viernes, 4 de mayo de 2018

Años de miedo y plomo



Muchos de los habitantes de este país, aunque los más jóvenes no lo sepan, hemos pasado una buena parte de nuestras vidas teniendo que habituarnos a la terrible sensación de convivir encadenados a una corriente interna de miedo y condenados a esperar la llegada de las noticias cotidianas, a través de los medios de comunicación, sabiendo positivamente que el dolor y la rabia volvería a mordernos, cada vez que un nuevo atentado, nos mostraba, otra vez, la cara más oscura y tenebrosa de la muerte.
Un problema que comenzó allá por el año 65 del pasado siglo  y que en principio, se circunscribía a una pequeña parte del territorio peninsular, en la que se empezaba por aquel entonces, a hablar de independencia, se fue con el paso del tiempo transformando en un monstruo casi imposible de gobernar, que algunos justificaban en vida del dictador, como una especie de respuesta violenta, basada en los principios de una guerra de guerrillas, que seguramente terminaría cuando la situación política cambiara y se pudiera defender libremente, desde el plano político, cualquier opinión, incluido el secesionismo que reclamaba un sector de la población vasca.
Pero el dictador murió y el sueño de que fuera posible restablecer una convivencia pacífica, no sólo en  Euskadi, sino también en lo que desde allí se llamaba ya entonces, El Estado español, se fue desvaneciendo envuelto en una nube de humo tóxico cada vez más irrespirable, sin que la declaración de la Autonomía, ni los beneficios que empezaron a concederse durante la transición a territorios de características especiales, como Catalunya, Galicia o el propio Euskadi, bastaran para generar un entendimiento, con los que ya se jactaban  en aquel momento, de militar en ETA.
Todos los  argumentos de los que habían, en cierta medida, justificado la existencia de un movimiento antifascista que había sido capaz de protagonizar acciones del calado del asesinato de Carrero, se fueron cayendo pisoteados por la contundencia de las masacres que se vivieron, casi a diario, contra políticos, funcionarios y simples civiles y que se iban recrudeciendo, dejando tras de ellas un reguero de nombres escritos en la memoria de los ciudadanos, que permanece anclado, como una losa, a los peores de nuestros recuerdos.
Todos los Presidentes, sin excepción, intentaron sin resultado, en algún momento, arbitrar clandestinamente vías de diálogo con las sucesivas cúpulas etarras, pero sus exigencias, que pasaban indefectiblemente por aceptar el cumplimiento de los puntos que formaban la que se llamó Alternativa KAS y que no vamos a detallar por no alargarnos en demasía y el hecho de que mientras se estaba dialogando, continuaban produciéndose asesinatos y secuestros, terminaron por convencer al aparato del Estado español de que la única manera de solventar el terrible problema que le acuciaba, había de pasar necesariamente por la vía policial, aunque los recursos obtenidos por ETA, a través del impuesto revolucionario exigido y cobrado, a multitud de empresas y particulares, en Euskadi, convirtió en misión imposible la derrota, hasta que la misma sociedad que en cierto modo, había estado apoyando en Euskalerría, a través de la Kale borroka, las acciones armadas de la banda, empezó a no comprender el calado de determinados acontecimientos.
Los atentados de Hipecor, en Barcelona y el secuestro y posterior ejecución de Miguel Ángel Blanco, marcaron dos puntos de inflexión, cuya importancia demostrará la Historia, cuando seamos capaces de narrarla con cierta objetividad,  a partir de los años venideros y supusieron, por supuesto en España, pero también en el que había sido hasta entonces el feudo sagrado de los terroristas, una corriente humana de solidaridad, que traspasó todos los límites de indignación conocidos hasta entonces y obligó, en cierto modo, a los etarras, a plantearse una reflexión sobre la línea a seguir, con la oposición declarada de algunos exaltados que se negaban taxativamente, a intentar siquiera la vía política.
Para entonces, ya habíamos tenido conocimiento de la existencia de los GAL, que para decir la verdad, muchos aplaudieron como una iniciativa que pagaba con la misma moneda a ciertos etarras conocidos, pero que en el fondo, no dejaba de ser una manera de traspasar todos los límites de la legalidad, convirtiendo en terrorismo de Estado, los asesinatos y secuestros que se perpetraron, inaceptablemente, a la sombra de determinados poderes políticos.
