Tal y como había prometido, el Presidente del “América first”,
Donald Trump, dio ayer un sonoro carpetazo
a los Pactos nucleares con Irán que había firmado su antecesor, Barak Obama,
con el apoyo de Reino Unido, Francia, Rusia, China y también Alemania y que
reportaba cierta seguridad de que al menos en unos cuantos años, la fabricación
y utilización de este tipo de armamento, quedaba paralizada, bajo la estrecha
vigilancia de los Inspectores de la Agencia de Energía Atómica.
Este paso, que como muchos otros, define a la perfección el
carácter voluble de quien ocupa la
Presidencia del país más poderoso del mundo y que clarifica meridianamente el
odio ancestral que guarda contra quien le antecediera en el cargo, como
demuestra su desmedido afán por anular una por una, todas las medidas adoptadas
por Obama, fueran del calado que fueran, supone sin embargo, a parte de las
consecuencias nefastas que para todos nosotros pudiera traer, un desprecio
infinito hacia los países firmantes del acuerdo, hacia Europa de manera general
y muy particularmente, hacia cualquier Estado de Oriente que pudiera frustrar
de algún modo las perspectivas que sus socios israelíes pudieran tener sobre
una zona, que vive, para pesar de todos, en un ambiente de sórdido y permanente
conflicto.
La más que evidente xenofobia expresada continuamente por
Trump por el mundo árabe y los continuos cambios que realiza en la composición
de su gobierno, en cuanto alguien cuestiona, en mayor o menor medida, la
naturaleza de su pensamiento, ha quedado palmariamente clara en esta gravísima decisión, que toma, como
siempre, desde una perspectiva personal
y pensando seguramente en quién sabe qué intereses ocultos, dirigidos con toda
probabilidad, a posibilitar su propio enriquecimiento.
Pero Trump no es cualquier persona que poseída por un
arrebato de ira puede optar por finiquitar repentinamente, pongamos por caso,
la confianza con algún amigo, ni sus decisiones, cualesquiera que sean, afectan
únicamente a él mismo, su entorno familiar y ni siquiera a su propio país, sino
que son, por la importancia del cargo que ostenta, absolutamente fundamentales
para que sea posible un equilibrio en la política mundial y por ello, habrían
de ser, minuciosamente analizadas y sopesadas hasta la saciedad, antes de que
pudieran ser llevadas a la práctica.
Sin embargo, el estilo
de este peculiar Presidente, aupado hasta el poder fundamentalmente por los
habitantes de una américa oscura y profunda, anclada a un conservadurismo feroz
y que continúa creyendo que su nación es y debe seguir siendo el ombligo del mundo,
se encuentra muy alejado del que se esperaría encontrar en un político de
carrera y a nadie debiera pues extrañar,
esta manera de gobernar a golpes de tiránicos decretos, que sin embargo, está infringiendo
un daño irreparable a la imagen que el resto del mundo tiene en estos momentos,
sobre Estados Unidos.
A medida que va pasando el tiempo y se va viendo cómo
periódicamente se van dinamitando todos los avances conseguidos en la
legislatura anterior, en lo que se podría calificar como un ataque sin
precedentes contra cualquier medida que haya podido significar algún progreso,
la regresión que están sufriendo, no sólo los habitantes de su país, sino
también la humanidad en general, que no puede comprender que alguien haya
podido apoyar la candidatura de este nefasto Presidente, no tiene parangón y
sólo algunos, cuyos intereses reales pudieran coincidir plenamente con los que
Trump transmite en cada uno de sus neuróticos discursos, aplauden esta manera
de dirigir que tiene más que ver con el absolutismo feroz, que con la
Democracia de que tanto se presume en Los Estados Unidos de América.
No obstante, estos arrebatos a los que ya nos tiene acostumbrados
este personaje de folletín, resultan ser, en cierta medida, del todo
previsibles y quizá convendría, a los mandatarios de las demás naciones, basar a partir de ahora su juego en la
anticipación, si no quieren ser llevados algún día a un irreparable desastre
que pudiera traer para toda la humanidad, incalculables consecuencias.
Trump, está claro, hace tiempo que tiene sus ojos puestos en
Irán, del mismo modo en que Bush los
pusiera en Irak, no hace demasiado tiempo y más pronto que tarde, encontrará un
motivo, real o ficticio, para justificar
una intervención militar allí, exigiendo además, el apoyo inmediato de los países
que han sido tradicionalmente sus aliado, entre otros, el nuestro.
Con esas miras, esta decisión que acaba de tomar le
proporciona la apertura de un camino que ya está marcado de antemano y que
finalmente terminará recorriendo y ni los Inspectores de la Agencia de Energía
Atómica, ni las recomendaciones de la ONU o de cualquier otro Organismo
internacional, podrán hacerle abandonar un objetivo que está escrito en su
agenda, como prioritario.
Como ya ocurriera en Irak, la historia comenzará con
escarceos que terminarán por recrudecerse, mientras se difunde un discurso de
pánico a la sociedad americana, alertándola de dónde se encuentran sus
verdaderos enemigos, para intentar después, a través de los medios que fueran
precisos, conseguir captar aliados fuertes que apoyen la inevitable
intervención, aunque después se abandone la zona, en condiciones similares a
las que ahora se padecen en Irak y con un costo de vidas humanas que rozan el
calificativo de genocidio.
Pero lo que pueda ocurrir a la gente de estos países, poco o
nada importa al Presidente del “América first”, pues su imposibilidad para
empatizar con el sufrimiento de los demás y su odio ancestral hacia los
colectivos más desfavorecidos de la sociedad, han quedado suficientemente
demostrados en el tiempo que lleva al frente de un país que quiere transformar,
a su imagen y semejanza, únicamente.
“The rich first”, debiera
ser el lema de su próxima Campaña. Sería mucho más comprensible.

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