Mientras continúan resonando los ecos de la sentencia del caso
de La Manada y ETA escenifica el abandono de las armas en un acto con el que se
pretendía transmitir cierta solemnidad, sin hacer mención alguna al dolor
esparcido durante tantos años, en las conciencias de todos los pueblos, los candidatos
que ya se conocen, para las Elecciones autonómicas de Madrid, que se celebrarán
el año que viene, han dado el pistoletazo de salida a una especie de precampaña
feroz, aprovechando hábilmente el mal sabor de boca que ha dejado a precipitada salida de Cifuentes y procurando
ganar un tiempo precioso al maltrecho PP, que sigue sin encontrar a una persona
que sustituya a la defenestrada Presidenta y que mantiene a su número dos, al
frente de la gestión que hasta ahora, sólo a ella le había correspondido.
Formando parte de un mismo ambiente político, aunque resueltamente
apartados de esa globalidad que suele
caracterizar normalmente a las Instituciones de un mismo Estado, los
independentistas catalanes, aprueban en su Parlament, con la fuerza de sus
votos, pero de manera absolutamente unilateral, una resolución que permitiría,
si la justicia no acaba por dar al traste con la idea, una investidura a distancia
del incombustible Puigdemont, desafiando sin rubores, otra vez, a un Gobierno
español, al que ya saben adicto a intentar solucionar los problemas por vía
judicial y no por la vía política que exigiría la gravísima situación de este
momento.
Entretanto, nuevos casos de extrema violencia de género,
sacuden la columna vertebral de millones de mujeres decididas a sumarse sin
condiciones a las reivindicaciones del movimiento feminista y que nos encontramos
en un punto en el que el miedo y la situación de indefensión, nos han
convencido de que la vía de la lucha en férrea unidad, es el único camino que
hará posible una igualdad real que consiga borrar de la memoria los años de
forzado sometimiento a los designios marcados por un patriarcado brutal y
obsoleto.
Algo aún por definir, pero cuya esencia se palpa
ostensiblemente en las calles por las que vamos circulando a diario, multitud
de colectivos que por nuestra precaria situación, habíamos permanecido hasta
ahora, como resignados a los azares de un destino maldito, comienza a brindar un
sentido que guía nuestras vidas y la sensación de que si no ha lugar a la
rendición, podremos vencer, se instala en nuestros corazones, al margen del
discurso que puedan estar intentando ofrecer los políticos, como si se hubiera
roto de pronto, irreparablemente, ese cordón que nos unía indefectiblemente a
la corrección, sin permitirnos expresar en total libertad, lo que
verdaderamente pensábamos y sentíamos en nuestro fuero interno.
Vivimos y así lo asumimos, porque la realidad es irrenunciable,
en un país de contrastes, en el que varias generaciones de supuestos servidores
públicos han ignorado taxativamente el mensaje les lanzábamos desde nuestra
orfandad, mientras ellos, instalados en la burbuja protectora que les aislaba
del sentir popular, elegían disfrutar, sine die, de los privilegios que les iba
ofreciendo su particular condición, siempre adquirida a través de los votos de
lealtad de millones de adeptos, que se han, que nos hemos cansado de esperar,
absolutamente destrozados por la dureza extrema de los últimos tiempos, que
nuestras voces fueran escuchadas, nuestras protestas atendidas y nuestros recursos,
generados siempre a través del esfuerzo de trabajar, empleados en beneficio de
las carencias de las mayorías a las que pertenecemos.
Llegados a tal punto de desesperación, tomar las riendas de
nuestras míseras existencias y aprender a gestionar nuestros propios problemas,
haciendo ver a los que durante años nos
ignoraron en sus apretadas agendas repletas de apellidos de gente poderosa
que nos organizaba el porvenir , a golpe de operaciones bursátiles destinadas a
saciar su propia codicia, se ha transformado irrenunciablemente, en un
necesidad perentoria para poder abandonar esa sensación de mera supervivencia
en la que nos encontrábamos inmersos, simplemente para poder vivir, en un
ambiente en el que el aire no se encuentre viciado por la densidad de nuestras
propias historias y la dignidad de ser simplemente humanos, recomponga con urgencia
las heridas casi crónicas que la pobreza endémica, económica y emocional, estaba
produciendo en nosotros, ineludiblemente.
Esa fuerza que nos otorga
nuestra más que evidente superioridad numérica y la certeza
de saber que todas las transformaciones históricas se consiguieron, a lo largo
de los siglos, a través de la lucha y la superación de los fantasmas del miedo,
hacen que el hecho de formar parte de esos contrastes y poder convivir sin
complejos con lo que son y representan, en estos precisos momentos, supongan,
para nosotros, un reto asumible al que deseamos sumarnos sin reservas, para no
quedarnos atrás mientras otros avanzan imparables hacia un cambio inminente y
nos procura, a la vez que el delirio que supone enfrentarse a situaciones de
riesgo, el orgullo de estar construyendo una historia distinta de la que para
nosotros tenían preparada, estos seres sin rostro que a través del poder
económico, se jactaban de haber dominado la voluntad de los pueblos.
Ayer, rebuscando en los estantes de mi humilde biblioteca, me
topé de bruces con un viejo ejemplar de “Las uvas de la ira” de Steinbeck y un
deseo irrefrenable de releer aquella obra que tanto me impactó en mi juventud,
me dominó inmediatamente.
Empecé. Y la descripción minuciosa de sus primeras páginas, esa
representación detallada al milímetro del desarrollo y posteriores efectos de
una gran sequía, que en el momento en que fue escrita podría significar una
comparación descarnada con aquello que produjo en las clases humildes la Gran
depresión, me atrapó, haciéndome reflexionar sobre la impresionante similitud
que comparte, con la época que, salvando las distancias lógicas, nos ha tocado
vivir.
Las heridas que produce esta lectura, se evidencian desde las
primeras frases y se van haciendo más grandes, a medida que vamos leyendo.
A quiénes no conozcan el libro, no puedo, sino recomendarles
que se atrevan a sumergirse valientemente en su argumento. Fue escrito en el pasado
siglo, pero pudiera haberse escrito ayer y la historia de sus personajes, bien
podría, a día de hoy, ser la nuestra, su frustración, nuestra frustración, su
amargura, nuestra amargura y esa sequía externa e interna, el paisaje desolador
que nos ha dejado el paso de esta crisis que igual que aquella, pasará.
Ha empezado a llover, estamos vivos y si queremos, podemos.

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