Mientras las listas de las víctimas crecían y la vida cotidiana en Euskadi se convertía en mucho más que irrespirable, dividiendo a los ciudadanos que la habitaban, en algo mucho más fuerte que simples enemigos, los Partidos políticos, allí y también en el Estado español, encontraron en la manipulación de los familiares de las víctimas, un filón con el que comerciar sus aumentos de votos, hasta el punto en que se llegó a decir que a ninguno de ellos interesaba realmente, poner fin al terrible problema del terrorismo.
Los  independentistas, con el PNV a la cabeza y con el apoyo de los representantes de las varias Formaciones políticas que  surgieron, tras la ilegalización de Herri Batasuna, toleraron, mientras estuvieron el poder, tácitamente, las actuaciones de la Kale borroka y sacaron muchos beneficios de los apoyos prestados a los Gobiernos españoles, de todo signo, nadando claramente entre dos aguas, pero sobreviviendo.
Y los Ejecutivos españoles, necesitando cada vez que se encontraron en minoría, los votos de los vascos, para sacar adelante sus propuestas, llegaron a cruzar todos los límites que permitiría la ética, en cualquier lugar del mundo, utilizando, casi siempre en su propio provecho, el dolor de todas las víctimas, con una pasividad demostrada que produce escalofríos recordar, cuando uno piensa en determinados acontecimientos.
Afortunadamente, mientras tanto, la sociedad iba evolucionando, como suele suceder, al margen de los enfrentamientos protagonizados por sus supuestos representantes y fue entendiendo, que el propio enconamiento del conflicto, no encontraría jamás una solución, si no se intentaba, del modo que fuera, un camino que apoyara sin fisuras  una negociación seria y real, aunque para ello hubiera que sentarse en una mesa, con los mismos que habían empuñado las armas, para hablar de todo lo que había sucedido, durante tanto tiempo.
Entretanto, Paxi López, ganaba las elecciones en Euskadi y llegaba al poder, con el convencimiento personal de que la paz no sólo era posible, sino que había que actuar, con celeridad, rompiendo con el pasado y empezando de cero.
Esta figura política, a la que no se ha dado, a mi parecer, la importancia que tuvo en arbitrar el principio del fin, supo, a pesar de la enorme cantidad de críticas recibidas por parte de la derecha, crear el ambiente propicio para que algo empezara a cambiar y para que por primera vez, ETA hablara después y cumpliera, un largo periodo de tregua.
Hoy, que la banda decide disolverse, tras esos cincuenta años de miedo y plomo que han marcado inevitablemente nuestros recuerdos y nuestras conciencias y aunque el Gobierno del PP, haya decidido, como suele ser su costumbre, colgarse la medalla de una derrota que nunca se ha producido realmente, para muchos de nosotros, es un momento para celebrar.
Y aunque haya cosas que no pueden ni deben olvidarse, aunque sólo sea por una mera cuestión de justicia, todos y los primeros, los que sufrieron en carne propia, pérdidas absolutamente irreparables, nos merecemos la oportunidad de volver a empezar, de mirar al cielo, de respirar un aire limpio y de intentar reconciliarnos con un pasado que jamás debimos vivir, pero que no podemos borrar, porque formamos parte de él, irreparablemente.
Como en todas las batallas que se libran, justa o injustamente, hablar de vencedores y vencidos, cuando terminan, resta a la felicidad que produce su final, enormes dosis de grandeza.
No puedo ni quiero hablar de perdón. La condición humana no está hecha para asimilar según qué clase de traumáticos sucesos, pero la regeneración de la convivencia de los protagonistas principales de este larguísimo conflicto, ha de ser un reto a conseguir, aunque duela y produzca, en un buen número de nosotros y sobre todo en los familiares de las víctimas, una etapa de terrible sufrimiento, porque en el fondo, todos albergamos, nos guste o no, el sentimiento de poder vengar a nuestros muertos.
El ejemplo de generosidad ofrecido por algunos de estos familiares y su valor al afrontar con esperanza el comienzo de esta nueva era, podría ser, sin el menor atisbo de duda, la imagen estrella de este importantísimo día.
Los pasos, a partir de ahora, habrán de ser medidos con extrema prudencia y quizá necesitaríamos a otra clase de Gobierno, un poco menos triunfalista y manipulador, para escribir las primeras palabras que glosen, en las páginas aún en blanco, de la futura historia, la enorme trascendencia de este momento.







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