martes, 25 de febrero de 2014

El mal estado de la Nación


Un Rubalcaba que recordó al Alfonso Guerra de otros tiempos, trituró ayer las tesis de Mariano Rajoy durante el debate del Estado de la Nación, con la contundencia de un discurso que podría asumir la totalidad de los españoles y que de no ser por el mal recuerdo que todos tenemos de la última etapa de Zapatero, bien podría volver a encumbrar al PSOE hasta el poder, con la contundencia que en tiempos de Felipe González le otorgó la fuerza  de los votos.
Como una apisonadora pasó Rubalcaba  sobre el triunfalismo que Rajoy había intentado transmitir durante su intervención en el Parlamento, restando importancia, incluso, a las medidas fiscales que con afán electoralista anunció el Presidente allí mismo, con carácter de urgencia, mientras fue enumerando, una a una, la infinidad de recortes que se habían aprobado en los dos años de Gobierno de los populares y que han llevado a los ciudadanos a una desesperación que en nada casa, con las “magníficas” perspectivas que oficialmente se auguran para nuestro futuro.
El discurso no pudo ser más realista y no ahorró el líder socialista dramatismo en cada una de sus bien estudiadas palabras, llegando incluso a superar en radicalidad a otros grupos de la izquierda y volviendo a traer a la memoria de los españoles la emoción que en otros tiempos, conseguía mantenerlos pegados a la pantalla del televisor, cuando se celebraban sesiones en el Parlamento.
No hubo lugar a tregua para un Presidente de Gobierno que sorprendido por lo inusual de la situación, no supo responder al reto del veterano que tenía enfrente y que, para desgracia propia, fue vapuleado sin piedad por la fuerza de los argumentos, quedando en evidencia que todas las presunciones que pretendía establecer, nada tenían que ver con la realidad cotidiana que tan bien conocemos los españoles y que debemos agradecer, en su totalidad, a la pésima gestión que los populares han hecho, desde que aterrizaron en la Moncloa, en Noviembre de 2011.
Puede que el tiempo de Alfredo Pérez Rubalcaba haya pasado y que esté pensando seriamente en retirarse de la política, pero de ser así, su marcha no será desde luego por la puerta de atrás, sino avalada por la importancia de este mensaje desgarrador, que prueba que incluso un cadáver político puede, si se lo propone, resurgir un momento de sus propias cenizas, para protagonizar una intervención histórica en un Hemiciclo, absolutamente deteriorado por la inconsistencia de los discursos que allí se han venido vertiendo en los últimos tiempos.
Sin caer en la tentación de ofrecer el voto al PSOE en los próximos comicios europeos, valió la pena ayer escuchar lo que Rubalcaba decía, aunque no fuera más que por saber que los reiterativos argumentos electoralistas de los populares, pueden ser aplastados, con el simple ejercicio de recurrir a la verdad, asumiendo el discurso que desde la calle transmite la sociedad todos los días, con la esperanza de que, como ayer, algún político  lo haga suyo en el Parlamento.
Así que siendo justos, no queda más remedio que agradecer a Rubalcaba que se atreviera a expresar desde la tribuna parlamentaria, todo lo que otros llevamos diciendo y escribiendo desde hace años, desde otras posiciones menos relevantes, pero cargados de la misma razón y con el mismo derecho a ejercer la protesta que pueda asistir a los parlamentarios que, al fin y al cabo, todos elegimos.


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