Una vez más, la Iglesia Católica irrumpe en el panorama
político español, no ya para expresar una opinión lícita sobre un tema de
actualidad, sino para amenazar a sus fieles con el peor castigo que puede
aplicarse sobre quienes siguen su doctrina y que no es otro, que la de ser
excomulgado si desoyendo las órdenes de su pastor, aún sin tener en cuenta las
circunstancias personales, participen de algún modo, en una práctica de aborto.
El dilema moral en que se coloca a las mujeres católicas que
por las razones que fueren decidieran interrumpir un embarazo no deseado, en
estricta aplicación de su libertad de elección, pasa porque habrían de plantearse que serían inmediatamente
expulsadas de su Iglesia y despojadas abruptamente de la religión que eligieron
como suya, además de todos los traumas que ya reporta tomar una medida como
ésta.
Las continuas
injerencias en los asuntos de Estado que viene practicando la curia española
dependiente del Vaticano , muchas veces invadiendo terrenos que escapan de la
estricta labor pastoral que debe caracterizar a una Iglesia, parecen
recrudecerse precisamente, cuando los temas que se tratan inciden sobre
situaciones que ocurren en un plano de intimidad y que debieran dirimirse
exclusivamente en ese ámbito, sin convertirse en objeto de juicio, ni para los
políticos, ni para los curas, que en nada conocen los motivos que mueven a cada
cuál para tomar un cierto camino de sexualidad, o a decidir sobre el momento en
que llegar a la maternidad, de un modo libre y consciente.
Como si la Edad Media no estuviera tan lejos como todos
pensamos y la intolerancia inquisitorial que se practicaba en aquel tiempo
siguiera presente entre todos nosotros, la voz huraña de la Iglesia y el dedo
levantado de sus pastores , continúan avasallando a los feligreses desde los
púlpitos, poniéndoles en claro que el Castigo Divino no es cosa del pasado y
recordándoles que todo aquel, en este caso aquella, que se aparte del redil señalado,
será apartado de la Comunidad, con saña y para siempre.
Y esta actitud
incomprensible, si tenemos en cuenta que España es constitucionalmente, un
Estado laico, es tolerada y aplaudida por los conservadores que nos gobiernan,
quizá porque coincide en el fondo y la forma, con los planteamientos esgrimidos
desde que se asentaron en el poder, con la intención más que probable, de no
abandonarlo nunca.
La soberbia y la inmisericordia, comunes a católicos y
populares, cercenan sin embargo, la libertad de elección que cualquier
ciudadano tiene, cuando se vive en Democracia y hacen del terror al castigo, un
argumento continuamente utilizado para conseguir los fines previstos por unos y
por otros y que serían esencialmente, poder conseguir una sumisión plena de los
ciudadanos ante sus órdenes, sin dar derecho a réplica a los que sufrimos su
tiránica forma de gobernar o la involución constante de la doctrina inamovible
que se sigue en su Iglesia.
Y no basta con que las Leyes previstas hagan prácticamente
imposible abortar en España, sino que además, el fantasma de la anacrónica
excomunión perseguiría a la gente a través de las fronteras y salpicaría además
a médicos, enfermeras, personal sanitario que intervinieran en el aborto y a
todos aquellos que conociendo la intención de quien lo hiciere, le prestara
algún tipo de apoyo o comprensión, aunque fuera simplemente, por una cuestión
de caridad.
De locos.

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