la posibilidad
de concebir como algo natural la libertad de expresarse y de vivir abiertamente
según su pensamiento, a pesar de que la convulsión de la época que les está
tocando vivir, reniegue de los principios de esta Democracia que, sin embargo,
tanto dolor y lucha nos costó ganar.
Quizá existe cierta justicia en el mundo y la enfermedad de Adolfo
Suárez no haya sido más que un regalo que le ha hecho la historia, para que no
tuviera que ver en qué convertían los políticos actuales lo que un día fue su
sueño.
Descanse en paz.

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