La comparecencia de Cristina de Borbón ante el Juez Castro,
en calidad de imputada en el caso Noos, a pesar de representar un hecho
insólito en la Historia de España, debe considerarse como algo natural, si se
tienen en cuenta las vicisitudes que rodean este desagradable asunto y se
contemplan las múltiples sospechas que indican una participación activa en los
negocios que compartía, al cincuenta por ciento, con Urdangarín y la
interminable lista de facturas que pagó con dinero procedente de los pingues
beneficios que reportaban estas Empresas.
A pesar de protagonizar ante la opinión pública una aparición
milimétricamente preparada, no solo
gestualmente, sino también en el modo de responder a las preguntas y si me
apuran, hasta en la austera forma de vestir, las casi siete horas que la
Infanta permaneció en los juzgados de Palma y el interrogatorio a que fue
sometida por Castro y también por el fiscal y las acusaciones particulares, ni
arrojaron ninguna luz sobre sus actividades en el caso que nos ocupa, ni sirvió
más que para intentar desesperadamente inculpar exclusivamente a Urdangarín de
cuánto ha sucedido desde que fundara las empresas junto a su socio Diego
Torres, hasta que sus auténticas actividades fueran descubiertas, demostrando
que el ánimo de lucro resultaba evidente
y que con la evasión del capital obtenido de la rentabilidad de los negocios,
había evitado pasar por la caja registradora de Hacienda, aportando a los
Duques de Palma una fortuna personal incomprensible, en relación con los
ingresos que se les conocían y que sí tributaban a las arcas del Estado.
La estrategia elegida por el Gabinete de Roca como defensa,
coincide peligrosamente por la utilizada por otras mujeres, en otros casos de
corrupción anteriores y pasa por pretender convencer al Juez de que todo se
hizo por amor, sin preguntas y confiando ciegamente en la integridad personal
de un marido que como después se ha comprobado, no tenía ningún escrúpulo en
aprovechar su pertenencia a la familia real, para obtener una fortuna que
permitiera a sí mismo y a su confiadísima esposa, vivir una existencia de lujos
extremos y moverse a lo largo y ancho del mundo sin reparar en el costo de sus
actos, todos ellos ligados para siempre, a las cuentas del caso Noos.
También como otras veces, nada ha importado a los abogados
defensores poner en tela de juicio el nivel de inteligencia de su cliente, si
la estupidez es la llave capaz de abrir las puertas de los calabozos, ni
insistir en proclamar una especie de estado de amnesia, a causa del cual no se
recuerdan ninguno de los actos protagonizados durante el periodo del que se
habla, como si después de haber empleado auténticos capitales en divertimentos
de todo tipo, una ola de olvido hubiera invadido sin remisión la mente de
Cristina, a quién se convierte con este tipo de estrategia, en un ser anodino y
sin voluntad, a quien su esposo manejaba y utilizaba para sus fines, sin ningún
tipo de piedad ni cariño.
Toda la fidelidad que demostraba la infanta era, según
consta, inversamente correspondida por Urdangarín, que tras la declaración del
Sábado, se convierte en un monstruo sin miramientos, capaz de implicar
despiadadamente a su mujer en un escandaloso caso de corrupción, con el
agravante además de hacer uso de su apellido familiar, como elemento de presión
para conseguir su enriquecimiento.
Pues bien, incluso en el hipotético caso de que fuera verdad
lo que arguye Cristina, la lealtad también tiene un límite y si queda probada
la dolosa utilización de que ha sido objeto esta mujer por parte de su pareja,
lo incomprensible ahora, es que siga permaneciendo a su lado, conviviendo con
él en aparente buena armonía y consintiendo en ver cómo se desmorona no sólo su
imagen personal, sino también la de la Institución monárquica en pleno, sin
mover un dedo para remediarlo.
Por tanto, la versión no nos cuadra. O consintió en los
hechos y compartió las responsabilidades empresariales investigadas, o la
traición de que fue objeto, merece otra contundencia en su respuesta.
Hace tiempo que la esposa perfecta no pasa por asumir un
papel de sumisión absoluta, ni se conforma con vivir en una especie de limbo,
al margen de las actividades profesionales de su cónyuge y sin otro objetivo
vital que el disfrute de lo que llega a sus manos, sin preguntar su
procedencia.
Así que las respuestas de Cristina, aunque no ha trascendido
el contenido íntegro de los interrogatorios, con toda probabilidad, no habrán
convencido a Castro de su pretendida inocencia y por tanto, es de presumir, que
esta no será la única vez que la veamos pisando un juzgado, aunque por ser la
primera, se haya convertido en un acontecimiento para todos nosotros.

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