Durante casi una hora, el genial Jordi Évole mantuvo a los
españoles pegados al televisor, construyendo una curiosa teoría sobre el golpe
de Estado de Febrero de 1981, que mientras duró, consiguió echar por tierra las
infinitas informaciones que sobre este tema se habían publicado hasta ahora e
incluso logró ir provocando en la audiencia un encrespamiento creciente, que
sólo se sofocó cuando al final de la emisión, se aclaró que todo había sido un
engaño.
La participación en el programa de líderes políticos de todo
signo, periodistas e historiadores de primer orden y la de un José Luís Garcí
entregado a su papel de colaborador en la preparación de un falso golpe de
Estado, confirieron a la ficción unos tintes de credibilidad, que al final
dejaron la sensación de que resulta sumamente fácil elaborar una teoría
conspirativa y hacerla absolutamente creíble para unos espectadores, proclives
a caer de bruces en cualquier manipulación, si se fabrica con suficiente seriedad, como para
que nadie pueda dudar de su veracidad, aunque resulte ser del todo incierta.
Quizá los televidentes de mayor edad, que vivimos en primera
persona el curso de los acontecimientos históricos que se dieron previamente al
golpe de Tejero, adivinamos enseguida que el programa tenía más que ver con La
guerra de los Mundos de Orson Wells, que con una realidad oculta hasta ahora,
sobre todo porque conociendo el talante de los españoles, resulta prácticamente
imposible creer que sabiendo tanta gente lo que se nos estaba narrando, nadie
hubiera tenido durante más de treinta años, la tentación de enriquecerse con un
relato de tamaño interés, sobre todo teniendo en cuenta el amor al dinero que
han demostrado tener los políticos, a juzgar por los casos de corrupción que
hemos ido sufriendo y que no cesan de aparecer a diario, en la prensa.
También podía dar una pista sobre que todo era ficción, el
hecho de que viviendo aún líderes de la categoría de Felipe González, Alfonso
Guerra y otros muchos que formaron parte de aquel Parlamento, ninguno de ellos
apareciera en pantalla apoyando la teoría que se estaba exponiendo y todo
recayera en políticos de importancia menor, como es el caso de Alcalá o
Vestringe, en relación con los primeros.
Pero los más jóvenes, que no vivieron el momento y cuya
visión de los políticos no puede ser otra que la de considerarlos embaucadores profesionales, por lo que ahora
están conociendo, seguramente cayeron del todo en la trampa y creyeron, a pies
juntillas, lo que el periodista estaba poniendo en pie durante el programa y
que podría haber sido, bien mirado, totalmente cierto.
Puede que a mucha gente le haya molestado esta especie de
broma macabra, construida alrededor de un tema tan serio, pero todo cobra un
sentido distinto si, como al final del programa se explica y treinta y tres
años después de que sucedieran los hechos, todavía los investigadores se ven
ante la imposibilidad real de avanzar en el conocimiento de lo que pasó en
realidad, puesto que se les impide acceder a documentos e informaciones que se
guardan celosamente, sin que se sepa la verdadera causa de este inexplicable
silencio.
Sin que aún sepamos por ejemplo, la importancia que tuvieron
entonces los que desde la vida civil apoyaron de mil maneras la preparación y
ejecución del golpe y ni siquiera todos los nombres de los mismos, cada nuevo
aniversario de aquel 23-F, se vuelven a repetir los mismos programas en las
mismas cadenas, sin que ninguno de ellos aporte nada nuevo que resulte
importante para el esclarecimiento de lo ocurrido, a que los españoles tenemos
derecho.
Nadie puede negar pues, a Évole, la genialidad de atreverse a
jugar el partido en un campo distinto, ni la osadía de demostrarnos a todos que
si alguien quiere y dispone de los medios a su alcance, se puede escribir una
historia absolutamente distinta a la que sucede en realidad y convencer a las
mayorías de que lo que se está contando es cierto.
Aunque eso ya lo intuimos los españoles cada vez que oímos y
vemos al Gobierno Rajoy en sus apariciones televisivas y luego miramos
comparando, la realidad que padecemos los ciudadanos, comprendiendo
inmediatamente, que es otra bien distinta.

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