Asesta la justicia belga un nuevo varapalo al Juez LLarena y
le niega la extradición de los ex Consellers Serret, Puig y Comín, alegando gravísimos
problemas de forma en los escritos de las euro órdenes presentadas por este
Magistrado, convirtiendo sus aspiraciones en una auténtica misión imposible.
Mientras el recién nombrado Presient Torra regresa tras
rendir cuentas y pleitesía a su muy adorado Carles Puigdemont y los Partidos
constitucionalistas españoles aguardan sus primeras reacciones cuando tome
posesión de su cargo, el problema catalán continua complicándose de manera
creciente, a medida que va pasando el tiempo, sin que ninguno de los dos
grandes bloques enfrentados en el conflicto, parezca dispuesto a ceder, ni un
ápice, de sus posiciones iniciales, quedando así la situación, como a la espera
de que a alguien le fallen en algún momento las fuerzas necesarias para
mantener un pulso, que ya dura demasiado tiempo.
Algunos, como Albert Rivera, siempre dispuesto a sacar el
mayor partido posible a cualquier acontecimiento que pueda reportarle futuros
beneficios electorales, se duelen de que el Gobierno de Rajoy haya sido
demasiado blando en la aplicación del artículo 155 y exigen, una prolongación sine
die de la intervención, llegando incluso a insinuar que no verían con malos ojos
la suspensión total de la Autonomía.
Lo cierto es que el nuevo President no ha levantado, en ninguno de los grupos de
la oposición, precisamente ninguna simpatía y hasta los que en todo momento se
mostraron partidarios de la negociación y el diálogo entre las partes y
abominaron de la judicialización del problema emprendida por el PP, como es el
caso de Los Comunes, chocan frontalmente con las opiniones xenófobas vertidas
por Torra, en las que se llega a hablar de la supremacía de la raza catalana,
abiertamente, considerándole un espécimen peligroso con planteamientos que recuerdan
a los expresados por los nazis, hace ahora ya casi un siglo.
Vigilante y cauteloso, como suele ser su costumbre, Mariano Rajoy
espera las primeras actuaciones del recién elegido, para empezar a pensar qué
posición adoptará, según la deriva que vayan tomando los acontecimientos y de
momento, se limita a reunirse con quienes le apoyaron anteriormente, en cuanto
a la aplicación del 155, tal vez, sobrepasado por el discurso de intenciones de
este curioso personaje que no parece precisamente rendido a las actuaciones que
ha llevado a cabo el Estado español, sino más bien, dispuesto a mantener la
idea de llevar adelante el proyecto de la República, aunque para ello haya de
acudir, según propias palabras, a una férrea resistencia.
Todos los honores que se habían adjudicado gratuitamente PP y
Ciudadanos, su presunción de haber vencido el reto planteado por los
independentistas y el argumento de haber conseguido aplastar la rebelión separatista,
han quedado aplastados por la contundencia de la cruda realidad y la razón se
coloca de parte de aquellos que defendíamos que las medidas adoptadas
resultaban del todo insuficientes, al faltar el intento de hallar soluciones
políticas que ahondaran en la raíz de un problema que como todos estamos
viendo, permanece vivo y latente.
De nada ha servido apelar exclusivamente al cumplimiento de
la legalidad, acudiendo a las vías judiciales que han provocado el
encarcelamiento de algunos líderes del movimiento y la fuga casi masiva de otros
cuantos que, encabezados por Puigdemont, se han dedicado a universalizar su
versión de los hechos y ahora que la justicia extranjera empieza a negarse sistemáticamente
a conceder las extradiciones solicitadas, las evidencias esgrimidas por el
Estado español, quedan en cierto modo, en entredicho, concediendo un tiempo
precioso y una fortaleza añadida a los secesionistas, que a partir de ayer
cuentan además, con el apoyo de un nuevo y exaltado Presidente.
Pretende Torra, iniciar conversaciones con Rajoy, de igual a
igual, aunque partiendo de las mismas premisas que ya expresaran sus
antecesores y sin tener que dar ningún paso atrás en sus exigencias, aunque su
interlocutor ya ha advertido que no piensa permitir que se traspase la
legalidad, por lo que la entrevista parece condenada de antemano, a convertirse
en un estrepitoso fracaso.
Está todo en el aire, como sujeto por la debilidad de unas
pinzas a las que cualquier golpe de viento podría, repentinamente, arrastrar y
sólo la pericia de dos estadistas de una talla que no poseen ninguno de estos dos
personajes, podría conseguir que amainara esta tormenta interminable que está
minando el ánimo y la paciencia de catalanes y españoles, en la misma medida.
Los dos protagonistas principales que se encuentran frente a
frente en un escenario desnudo de elementos en los que sustentar su actuación y
que sólo cuentan con su propia disposición y voluntad, para encontrar un punto
de entendimiento, no son precisamente los candidatos perfectos para afrontar
con temple y valentía la interpretación de este complicado argumento.
Todo o nada puede pasar. Las cartas continúan estando sobe la
mesa.

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