lunes, 14 de mayo de 2018

Figuras de un paisaje desolador



De todos los acontecimientos que nos ha tocado vivir a los  los que hemos formado parte de la Historia de este país en los últimos cuarenta años y que colaboramos hasta la extenuación, con nuestro esfuerzo, por construir un espacio en el que  aun teniendo que renunciar a recuperar la dignidad que nos habían estado arrebatando los cuarenta años de la dictadura franquista, éste al que hemos asistido hoy, mientras Quim Torra era investido como nuevo President  de la Generalitat de Catalunya, se ha convertido quizá, en uno de los más desesperanzadores, debido a la gigantesca  tensión que se respiraba en el ambiente.
Los nombramientos de estas características, cada vez que se han producido, en cualquiera de las Comunidades Autónomas, siempre se afrontaron con la solemnidad que exigía el comienzo de una nueva etapa, que según fuera la persona elegida, para ocupar un cargo de tal relevancia, contentaba en mayor o menor medida, a unos u otros de los grupos que formaban los Parlamentos, pero que suponían, el nacimiento de una nueva época de la que se partía, en el poder o en la oposición, con la intención primera de procurar un futuro mejor, para la totalidad de los ciudadanos a los que representaría, desde su recién estrenado puesto, el nuevo Presidente.
A última hora de esta mañana , todos esos esquemas que conocíamos y que nos recordaban periódicamente la auténtica grandeza de la Democracia y que no es otra que la de saber compartir y respetar junto a los oponentes, la deriva de los hechos consumados, seguros de que vencedores y vencidos forman parte de un mismo todo igualitario sobre el que se asientan los principios mismos de este Sistema imperfecto, volaban en pedazos por la contundencia de un solo voto, proporcionándonos una imagen que ha conseguido helarnos la sangre, rota por la estrechez de un pasillo que separaba la euforia de los independentistas, de la devastadora congoja de una oposición  que se esforzaba en mantener el tipo, mientras en el otro lado se les recordaba, a través un entusiasmo desmesurado, la inexplicable dureza de su exigua derrota.
Mientras sonaban las notas de Els Segadors, coreadas con unas fuerzas  casi sobrehumanas por los separatistas, que ha hecho de este himno que una vez consideramos como una parte muy nuestra muchos españoles, una propiedad excusiva, en  las bancadas de la oposición, nadie se atrevía a elevar la mirada, tarareando apenas entre dientes una letra que ha significado durante muchos años un símbolo de la resistencia contra una dictadura, especialmente cruel con la idiosincrasia de los habitantes de esta tierra.
Me parecieron, los unos y los otros, figuras de un paisaje desolador al que se sabe positivamente de antemano que la adversidad de los elementos no le permitirá florecer y por un momento, me avergoncé de haber creído en algún instante, de corazón,  que sería posible arbitrar un camino por el que todos  pudieran transitar al unísono. Ya no me pareció posible.
Entretanto, Puigdemont contemplaba la escena, seguramente desde otro ángulo bien diferente, atento en su retiro de Berlín, probablemente orgulloso de que su Candidato elegido, haya podido al fin consumar un pírrico triunfo que más que apostar por el futuro de Catalunya, sirve para alimentar, en grado superlativo, su ego.
El paso del tiempo irá, como suele suceder casi siempre, colocando a cada uno en su sitio, premiando o sancionando según sea la naturaleza de sus acciones, pero esta  etapa que inicia el muevo President Torra, ha comenzado hoy rodeada por un aura gris que recuerda demasiado a lo que ya ocurriera antes entre los propios españoles y que no hemos conseguido superar del todo, a pesar de haber transcurrido ya tanto tiempo.
Son, enfrentamientos que se enquistan en el alma, alimentando sentimientos de rencor que suelen quedar profundamente instalados, nublando del todo la capacidad de razonar que nos convierte en seres humanos sanos y perfectos.
Pobre del que no sepa liberarse de esas cadenas, plegándose a un destino fatal que probablemente le robe la oportunidad de ser feliz, durante el resto de su vida.

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