El cese fulminante del Director de El Mundo, un periódico que
durante años ha mantenido una línea cercana al ideario de la derecha y que en
el caso particular de Pedro J. Ramírez, ha sido muchas veces criticado por
apoyar teorías de conspiración indefendibles, como en el caso de la autoría del
11M, acaba de demostrar sin ningún tipo de tapujos que la libertad de prensa no
existe realmente en este País y que el PP no perdona, ni perdonará jamás una
salida de tono de ninguno de sus allegados, llámese cómo se llame y tenga el
poder que tenga.
La publicación de la entrevista con Bárcenas y la defensa en todos los medios del cobro de
sobresueldos, por parte de los dirigentes del PP, han sido sin duda el
detonante que le ha costado el puesto al periodista, en un intento clarísimo de
cercenar de raíz cualquier posibilidad de que siguiera publicando la supuesta
información sobre el caso que probablemente le queda y que en nada ayuda, sobre
todo cuando estamos a punto de entrar en periodo electoral, a los afanes de
continuidad en el poder que alberga el Partido conservador y en concreto el
Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sobre quién recaen toda clase de
sospechas de corrupción, según la versión aún incompleta, del ex tesorero.
Qué guarda Pedro J. en la manga, probablemente pronto lo
sabremos, seguramente a través de cualquier otro medio interesado en publicar
la información de primera mano y porque conociendo la trayectoria del
protagonista del cese, no nos cabe la menor duda de que hará uso del
resentimiento que ciertamente ha de provocarle su despido, aunque sólo sea por
una cuestión personal y por tener la satisfacción de devolver el golpe recibido
a quien nunca fue, la verdad, el candidato perfecto para dirigir el PP, según
se ha demostrado muchas veces en las editoriales publicadas, más cercanas a las
posiciones de Aznar y Esperanza Aguirre.
Pero las guerras internas entre simpatizantes y militantes
del PP, sinceramente no nos interesan y sí, y mucho, el hecho de que se pueda
destituir desde el poder a los directores de los periódicos, en cuanto la
opinión expresada por éstos se opone a la línea de gobierno de determinada
formación, intentando de este modo censurar el trabajo de los profesionales, de
una forma aún peor de la que se daba cuando, en la época franquista se cerraba
por orden gubernamental un medio, porque ahora, se supone, que vivimos en
Democracia.
Mal vamos si se consienten estas prácticas y nadie alza la
voz para denunciar estas mordazas, directamente aplicadas sobre las bocas de
los informadores y mal futuro nos aguarda, si este tipo de experiencias se
convierten en algo habitual y que sesga considerablemente el tipo de
información que los ciudadanos finalmente recibiremos y el derecho que nos
asiste a conocer la verdad, sea cual fuere, e implique a quién implique.
Algunas publicaciones, incluso, se atreven a sugerir una
intervención de la casa Real en el cese, que unida a la desazón provocada en
las altas esferas del PP, podrían haber acelerado la salida del periodista, que
con toda seguridad, también había conseguido molestar al Rey, con su postura a
cerca de la imputación de la Infanta.
La gravedad extrema de que estos hechos puedan producirse en
momentos como el que vivimos, no deja de ser indicativa de qué tipo de sociedad
gusta al gobierno de Rajoy y pone en claro hasta dónde sería capaz de llegar
para conseguir “domesticarnos”, mientras detente el poder.
Por ello y aunque Padro J. Ramírez nunca fue santo de nuestra devoción, no queda
otro remedio que comprometerse ahora en su defensa, más que por ser quién es,
por pertenecer a dónde pertenece.
Si se consigue acallar la voz de los informadores, los
principios democráticos que deben regir a cualquier País libre, acabarán por
ser inexistentes, acercando el modelo español a una especie de República
bananera, en la que la única opinión válida, es la de quienes siguen como
borregos los dictados del poder y como ya vivimos durante cuarenta años en una
situación como ésta, no podemos sino negarnos a volver a esa oscuridad, incluso
si quién pretende traérnosla, ha sido, como en el caso de Rajoy, elegido en las
urnas.

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