miércoles, 16 de mayo de 2018

Misión imposible



Asesta la justicia belga un nuevo varapalo al Juez LLarena y le niega la extradición de los ex Consellers  Serret, Puig y Comín, alegando gravísimos problemas de forma en los escritos de las euro órdenes presentadas por este Magistrado, convirtiendo sus aspiraciones en una auténtica misión imposible.
Mientras el recién nombrado Presient Torra regresa tras rendir cuentas y pleitesía a su muy adorado Carles Puigdemont y los Partidos constitucionalistas españoles aguardan sus primeras reacciones cuando tome posesión de su cargo, el problema catalán continua complicándose de manera creciente, a medida que va pasando el tiempo, sin que ninguno de los dos grandes bloques enfrentados en el conflicto, parezca dispuesto a ceder, ni un ápice, de sus posiciones iniciales, quedando así la situación, como a la espera de que a alguien le fallen en algún momento las fuerzas necesarias para mantener un pulso, que ya dura demasiado tiempo.
Algunos, como Albert Rivera, siempre dispuesto a sacar el mayor partido posible a cualquier acontecimiento que pueda reportarle futuros beneficios electorales, se duelen de que el Gobierno de Rajoy haya sido demasiado blando en la aplicación del artículo 155 y exigen, una prolongación sine die de la intervención, llegando incluso a insinuar que no verían con malos ojos la suspensión total de la Autonomía.
Lo cierto es que el nuevo President  no ha levantado, en ninguno de los grupos de la oposición, precisamente ninguna simpatía y hasta los que en todo momento se mostraron partidarios de la negociación y el diálogo entre las partes y abominaron de la judicialización del problema emprendida por el PP, como es el caso de Los Comunes, chocan frontalmente con las opiniones xenófobas vertidas por Torra, en las que se llega a hablar de la supremacía de la raza catalana, abiertamente, considerándole un espécimen peligroso con planteamientos que recuerdan a los expresados por los nazis, hace ahora ya casi un siglo.
Vigilante y cauteloso, como suele ser su costumbre, Mariano Rajoy espera las primeras actuaciones del recién elegido, para empezar a pensar qué posición adoptará, según la deriva que vayan tomando los acontecimientos y de momento, se limita a reunirse con quienes le apoyaron anteriormente, en cuanto a la aplicación del 155, tal vez, sobrepasado por el discurso de intenciones de este curioso personaje que no parece precisamente rendido a las actuaciones que ha llevado a cabo el Estado español, sino más bien, dispuesto a mantener la idea de llevar adelante el proyecto de la República, aunque para ello haya de acudir, según propias palabras, a una férrea resistencia.
Todos los honores que se habían adjudicado gratuitamente PP y Ciudadanos, su presunción de haber vencido el reto planteado por los independentistas y el argumento de haber conseguido aplastar la rebelión separatista, han quedado aplastados por la contundencia de la cruda realidad y la razón se coloca de parte de aquellos que defendíamos que las medidas adoptadas resultaban del todo insuficientes, al faltar el intento de hallar soluciones políticas que ahondaran en la raíz de un problema que como todos estamos viendo, permanece vivo y latente.
De nada ha servido apelar exclusivamente al cumplimiento de la legalidad, acudiendo a las vías judiciales que han provocado el encarcelamiento de algunos líderes del movimiento y la fuga casi masiva de otros cuantos que, encabezados por Puigdemont, se han dedicado a universalizar su versión de los hechos y ahora que la justicia extranjera empieza a negarse sistemáticamente a conceder las extradiciones solicitadas, las evidencias esgrimidas por el Estado español, quedan en cierto modo, en entredicho, concediendo un tiempo precioso y una fortaleza añadida a los secesionistas, que a partir de ayer cuentan además, con el apoyo de un nuevo y exaltado Presidente.
Pretende Torra, iniciar conversaciones con Rajoy, de igual a igual, aunque partiendo de las mismas premisas que ya expresaran sus antecesores y sin tener que dar ningún paso atrás en sus exigencias, aunque su interlocutor ya ha advertido que no piensa permitir que se traspase la legalidad, por lo que la entrevista parece condenada de antemano, a convertirse en un estrepitoso fracaso.
Está todo en el aire, como sujeto por la debilidad de unas pinzas a las que cualquier golpe de viento podría, repentinamente, arrastrar y sólo la pericia de dos estadistas de una talla que no poseen ninguno de estos dos personajes, podría conseguir que amainara esta tormenta interminable que está minando el ánimo y la paciencia de catalanes y españoles, en la misma medida.
Los dos protagonistas principales que se encuentran frente a frente en un escenario desnudo de elementos en los que sustentar su actuación y que sólo cuentan con su propia disposición y voluntad, para encontrar un punto de entendimiento, no son precisamente los candidatos perfectos para afrontar con temple y valentía la interpretación de este complicado argumento.
Todo o nada puede pasar. Las cartas continúan estando sobe la mesa.


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