Muchos de los habitantes de este país, aunque los más jóvenes
no lo sepan, hemos pasado una buena parte de nuestras vidas teniendo que
habituarnos a la terrible sensación de convivir encadenados a una corriente
interna de miedo y condenados a esperar la llegada de las noticias cotidianas,
a través de los medios de comunicación, sabiendo positivamente que el dolor y
la rabia volvería a mordernos, cada vez que un nuevo atentado, nos mostraba,
otra vez, la cara más oscura y tenebrosa de la muerte.
Un problema que comenzó allá por el año 65 del pasado siglo y que en principio, se circunscribía a una
pequeña parte del territorio peninsular, en la que se empezaba por aquel
entonces, a hablar de independencia, se fue con el paso del tiempo
transformando en un monstruo casi imposible de gobernar, que algunos
justificaban en vida del dictador, como una especie de respuesta violenta,
basada en los principios de una guerra de guerrillas, que seguramente
terminaría cuando la situación política cambiara y se pudiera defender
libremente, desde el plano político, cualquier opinión, incluido el
secesionismo que reclamaba un sector de la población vasca.
Pero el dictador murió y el sueño de que fuera posible
restablecer una convivencia pacífica, no sólo en Euskadi, sino también en lo que desde allí se
llamaba ya entonces, El Estado español, se fue desvaneciendo envuelto en una
nube de humo tóxico cada vez más irrespirable, sin que la declaración de la
Autonomía, ni los beneficios que empezaron a concederse durante la transición a
territorios de características especiales, como Catalunya, Galicia o el propio
Euskadi, bastaran para generar un entendimiento, con los que ya se
jactaban en aquel momento, de militar en
ETA.
Todos los argumentos
de los que habían, en cierta medida, justificado la existencia de un movimiento
antifascista que había sido capaz de protagonizar acciones del calado del
asesinato de Carrero, se fueron cayendo pisoteados por la contundencia de las
masacres que se vivieron, casi a diario, contra políticos, funcionarios y simples
civiles y que se iban recrudeciendo, dejando tras de ellas un reguero de
nombres escritos en la memoria de los ciudadanos, que permanece anclado, como
una losa, a los peores de nuestros recuerdos.
Todos los Presidentes, sin excepción, intentaron sin
resultado, en algún momento, arbitrar clandestinamente vías de diálogo con las
sucesivas cúpulas etarras, pero sus exigencias, que pasaban indefectiblemente
por aceptar el cumplimiento de los puntos que formaban la que se llamó
Alternativa KAS y que no vamos a detallar por no alargarnos en demasía y el
hecho de que mientras se estaba dialogando, continuaban produciéndose
asesinatos y secuestros, terminaron por convencer al aparato del Estado español
de que la única manera de solventar el terrible problema que le acuciaba, había
de pasar necesariamente por la vía policial, aunque los recursos obtenidos por
ETA, a través del impuesto revolucionario exigido y cobrado, a multitud de
empresas y particulares, en Euskadi, convirtió en misión imposible la derrota,
hasta que la misma sociedad que en cierto modo, había estado apoyando en Euskalerría,
a través de la Kale borroka, las acciones armadas de la banda, empezó a no
comprender el calado de determinados acontecimientos.
Los atentados de Hipecor, en Barcelona y el secuestro y
posterior ejecución de Miguel Ángel Blanco, marcaron dos puntos de inflexión,
cuya importancia demostrará la Historia, cuando seamos capaces de narrarla con
cierta objetividad, a partir de los años
venideros y supusieron, por supuesto en España, pero también en el que había
sido hasta entonces el feudo sagrado de los terroristas, una corriente humana
de solidaridad, que traspasó todos los límites de indignación conocidos hasta
entonces y obligó, en cierto modo, a los etarras, a plantearse una reflexión
sobre la línea a seguir, con la oposición declarada de algunos exaltados que se
negaban taxativamente, a intentar siquiera la vía política.
Para entonces, ya habíamos tenido conocimiento de la
existencia de los GAL, que para decir la verdad, muchos aplaudieron como una
iniciativa que pagaba con la misma moneda a ciertos etarras conocidos, pero que
en el fondo, no dejaba de ser una manera de traspasar todos los límites de la
legalidad, convirtiendo en terrorismo de Estado, los asesinatos y secuestros
que se perpetraron, inaceptablemente, a la sombra de determinados poderes
políticos.
