Aunque han pasado más de treinta años de aquel intento de
golpe de estado que mantuvo en vilo a todos los españoles la noche del 23 de
Febrero de 1981, la postura de quienes lo protagonizaron y aún viven y la de
sus descendientes más directos, parece no haber cambiado en absoluto,
demostrando que la evolución ideológica para algunas personas no existe y que
los avatares de la vida no les han servido siquiera para reconocer sus errores,
puesto que siguen conmemorando aquella fecha lejana, como una efemérides de la
que se sentirán orgullosos para siempre, como si se hubiera tratado de una
proeza.
La celebración que el hijo de Antonio Tejero organizó junto a
una serie de aquellos golpistas, incluido su padre, en unas instalaciones militares
y que los superiores de que depende no tuvieran la menor idea de lo que allí
estaba ocurriendo, constituye, per se, una especie de suceso surrealista, si se
tiene en cuenta que el propio Ministro de Interior acaba de confesar de que ha
conocido la noticia por medio de la prensa, como si la obligación de los
responsables militares del Centro y la suya propia, no fuera la de estar al
tanto de lo que ocurre en este país y lo sucedido no fuera especialmente
llamativo, si se tiene en cuenta la trayectoria que han seguido quienes allí se
reunieron, que no pasa, precisamente, por un camino de arrepentimiento.
Militando el Ministro
de Interior en un partido que de manera habitual califica de enaltecimiento del
terrorismo, cualquier reunión protagonizada por simpatizantes o militantes de
ETA, considerar que la única sanción que esta reunión de golpistas merece es la
de apartar al hijo de Antonio Tejero de su cargo, acarrea de inmediato la
inevitable sospecha de que la política aplicada por el gobierno Rajoy, dista
mucho de ser igualitaria, según la ideología que representen quienes
protagonizan actos como este, ya que
mientras la conmemoración del
golpe de Estado podría parecer a la mayoría de los españoles un enaltecimiento
a las claras de la sublevación militar por excelencia, en opinión del Ministro
no deja de ser una mera anécdota, a la que sólo habría que reprochar haber sido
llevada a cabo sin el permiso explícito de los superiores pertinentes, obviando
la intención con que esta reunión fue convocada y quienes participaron en ella.
Inevitablemente ha de surgir la pregunta de si esta
conmemoración ha sido la única que se ha celebrado desde que se produjeron los hechos, o si por
el contrario, cada año de estos treinta y tres que han pasado, estas mismas
personas han estado enalteciendo su acción en otros lugares, sin que nunca
antes haya llegado a la opinión pública y sin haber constituido jamás, motivo
de delito.
Porque de ser así y a pesar de haber cumplido los golpistas
su condena, el funcionamiento de los organismos encargados de velar por la
seguridad del Estado deja mucho que desear, sobre todo si tenemos en cuenta que
otras reuniones similares a ésta, en el pasado, acabaron por saldarse con el
secuestro de todo el Congreso, como bien refleja la historia que todos
conocemos y que pudimos ver en directo, gracias al buen hacer de los
profesionales de la información que trabajaban en ese momento en el Parlamento.
No basta pues, con apartar al hijo de Tejero de su cargo, ni
con tratar de enterrar la cuestión esperando que el paso del tiempo acabe por
diluir la noticia, como se hace otras muchas veces.
El recuerdo de aquella fatídica noche ya resulta, en sí
mismo, lo suficientemente terrible, como para exigir al gobierno, por lo menos,
una prevención exhaustiva para que en este País, no pueda volver a ocurrir
nunca nada parecido a lo que entonces sucedió y por supuesto, para que se
considere a todo aquel que se atreva a conmemorar tal suceso, como traidor a
los principios democráticos que rigen nuestras vidas y se le castigue por ello.
La suya es, sin duda, la peor forma de terrorismo existente y no puede pasar
desapercibida para quienes dicen velar por los intereses de todos.

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