martes, 8 de mayo de 2018

Justicia y nuestra gratitud



Tras dos años de terrible espera, se resuelve el juicio que tenían pendiente tres bomberos sevillanos que habían estado realizando de manera voluntaria, labores de rescate en Grecia y se hace, porque no debía ser de otra manera y porque la presión humana que ha levantado este caso no ha podido ser más solidaria y rotunda, con una justa absolución, aunque el sufrimiento generado en estos héroes anónimos que un día decidieron dedicar su tiempo libre a salvar vidas y el de sus familiares y amigos, nunca podrá ser resarcido, dejando en ellos una huella imborrable de decepción, que sólo se suavizará con el tiempo.
Su historia, que por rocambolesca e indignante hizo mella en nuestras conciencias, provocando una inmediata ola de solidaridad que traspasó todas las fronteras, nos ha estado acompañando, a la vez que a ellos mismos, durante todo el tiempo transcurrido, convencidos como estábamos de que su inocencia en el cargo de tráfico de personas que se les imputaba, era total y que todo  parecía haber sido construido, con la única intención de ocultar, a los ojos de las personas de bien, la magnitud del drama que se está viviendo en los mares que nos rodean y que se han convertido en impresionantes cementerios.
Les tocó a ellos, como podría habernos tocado a cualquiera de nosotros, de haber estado en el mismo lugar en el que se encontraban, en aquellos s momentos y como hemos podido ver después  en varias ocasiones, su caso no ha sido el único que ha conseguido paralizar las labores humanitarias que se llevan a cabo todos los días, en los mares de Grecia.
Exigir responsabilidades a los encargados de gestionar estas ayudas de salvamento y acogimiento, de cientos de miles de seres humanos que se exponen a la dureza de estas travesías, para escapar de la guerra, el hambre y el sufrimiento, resulta ser, para el resto de la humanidad, una obligación inaplazable y un motivo de lucha suficientemente justificada, por una cuestión de meros sentimientos.
Poner trabas a las organizaciones y particulares que se ofrecen a prestar auxilio a estas masas migratorias que se encuentran en un auténtico estado de emergencia, supone, al menos moralmente, un gravísimo delito de lesa humanidad y dice mucho en contra de los dirigentes que se encuentran a la cabeza de estos países del primer mundo, a los que poco o nada importa, lo que suceda en otros mucho menos afortunados, a juzgar por el calado de sus acciones y gestos.
A todos los que ponen su grano de arena en estos durísimos trabajos de rescate, a los que prestan cariño, comprensión y calor humano a  los que consiguen llegar a través de los mares, a un lugar que para ellos, desde luego, debe parecer una especie de paraíso, la colaboración de los organismos oficiales les resulta, necesaria e imprescindible y no poder contar con ella, ha de provocar  en ellos una suerte de desesperación, sólo entendible para quienes viven a diario las tragedias que se suceden en estos lugares, sin ninguna posibilidad de poder solucionarlas todas, por falta de medios, como sin duda sería su deseo.
Desde aquí, quisiera decirles que esa soledad que sugiere la incomprensión de los poderes que les rodean, no es real y que todos nosotros, la gente corriente que les admira sin conocerles,  aplaudiendo la callada labor que realizan, en favor del género humano,  agradeceremos eternamente la valentía y el arrojo que nos demuestran todos los días, aunque por razones de edad, salud o trabajo, no podamos estar codo con codo, dónde  ellos se encuentran.
Les respetamos y les queremos, porque en el fondo de nuestros corazones entendemos como imprescindible esa colaboración desinteresada que prestan, a los más necesitados, en estos terribles momentos.
La vida, que suele ser tozuda al colocar a cada cual en su sitio, seguro que de alguna manera, les premiará. Aunque no creo que pueda existir un premio mayor que contemplar la mirada de aquellos a los que consiguen rescatar y que les acompañará, como un tesoro, durante toda su existencia,



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