Las quince vidas que se han perdido en la frontera de Ceuta y
la polémica que suelen generar estos saltos masivos de marroquís y
subsaharianos, que cuando no se enfrentan a las terribles alambradas que ha
colocado el Gobierno Rajoy, se juegan el tipo lanzándose a las aguas, muchas
veces sin saber nadar, parecen haber quedado relegadas a un segundo lugar
informativo por la declaración de la Infanta, aunque por la gravedad de los
hechos, el relato debiera haber ocupado las primeras páginas de toda la prensa.
No se entiende qué guarda esta Europa nuestra con tanto celo,
ni qué defiende con tanto ahínco, cuando niega la entrada sistemáticamente a
estos hijos del hambre que provocó la explotación y después el abandono que
como colonizadora ejerció sobre ellos y de los que ahora huye construyendo
muros inexpugnables por los que resulta prácticamente imposible acceder a este
paraíso capitalista que para nosotros ha creado y que, aun estando en crisis,
puede y debe remediar en la medida de lo posible, las terribles necesidades que
sufren los pueblos de África, que también son responsabilidad nuestra, aunque
sólo sea por cuestiones de pura humanidad.
En lugar de prestar la ayuda que tanto se precisa, las fronteras
de sangre que levantamos alrededor de nuestros preciados territorios, dejan en
nuestras conciencias un reguero incesante de muerte, que nos recuerda a diario,
ya sea en Lampedusa, en Ceuta o en Melilla, que hay un incontable número de
personas que prefieren perder la vida, a volver a un entorno absolutamente
hostil, en el que las carencias van devastando a diario su salud y su dignidad
personal, sin que el primer mundo se implique en la erradicación de una miseria
que está terminando con todo un Continente.
Todo es una cuestión de avaricia y de tratar de conservar una
imagen ficticia de bienestar que bajo ningún concepto quiere verse manchada por
la presencia de quienes nos recuerdan que nuestros comportamientos distan mucho
de ser defensores de los derechos humanos y sí significativos de un tipo de
xenofobia encubierta, que en principio todos negamos, pero que ejercemos
diariamente con la vileza de nuestros
propios actos.
Acostumbrados a no compartir siquiera aquello que nos sobra,
tener que competir por un puesto de trabajo con un extranjero u ofrecer
nuestras aulas y nuestra sanidad a recién llegados de otros lugares, parece a
muchos, una insoportable ignominia. Y no pensamos que precisamente esta España
nuestra, ya tuvo que enfrentarse en el pasado a situaciones parecidas en países como Suiza y Alemania y que dada la
situación de paro que soportamos en este momento, a nuestros hijos, con toda
probabilidad, no quedará otro remedio que volver a intentarlo.
Las trabas que ponemos ahora, especialmente nosotros, puede
que mañana sean las mismas que nos empiecen a poner en los destinos que
elijamos para emigrar y que entonces nos parecerán, seguramente, una afrenta
practicada contra nosotros por Naciones económicamente más fuertes, aunque en
este momento contemplemos con total normalidad, que esto mismo se practique con
otros, demostrando una insolidaridad inexplicable y una frialdad emocional
imperdonable para nuestras conciencias.
Cada uno de esos muertos, cada una de las personas que tratan
de escapar de su situación de miseria, son, en definitiva, una mancha
imborrable en la historia que estamos escribiendo y si no urgimos a los
gobiernos a que se encuentre pronto una solución satisfactoria a este problema
de mera humanidad, nuestra complicidad con lo que ocurre en las fronteras
europeas, será, a todas luces, evidente y el conflicto moral de haber estado
mirando a otro lado mientras sucedían estos hechos, habrá de perseguirnos a
todos para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario