Mientras el primer Presidente de la Democracia agoniza en un
hospital de Madrid, la marcha por la dignidad llega a la capital de España y
consigue reunir a un numerosísimo colectivo de personas, dispuestas a mostrar
su indignación con las medidas de recorte aplicadas por el gobierno de Rajoy y
a hacerlo de manera absolutamente pacífica, aunque después las cosas fueran
complicándose y la jornada terminara con un saldo de más de cincuenta policía
heridos, una veintena de manifestantes detenidos y cuantiosos daños materiales.
Un amplio despliegue policial aguardaba la llegada de las “columnas”
procedentes de todo el territorio nacional, tras la larga marcha que estos
representantes de los indignados habían protagonizado durante varios días, con
consignas de no consentir ni un solo amago de disturbio, probablemente con la
intención de disuadir a los madrileños de que se unieran a los actos previstos
y tratando de no ofrecer una imagen de estallido social que pueda perturbar el
empeño del PP, en defender que estamos saliendo de la crisis, aunque los
problemas que atañen a los ciudadanos sigan siendo en el día de hoy, exactamente
los mismos.
La situación personal de una enorme cantidad de estos
manifestantes llega a ser tan desesperada, que como hemos venido anunciando
desde hace tiempo, una pequeña chispa bastaría para hacer prender la carga
altamente explosiva que guarda en sus entrañas la sociedad y probablemente, eso
es lo que pasó ayer a última hora de la noche, para que se levantara esta ola de
violencia.
No tener nada que perder, ser duramente reprimido por el mero
hecho de alzar la voz legítimamente para protestar contra las políticas del
gobierno, puede que no parezcan suficientes motivos para que la intención
pacífica degenere complicando la situación como sucedió anoche, pero la
desesperación y las carencias en las necesidades más primarias suelen ser,
indefectiblemente, malas consejeras y la inquina acumulada hacia quienes se
consideran culpables de la degeneración del modo de vida de los españoles, estaban
presagiando desde hace tiempo, un desenlace como éste.
Sin embargo, estas actitudes de violencia acaban siempre, en
un bando y en otro, devolviendo a quienes las protagonizan un resultado
diametralmente opuesto al que se buscaba en un primer momento y no hacen más
que traer descrédito a quienes en un principio pudieron haber tenido razón, manchando
a su vez a todos los participantes en los actos con un estigma que les es, por
su comportamiento ejemplar, totalmente ajeno, pero que les coloca igual que a
los fanáticos, en un plano de incomprensión difícil de superar, para ocasiones
venideras.
Que Rajoy, por obligación, debiera oír la voz de la
ciudadanía, es un hecho innegable. Que no puede seguir cerrando los ojos ante
la pésima situación que atraviesa una gran parte de la Sociedad, no puede ser más
evidente y que si no lo hace, estos sucesos de anoche podrían convertirse en
algo habitual, parece claro y debiera llevarle sin tardanza, a un
replanteamiento serio de las medidas que hubiera previsto para el futuro, si no
quiere terminar teniendo un día sí y
otro también, enfrentamientos entre las fuerzas del orden y unos ciudadanos,
que ya no pueden soportar el volumen de sacrificios que ha cargado sobre su
espalda este Presidente de gobierno.
Ahora que el Presidente Suárez se va, quizá convendría a
Rajoy seguir al menos, una pequeña parte del comportamiento ejemplar que tuvo,
en la difícil época en que le tocó lidiar con las labores de gobierno. Antes de
que los fastos de su despedida terminen por ocultar la verdadera importancia
que tuvo y los árboles no le dejen ver el bosque de lo que fue y siempre habrá
de ser un político honrado y digno.

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