Un Rubalcaba que recordó al Alfonso Guerra de otros tiempos,
trituró ayer las tesis de Mariano Rajoy durante el debate del Estado de la
Nación, con la contundencia de un discurso que podría asumir la totalidad de
los españoles y que de no ser por el mal recuerdo que todos tenemos de la
última etapa de Zapatero, bien podría volver a encumbrar al PSOE hasta el
poder, con la contundencia que en tiempos de Felipe González le otorgó la fuerza
de los votos.
Como una apisonadora pasó Rubalcaba sobre el triunfalismo que Rajoy había
intentado transmitir durante su intervención en el Parlamento, restando
importancia, incluso, a las medidas fiscales que con afán electoralista anunció
el Presidente allí mismo, con carácter de urgencia, mientras fue enumerando,
una a una, la infinidad de recortes que se habían aprobado en los dos años de
Gobierno de los populares y que han llevado a los ciudadanos a una
desesperación que en nada casa, con las “magníficas” perspectivas que
oficialmente se auguran para nuestro futuro.
El discurso no pudo ser más realista y no ahorró el líder socialista
dramatismo en cada una de sus bien estudiadas palabras, llegando incluso a
superar en radicalidad a otros grupos de la izquierda y volviendo a traer a la
memoria de los españoles la emoción que en otros tiempos, conseguía mantenerlos
pegados a la pantalla del televisor, cuando se celebraban sesiones en el
Parlamento.
No hubo lugar a tregua para un Presidente de Gobierno que
sorprendido por lo inusual de la situación, no supo responder al reto del
veterano que tenía enfrente y que, para desgracia propia, fue vapuleado sin
piedad por la fuerza de los argumentos, quedando en evidencia que todas las
presunciones que pretendía establecer, nada tenían que ver con la realidad
cotidiana que tan bien conocemos los españoles y que debemos agradecer, en su
totalidad, a la pésima gestión que los populares han hecho, desde que
aterrizaron en la Moncloa, en Noviembre de 2011.
Puede que el tiempo de Alfredo Pérez Rubalcaba haya pasado y
que esté pensando seriamente en retirarse de la política, pero de ser así, su
marcha no será desde luego por la puerta de atrás, sino avalada por la
importancia de este mensaje desgarrador, que prueba que incluso un cadáver político
puede, si se lo propone, resurgir un momento de sus propias cenizas, para
protagonizar una intervención histórica en un Hemiciclo, absolutamente
deteriorado por la inconsistencia de los discursos que allí se han venido
vertiendo en los últimos tiempos.
Sin caer en la tentación de ofrecer el voto al PSOE en los
próximos comicios europeos, valió la pena ayer escuchar lo que Rubalcaba decía,
aunque no fuera más que por saber que los reiterativos argumentos
electoralistas de los populares, pueden ser aplastados, con el simple ejercicio
de recurrir a la verdad, asumiendo el discurso que desde la calle transmite la
sociedad todos los días, con la esperanza de que, como ayer, algún político lo haga suyo en el Parlamento.
Así que siendo justos, no queda más remedio que agradecer a
Rubalcaba que se atreviera a expresar desde la tribuna parlamentaria, todo lo
que otros llevamos diciendo y escribiendo desde hace años, desde otras
posiciones menos relevantes, pero cargados de la misma razón y con el mismo
derecho a ejercer la protesta que pueda asistir a los parlamentarios que, al
fin y al cabo, todos elegimos.

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