Probablemente sin entender del todo el peligro que
representa, Suiza coquetea con los planteamientos de la extrema derecha y vota
para restringir la entrada de extranjeros en su territorio, a pesar de que su
tasa de paro no pasa del tres por ciento y no existe una competencia real que
justifique de ninguna manera la defensa a ultranza de los nativos contra los
que llegan de fuera, cuando se trata de obtener un puesto de trabajo.
Este País, que se había tenido desde siempre por uno de los
más civilizados de Europa y que en los años sesenta y setenta contó con mano de
obra llegada de todas partes, incluidos los miles de españoles que se
desplazaron hasta allí buscando una mejora sustancial en su modo de vida, cruza
ahora una línea de riesgo que pone en peligro la libre circulación de personas
que tanto ha defendido la Unión Europea, colocándose en una postura ideológica
incomprensible para todos aquellos que aman la Democracia y de cuya ilustrativa
experiencia tanto pudimos aprender tras el paso de los nazis por Alemania.
Ya sabemos que Suiza nunca ha formado parte de la Unión, pero
que ha sido considerada por todos como un vecino respetable y respetuoso, con
el que se podía convivir, sin esperar ningún tipo de sobresaltos que pudieran
representar una ruptura radical con las reglas establecidas y aceptadas por
todos como buenas y a pesar de que históricamente es de todos conocido, que una
gran parte de la riqueza de esta Nación procede de la laxitud demostrada por su
poderosa Banca, al recibir de buen grado grandes capitales de dudosa
procedencia, ninguno de los miembros de la Unión ha considerado siquiera la
posibilidad de incluirla en la extensa lista de Paraísos fiscales conocidos,
probablemente como pago a la educación exquisita con que se ha tratado desde
allí, la concordia.
Pero es absolutamente inmoral que mientras se recibe con los
brazos abiertos a todos aquellos extranjeros de traje y corbata que pisan
territorio suizo portando un maletín, cuyo contenido es inmediatamente
ingresado en cualquiera de las sedes bancarias que salpican lo largo y ancho de
su geografía, sin demostrar demasiado interés por la identidad de los clientes,
ni por la procedencia del dinero que aportan, se cierren a cal y canto las
fronteras impidiendo el paso a quienes únicamente aspiran a mejorar sus
condiciones vitales, en muchos casos empujados por las circunstancias políticas
de sus países y aún siendo portadores de un extenso bagaje cultura y una
formación exquisita, con la que enriquecer cualquier lugar en el que decidieran
establecerse.
Para que quede claro, Suiza
no estará dispuesta de ninguna manera,
a admitir en su territorio a los emigrantes pobres, aunque nada se dice
en esta ley de próxima aplicación, sobre todos aquellos que avalados por una
posición económica de altísimo nivel, procuraran lo mismo y a los que sin duda
alguna, estarán encantados de recibir, sobre todo si están dispuestos a abrir
jugosas cuentas, bajo secreto sumarísimo, en su Banca.
Luego entonces, la xenofobia que ha crecido entre su gente,
nada tiene que ver con el color de la piel y ni siquiera con los postulados que
tradicionalmente ha defendido la extrema derecha, que ahora los ha convencido
para obtener su voto y mucho con el poder adquisitivo que puedan demostrar
quienes llamen a su puerta, procedan de donde procedan, vistan como vistan y
profesen la religión o las ideas políticas que profesen.
La respuesta de la Unión Europea debiera ser, nos parece,
inmediata, si se quiere evitar que el
ejemplo pueda contagiarse y afectar en breve a alguno de sus muchos socios,
creando de nuevo, un caldo de cultivo propicio para la exclusión de
determinados ciudadanos, como ya ocurrió desgraciadamente el siglo pasado y
cuyas terribles consecuencias, todos conocemos.
Tal vez, se podría presionar exigiendo un listado completo de
la cartera de clientes en los bancos suizos, cumpliendo a la vez el objetivo de
esclarecer un número indeterminado pero seguramente alto, de casos de
corrupción, que podrían afectar a todos y cada uno de los socios de la Unión,
abriendo la posibilidad de recuperar una gran parte de capitales obtenidos de
la evasión de impuestos.
Hurtar a los ciudadanos el derecho a la libre circulación,
aún cuando afecte a uno solo de los
países europeos, constituye un grave atentado a leyes que todos creíamos, para
siempre, aceptadas y abre una incertidumbre de cara al futuro, imposible de
negociar, sino se quiere caer directamente, en brazos de una nueva forma de
fascismo.

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