Como si la guerra fría aún tuviera vigencia y los dos grandes
bloques capitalista y comunista permanecieran, cada cual, anclados en sus
posiciones más radicales, el estallido social sobrevenido en Ucrania en los
últimos días, ha vuelto a colocar en el mapa a esta República ex soviética y
dividiendo a sus habitantes en partidarios u opositores de las políticas de su
gobierno, con el trasfondo amargo de miseria que también hasta allí han llevado
la crisis y la corrupción, como a otros
lugares de Europa.
Siendo ya la violencia incontrolable y habiendo producido un
número indeterminado de muertos, la presión popular y la deserción en masa de
una gran parte del ejército han dado como resultado la huída y posterior
detención del Presidente Yanukovich y la liberación de la lideresa Timoshenko,
que se había convertido en la única esperanza para una parte de la población.
Veníamos avisando hace tiempo que no tener nada que perder
puede mover a las masas a tomar decisiones que probablemente en tiempos de
bonanza, resultarían para ellas del todo inaceptables y que cuando una línea
política tensa tanto la cuerda, que los que están al otro lado empiezan a
sufrir síntomas de ahogamiento, puede ocurrir cualquier cosa, sobre todo si el
contexto cercano ofrece una imagen, muchas veces falsa, de perfecta estabilidad
y la información que acaba llegando a través de una publicidad engañosa, sólo augura un sinfín de beneficios
para los que forman parte de un determinado grupo, como podría ser el caso de
la Unión Europea, obviando la cara oculta de otra realidad, que en este caso
únicamente conocen en carne propia, aquellos grupos sociales que la padecen.
Concretamente en Ucrania, a la que nadie niega estar
soportando una situación probablemente insostenible, haber permanecido quizá
demasiado tiempo bajo la influencia soviética, le ha reportado un deseo de
cambio del todo natural, pero que seguramente se poya en unas determinadas
perspectivas, que podrían no ser todo lo halagüeñas que los ucranianos esperan
o incluso llegar a colocar a su país, si finalmente se produce su ingreso en la
Unión, en escenarios parecidos a los que padecen en la actualidad, Grecia,
Portugal, Irlanda o la misma España.
Quizá por eso y porque la rebelión se ha visto fuertemente
apoyada por grupos de extrema derecha, la incógnita que abre lo que puede
suceder a partir de ahora en Ucrania, se nos antoja, cuando menos, imposible de
predecir y ciertamente inquietante, si en el futuro la supuesta dictadura que
abandonan, se transformara en otra de signo diametralmente opuesto, pero como
todas ellas en general, igualmente nefasta para los ciudadanos de a pie, como
suele suceder en todos aquellos lugares donde se asientan ambas.
De la dirección que vayan tomando los acontecimientos y de la
madurez que pueda demostrar el pueblo ucraniano en las próximas fechas
dependerá en gran parte, el discurrir de su futuro.
Dejarse llevar por las vanas palabras de iluminados salvadores, dispuestos a prometer la
transformación de un erial en un paraíso, suele acarrear, tras un primer
periodo de enajenación colectiva, producida por las mieles de lo que se
considera un triunfo, una gran decepción, sobre todo si el prometido reparto de
la riqueza, termina beneficiando sólo a la élite del poder y a una serie de
monopolios que con toda seguridad, estarán deseosos de establecerse, en nuevos
territorios que incrementen los horizontes de sus ganancias.
Deseamos al pueblo ucraniano, sensatez para madurar antes de
lanzarse al vacío y la cordura necesaria para no dejarse embaucar por el
espejismo que ofrecen determinados centros de poder, ávidos por ampliar la
circunscripciones que abarcan sus agresivas políticas neocapitalistas, cuyo
único deseo resulta ser, al fin y a la postre, el de conseguir que nadie escape
a su control y que todos quedemos atrapados bajo el mando tiránico que su forma
de protección nos ofrece.

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