miércoles, 26 de febrero de 2014

La ceguera


Puede que a Mariano Rajoy no le importe la unánime opinión que han manifestado todas las demás fuerzas políticas, contra su manera de manejar las riendas del País y puede que confiando en la seguridad que le otorga su mayoría absoluta, desoiga como viene haciendo desde su llegada al poder, todos y cada uno de los argumentos que se han puesto encima de la mesa en este debate sobre el Estado de la Nación, como si la única realidad que existiera, fuera la de color de rosa que nos ofrecen los líderes populares en todas sus intervenciones y también en la de ayer mismo.
 Puede que creyendo en su infalibilidad, probablemente influido por su ferviente catolicismo, confíe en que no existe ni un pequeño margen de error en su gestión política y hasta puede que esté viviendo un sueño fantástico, en el que sólo oye las voces aduladoras que susurran en sus oídos que es el mejor Presidente que se ha conocido en España.
Puede que condicionado por  la imposibilidad de estar en contacto directo con la calle, no haya llegado a comprender la auténtica dimensión de la angustia que atenaza a millones de españoles y puede que sea tan fuerte el convencimiento ideológico que le embarga, que no sea capaz de concebir otra vía para la humanidad y para esta España en concreto, que la que ofrecen los magnates del capitalismo.
Pero cuando se da la circunstancia de que todas las voces, provengan de la corriente que provengan, coinciden en señalar una y otra vez los mismos errores y basta con mirar alrededor para entender sin tener una privilegiada inteligencia, que las medidas que uno ha estado aplicando no han obtenido otro resultado que el de un estrepitoso fracaso, no debe ser tan difícil llegar a la conclusión de que quién se equivoca es uno mismo, sin que quede otro camino que recurrir a una urgente rectificación, si se considera como cierto, que equivocarse es de sabios.
No cabe mayor vergüenza para un político que la de tener que oír de todos y cada uno de sus adversarios, afirmaciones que ponen en duda la limpieza de su trayectoria personal y menos aún, si abierta o tácitamente, se le llega a relacionar junto con muchos otros miembros de su Partido, en los casos más graves de corrupción acaecidos en este País y que verifican las cifras de imputados del PP que todos conocemos a través de la prensa.
Y sin embargo, la mueca en la cara del Presidente que todos pudimos ver tras la celebración del Debate, ni siquiera delataba un atisbo de mínima preocupación, ni denotaba las heridas que inevitablemente tuvieron que dejar en él, los múltiples ataques personales que acababa de recibir desde el púlpito del Congreso.
 ¿Cree por tanto Mariano Rajoy que su estancia en el poder será eterna, sin que la oposición demostrada por todos los demás ni el serio desgaste sufrido en estos dos años de mandato, puedan pasar factura en las urnas a su mala gestión de la crisis?
Puede que la soberbia le impida adivinar el destino que seguramente le espera, pero el menosprecio aplicado contra sus adversarios políticos, no evitará de ningún modo que la soberana opinión de los españoles termine por colocarlo, exactamente, justo en el sitio que merece y aunque quizá no sea precisamente quién más teme, el más beneficiado de su pérdida, también la división de los votos acaba por derribar al más sólido de los líderes, colocando en su lugar, en muchos casos, a aquel al que menos atención se prestó, e incluso se ninguneó, pensando que no tenía la menor oportunidad de llegar a ser el protagonista de ninguna historia.




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