lunes, 24 de febrero de 2014

Cómo manipular a una audiencia


Durante casi una hora, el genial Jordi Évole mantuvo a los españoles pegados al televisor, construyendo una curiosa teoría sobre el golpe de Estado de Febrero de 1981, que mientras duró, consiguió echar por tierra las infinitas informaciones que sobre este tema se habían publicado hasta ahora e incluso logró ir provocando en la audiencia un encrespamiento creciente, que sólo se sofocó cuando al final de la emisión, se aclaró que todo había sido un engaño.
La participación en el programa de líderes políticos de todo signo, periodistas e historiadores de primer orden y la de un José Luís Garcí entregado a su papel de colaborador en la preparación de un falso golpe de Estado, confirieron a la ficción unos tintes de credibilidad, que al final dejaron la sensación de que resulta sumamente fácil elaborar una teoría conspirativa y hacerla absolutamente creíble para unos espectadores, proclives a caer de bruces en cualquier manipulación, si se  fabrica con suficiente seriedad, como para que nadie pueda dudar de su veracidad, aunque resulte ser del todo incierta.
Quizá los televidentes de mayor edad, que vivimos en primera persona el curso de los acontecimientos históricos que se dieron previamente al golpe de Tejero, adivinamos enseguida que el programa tenía más que ver con La guerra de los Mundos de Orson Wells, que con una realidad oculta hasta ahora, sobre todo porque conociendo el talante de los españoles, resulta prácticamente imposible creer que sabiendo tanta gente lo que se nos estaba narrando, nadie hubiera tenido durante más de treinta años, la tentación de enriquecerse con un relato de tamaño interés, sobre todo teniendo en cuenta el amor al dinero que han demostrado tener los políticos, a juzgar por los casos de corrupción que hemos ido sufriendo y que no cesan de aparecer a diario, en la prensa.
También podía dar una pista sobre que todo era ficción, el hecho de que viviendo aún líderes de la categoría de Felipe González, Alfonso Guerra y otros muchos que formaron parte de aquel Parlamento, ninguno de ellos apareciera en pantalla apoyando la teoría que se estaba exponiendo y todo recayera en políticos de importancia menor, como es el caso de Alcalá o Vestringe, en relación con los primeros.
Pero los más jóvenes, que no vivieron el momento y cuya visión de los políticos no puede ser otra que la de considerarlos  embaucadores profesionales, por lo que ahora están conociendo, seguramente cayeron del todo en la trampa y creyeron, a pies juntillas, lo que el periodista estaba poniendo en pie durante el programa y que podría haber sido, bien mirado, totalmente cierto.
Puede que a mucha gente le haya molestado esta especie de broma macabra, construida alrededor de un tema tan serio, pero todo cobra un sentido distinto si, como al final del programa se explica y treinta y tres años después de que sucedieran los hechos, todavía los investigadores se ven ante la imposibilidad real de avanzar en el conocimiento de lo que pasó en realidad, puesto que se les impide acceder a documentos e informaciones que se guardan celosamente, sin que se sepa la verdadera causa de este inexplicable silencio.
Sin que aún sepamos por ejemplo, la importancia que tuvieron entonces los que desde la vida civil apoyaron de mil maneras la preparación y ejecución del golpe y ni siquiera todos los nombres de los mismos, cada nuevo aniversario de aquel 23-F, se vuelven a repetir los mismos programas en las mismas cadenas, sin que ninguno de ellos aporte nada nuevo que resulte importante para el esclarecimiento de lo ocurrido, a que los españoles tenemos derecho.
Nadie puede negar pues, a Évole, la genialidad de atreverse a jugar el partido en un campo distinto, ni la osadía de demostrarnos a todos que si alguien quiere y dispone de los medios a su alcance, se puede escribir una historia absolutamente distinta a la que sucede en realidad y convencer a las mayorías de que lo que se está contando es cierto.
Aunque eso ya lo intuimos los españoles cada vez que oímos y vemos al Gobierno Rajoy en sus apariciones televisivas y luego miramos comparando, la realidad que padecemos los ciudadanos, comprendiendo inmediatamente, que es otra bien distinta.


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