domingo, 23 de febrero de 2014

La incógnita ucraniana


Como si la guerra fría aún tuviera vigencia y los dos grandes bloques capitalista y comunista permanecieran, cada cual, anclados en sus posiciones más radicales, el estallido social sobrevenido en Ucrania en los últimos días, ha vuelto a colocar en el mapa a esta República ex soviética y dividiendo a sus habitantes en partidarios u opositores de las políticas de su gobierno, con el trasfondo amargo de miseria que también hasta allí han llevado la crisis  y la corrupción, como a otros lugares de Europa.
Siendo ya la violencia incontrolable y habiendo producido un número indeterminado de muertos, la presión popular y la deserción en masa de una gran parte del ejército han dado como resultado la huída y posterior detención del Presidente Yanukovich y la liberación de la lideresa Timoshenko, que se había convertido en la única esperanza para una parte de la población.
Veníamos avisando hace tiempo que no tener nada que perder puede mover a las masas a tomar decisiones que probablemente en tiempos de bonanza, resultarían para ellas del todo inaceptables y que cuando una línea política tensa tanto la cuerda, que los que están al otro lado empiezan a sufrir síntomas de ahogamiento, puede ocurrir cualquier cosa, sobre todo si el contexto cercano ofrece una imagen, muchas veces falsa, de perfecta estabilidad y la información que acaba llegando a través de una publicidad  engañosa, sólo augura un sinfín de beneficios para los que forman parte de un determinado grupo, como podría ser el caso de la Unión Europea, obviando la cara oculta de otra realidad, que en este caso únicamente conocen en carne propia, aquellos grupos sociales que la padecen.
Concretamente en Ucrania, a la que nadie niega estar soportando una situación probablemente insostenible, haber permanecido quizá demasiado tiempo bajo la influencia soviética, le ha reportado un deseo de cambio del todo natural, pero que seguramente se poya en unas determinadas perspectivas, que podrían no ser todo lo halagüeñas que los ucranianos esperan o incluso llegar a colocar a su país, si finalmente se produce su ingreso en la Unión, en escenarios parecidos a los que padecen en la actualidad, Grecia, Portugal, Irlanda o la misma España.
Quizá por eso y porque la rebelión se ha visto fuertemente apoyada por grupos de extrema derecha, la incógnita que abre lo que puede suceder a partir de ahora en Ucrania, se nos antoja, cuando menos, imposible de predecir y ciertamente inquietante, si en el futuro la supuesta dictadura que abandonan, se transformara en otra de signo diametralmente opuesto, pero como todas ellas en general, igualmente nefasta para los ciudadanos de a pie, como suele suceder en todos aquellos lugares donde se asientan ambas.
De la dirección que vayan tomando los acontecimientos y de la madurez que pueda demostrar el pueblo ucraniano en las próximas fechas dependerá en gran parte, el discurrir de su futuro.
Dejarse llevar por las vanas palabras de iluminados  salvadores, dispuestos a prometer la transformación de un erial en un paraíso, suele acarrear, tras un primer periodo de enajenación colectiva, producida por las mieles de lo que se considera un triunfo, una gran decepción, sobre todo si el prometido reparto de la riqueza, termina beneficiando sólo a la élite del poder y a una serie de monopolios que con toda seguridad, estarán deseosos de establecerse, en nuevos territorios que incrementen los horizontes de sus ganancias.
Deseamos al pueblo ucraniano, sensatez para madurar antes de lanzarse al vacío y la cordura necesaria para no dejarse embaucar por el espejismo que ofrecen determinados centros de poder, ávidos por ampliar la circunscripciones que abarcan sus agresivas políticas neocapitalistas, cuyo único deseo resulta ser, al fin y a la postre, el de conseguir que nadie escape a su control y que todos quedemos atrapados bajo el mando tiránico que su forma de protección nos ofrece.



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