lunes, 10 de febrero de 2014

Fronteras de sangre


Las quince vidas que se han perdido en la frontera de Ceuta y la polémica que suelen generar estos saltos masivos de marroquís y subsaharianos, que cuando no se enfrentan a las terribles alambradas que ha colocado el Gobierno Rajoy, se juegan el tipo lanzándose a las aguas, muchas veces sin saber nadar, parecen haber quedado relegadas a un segundo lugar informativo por la declaración de la Infanta, aunque por la gravedad de los hechos, el relato debiera haber ocupado las primeras páginas de toda la prensa.
No se entiende qué guarda esta Europa nuestra con tanto celo, ni qué defiende con tanto ahínco, cuando niega la entrada sistemáticamente a estos hijos del hambre que provocó la explotación y después el abandono que como colonizadora ejerció sobre ellos y de los que ahora huye construyendo muros inexpugnables por los que resulta prácticamente imposible acceder a este paraíso capitalista que para nosotros ha creado y que, aun estando en crisis, puede y debe remediar en la medida de lo posible, las terribles necesidades que sufren los pueblos de África, que también son responsabilidad nuestra, aunque sólo sea por cuestiones de pura humanidad.
En lugar de prestar la ayuda que tanto se precisa, las fronteras de sangre que levantamos alrededor de nuestros preciados territorios, dejan en nuestras conciencias un reguero incesante de muerte, que nos recuerda a diario, ya sea en Lampedusa, en Ceuta o en Melilla, que hay un incontable número de personas que prefieren perder la vida, a volver a un entorno absolutamente hostil, en el que las carencias van devastando a diario su salud y su dignidad personal, sin que el primer mundo se implique en la erradicación de una miseria que está terminando con todo un Continente.
Todo es una cuestión de avaricia y de tratar de conservar una imagen ficticia de bienestar que bajo ningún concepto quiere verse manchada por la presencia de quienes nos recuerdan que nuestros comportamientos distan mucho de ser defensores de los derechos humanos y sí significativos de un tipo de xenofobia encubierta, que en principio todos negamos, pero que ejercemos diariamente con la vileza   de nuestros propios actos.
Acostumbrados a no compartir siquiera aquello que nos sobra, tener que competir por un puesto de trabajo con un extranjero u ofrecer nuestras aulas y nuestra sanidad a recién llegados de otros lugares, parece a muchos, una insoportable ignominia. Y no pensamos que precisamente esta España nuestra, ya tuvo que enfrentarse en el pasado a situaciones parecidas en  países como Suiza y Alemania y que dada la situación de paro que soportamos en este momento, a nuestros hijos, con toda probabilidad, no quedará otro remedio que volver a intentarlo. 
Las trabas que ponemos ahora, especialmente nosotros, puede que mañana sean las mismas que nos empiecen a poner en los destinos que elijamos para emigrar y que entonces nos parecerán, seguramente, una afrenta practicada contra nosotros por Naciones económicamente más fuertes, aunque en este momento contemplemos con total normalidad, que esto mismo se practique con otros, demostrando una insolidaridad inexplicable y una frialdad emocional imperdonable para nuestras conciencias.
Cada uno de esos muertos, cada una de las personas que tratan de escapar de su situación de miseria, son, en definitiva, una mancha imborrable en la historia que estamos escribiendo y si no urgimos a los gobiernos a que se encuentre pronto una solución satisfactoria a este problema de mera humanidad, nuestra complicidad con lo que ocurre en las fronteras europeas, será, a todas luces, evidente y el conflicto moral de haber estado mirando a otro lado mientras sucedían estos hechos, habrá de perseguirnos a todos para siempre.




No hay comentarios:

Publicar un comentario