Como corroboración a
lo que decíamos ayer, a ese desasosiego que recorre las filas de los populares
propiciando una improvisación continuada en su manera de desenvolverse, hasta
ahora desconocida y en la línea de intentar ir, a la desesperada, con el pulso
que late apresuradamente en las calles, las declaraciones del Ministro de
Justicia, Catalá, sobre el caso de La Manada y que insinúan de manera cuasi
insidiosa que el Magistrado arrastra una cierta “ singularidad” que no consigue
o no desea definir de manera clara y sincera, se convirtieron ayer en el
detonante de una reacción masiva por parte de todas las asociaciones de Jueces
y Fiscales del país, generando un clima de tensión en el que se exigía, de
forma unánime, su dimisión inmediata.
Las afirmaciones, vertidas en una cadena de radio afín a la
derecha y en las que hoy se ha reafirmado el Ministro, sin aportar nuevas
informaciones, han colocado en una dificilísima situación a las Instituciones
judiciales, que reclaman, con una sola voz, la independencia lógica de un poder
que ha de subsistir necesariamente
separado del político, en el mundo moderno.
En un momento en el que los populares han estado reclamando
casi a diario, la ayuda de los tribunales, como única vía para poder resolver
frentes de tanta envergadura como, por ejemplo, el problema catalán e
intentando desesperadamente que los casos de corrupción que mantienen abiertos
y cuyo calado ya conocemos, se solucionen para ellos, de la mejor manera
posible, poner en duda la solvencia de determinados magistrados, con el único
fin de acallar la tormenta mediática y popular que de repente se les ha venido
encima, no sólo no consigue ensordecer las protestas ciudadanas surgidas a raíz
de conocerse esta polémica sentencia, sino que zahiere, en lo más hondo, los
cimientos de una Institución suficientemente desprestigiada, a la que se coloca
en la cuerda floja, al sugerir un corporativismo entre sus miembros, que sin
razones de peso, no puede ser probado fehacientemente.
Verdad es que la susodicha sentencia no sólo degrada en lo
más íntimo la condición de todas las mujeres, sino que además puede poner en entredicho, a nivel de calle, el
conocimiento del magistrado discrepante con cualquier tema relacionado con la
violencia de género. Cierto es, que la indignación que ha ocasionado este voto
particular, tan minuciosamente detallado y que contiene, en sus doscientos
folios, expresiones y suposiciones que denotan una extraordinaria falta de
empatía con la víctima, ha conseguido
unificar sin fisuras la opinión de gente procedente de todo el arco ideológico
del territorio nacional y también, que por su extrañísima sinrazón, resulta
prácticamente imposible poder compartirlo, pero el fallo judicial es, en este momento, el que es
y está claro que no va a ser cambiado, anulado o eliminado, a base de
lanzar rumores que habrían de ser
estudiados y demostrados por las Instancias pertinentes o bien, utilizados de
manera racional y legal, por quiénes corresponda, en la elaboración de los
recursos que se presentarán, en los próximos días.
Esta prisa que le ha entrado al PP por demostrar solidaridad
con la opinión de la calle y que de seguro ha sido uno de los motores que han
movido a Catalá, para emitir una opinión de tal rotundidad, esperando
seguramente, el aplauso de la ciudadanía, resulta sin embargo, a ojos de la
gente de a pie, tosca, zafia y grosera y sólo puede contribuir a generar una
mayor indignación, pues es meridianamente fácil preguntarse por qué, si se
conocía esta misteriosa información, se permitió al Magistrado formar parte de
la terna encargada de juzgar este caso de tan terribles características.
La seriedad que las Asociaciones de Jueces y Fiscales
exhiben, al exigir la inmediata dimisión de este Ministro, que ya fuera
reprobado por otras razones, por el Parlamento, sugiere que al Gobierno popular
se le acaba de abrir un nuevo frente contra el que batallar, con la
particularidad de que esta vez, quiénes lo integran, forman parte de uno de los
poderes más importantes para el funcionamiento de un Estado, sin el que ninguna
Democracia podría sobrevivir,
sencillamente por lo que en sí mismo representa.
El error cometido por Catalá no ha sido el de expresar su
disconformidad con el contenido de la sentencia, cuestión que le concede su
propia libertad de expresión, sino el hecho de olvidar el cargo que ocupa y que
le obliga a someterse a ciertas reglas de comportamiento, lejos de la
rumorología y basadas estrictamente en la veracidad comprobada de los hechos.
No se pide su Dimisión por la discrepancia, sino por la
osadía de aventurar un argumento, que de momento, ni consigue sostener, como
Ministro, delante de los ciudadanos a los que representa, ni por supuesto, ante
los miles de profesionales que dedicándose a diario al mundo de la justicia,
abominan de que se ponga en duda su imparcialidad, a la hora de pronunciar
sentencias.
Todos, hemos expresado
por activa y pasiva, nuestra disconformidad integral con el voto particular
emitido por este magistrado en cuestión y también con la tibieza que se refleja
en el contenido de la propia sentencia. Seguramente, nuestra voluntad de tratar
de evitar que casos como el que tratamos puedan volver a repetirse, terminará
por dar sus frutos, porque no pensamos rendirnos, ni callar ante lo que nos
parece una ofensa.
Quizá por ello, no estamos ni estaremos dispuestos a dejarnos
manipular con fines políticos, por nadie, sea cual fuere el cargo que ocupe y
venga de la Formación que venga.
EL PP, que había convertido en costumbre el hecho de
judicializar la política, a través de las declaraciones de Catalá, invierte
ahora los términos, tratando de politizar la justicia.
Los ciudadanos,
evidentemente, no podemos, sino adherirnos a
quienes exigen la dimisión del Ministro. Lanzar la piedra y esconder la
mano, no parece la mejor práctica para arbitrar una solución digna, ni en éste
ni en ningún otro asunto importante que pudiera surgir en cualquier momento.

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