Mientras las listas de las víctimas crecían y la vida cotidiana
en Euskadi se convertía en mucho más que irrespirable, dividiendo a los ciudadanos
que la habitaban, en algo mucho más fuerte que simples enemigos, los Partidos
políticos, allí y también en el Estado español, encontraron en la manipulación
de los familiares de las víctimas, un filón con el que comerciar sus aumentos
de votos, hasta el punto en que se llegó a decir que a ninguno de ellos
interesaba realmente, poner fin al terrible problema del terrorismo.
Los independentistas,
con el PNV a la cabeza y con el apoyo de los representantes de las varias
Formaciones políticas que surgieron,
tras la ilegalización de Herri Batasuna, toleraron, mientras estuvieron el
poder, tácitamente, las actuaciones de la Kale borroka y sacaron muchos
beneficios de los apoyos prestados a los Gobiernos españoles, de todo signo,
nadando claramente entre dos aguas, pero sobreviviendo.
Y los Ejecutivos españoles, necesitando cada vez que se
encontraron en minoría, los votos de los vascos, para sacar adelante sus
propuestas, llegaron a cruzar todos los límites que permitiría la ética, en
cualquier lugar del mundo, utilizando, casi siempre en su propio provecho, el
dolor de todas las víctimas, con una pasividad demostrada que produce escalofríos
recordar, cuando uno piensa en determinados acontecimientos.
Afortunadamente, mientras tanto, la sociedad iba evolucionando,
como suele suceder, al margen de los enfrentamientos protagonizados por sus supuestos
representantes y fue entendiendo, que el propio enconamiento del conflicto, no
encontraría jamás una solución, si no se intentaba, del modo que fuera, un camino
que apoyara sin fisuras una negociación
seria y real, aunque para ello hubiera que sentarse en una mesa, con los mismos
que habían empuñado las armas, para hablar de todo lo que había sucedido,
durante tanto tiempo.
Entretanto, Paxi López, ganaba las elecciones en Euskadi y
llegaba al poder, con el convencimiento personal de que la paz no sólo era
posible, sino que había que actuar, con celeridad, rompiendo con el pasado y
empezando de cero.
Esta figura política, a la que no se ha dado, a mi parecer,
la importancia que tuvo en arbitrar el principio del fin, supo, a pesar de la
enorme cantidad de críticas recibidas por parte de la derecha, crear el
ambiente propicio para que algo empezara a cambiar y para que por primera vez,
ETA hablara después y cumpliera, un largo periodo de tregua.
Hoy, que la banda decide disolverse, tras esos cincuenta años
de miedo y plomo que han marcado inevitablemente nuestros recuerdos y nuestras
conciencias y aunque el Gobierno del PP, haya decidido, como suele ser su
costumbre, colgarse la medalla de una derrota que nunca se ha producido
realmente, para muchos de nosotros, es un momento para celebrar.
Y aunque haya cosas que no pueden ni deben olvidarse, aunque
sólo sea por una mera cuestión de justicia, todos y los primeros, los que
sufrieron en carne propia, pérdidas absolutamente irreparables, nos merecemos la
oportunidad de volver a empezar, de mirar al cielo, de respirar un aire limpio
y de intentar reconciliarnos con un pasado que jamás debimos vivir, pero que no
podemos borrar, porque formamos parte de él, irreparablemente.
Como en todas las batallas que se libran, justa o
injustamente, hablar de vencedores y vencidos, cuando terminan, resta a la
felicidad que produce su final, enormes dosis de grandeza.
No puedo ni quiero hablar de perdón. La condición humana no
está hecha para asimilar según qué clase de traumáticos sucesos, pero la
regeneración de la convivencia de los protagonistas principales de este larguísimo
conflicto, ha de ser un reto a conseguir, aunque duela y produzca, en un buen
número de nosotros y sobre todo en los familiares de las víctimas, una etapa de
terrible sufrimiento, porque en el fondo, todos albergamos, nos guste o no, el
sentimiento de poder vengar a nuestros muertos.
El ejemplo de generosidad ofrecido por algunos de estos
familiares y su valor al afrontar con esperanza el comienzo de esta nueva era,
podría ser, sin el menor atisbo de duda, la imagen estrella de este
importantísimo día.
Los pasos, a partir de ahora, habrán de ser medidos con
extrema prudencia y quizá necesitaríamos a otra clase de Gobierno, un poco menos
triunfalista y manipulador, para escribir las primeras palabras que glosen, en
las páginas aún en blanco, de la futura historia, la enorme trascendencia de
este momento.

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