De todos los acontecimientos que nos ha tocado vivir a
los los que hemos formado parte de la
Historia de este país en los últimos cuarenta años y que colaboramos hasta la
extenuación, con nuestro esfuerzo, por construir un espacio en el que aun teniendo que renunciar a recuperar la
dignidad que nos habían estado arrebatando los cuarenta años de la dictadura
franquista, éste al que hemos asistido hoy, mientras Quim Torra era investido
como nuevo President de la Generalitat
de Catalunya, se ha convertido quizá, en uno de los más desesperanzadores,
debido a la gigantesca tensión que se
respiraba en el ambiente.
Los nombramientos de estas características, cada vez que se
han producido, en cualquiera de las Comunidades Autónomas, siempre se
afrontaron con la solemnidad que exigía el comienzo de una nueva etapa, que
según fuera la persona elegida, para ocupar un cargo de tal relevancia,
contentaba en mayor o menor medida, a unos u otros de los grupos que formaban
los Parlamentos, pero que suponían, el nacimiento de una nueva época de la que
se partía, en el poder o en la oposición, con la intención primera de procurar
un futuro mejor, para la totalidad de los ciudadanos a los que representaría,
desde su recién estrenado puesto, el nuevo Presidente.
A última hora de esta mañana , todos esos esquemas que
conocíamos y que nos recordaban periódicamente la auténtica grandeza de la
Democracia y que no es otra que la de saber compartir y respetar junto a los
oponentes, la deriva de los hechos consumados, seguros de que vencedores y
vencidos forman parte de un mismo todo igualitario sobre el que se asientan los
principios mismos de este Sistema imperfecto, volaban en pedazos por la
contundencia de un solo voto, proporcionándonos una imagen que ha conseguido
helarnos la sangre, rota por la estrechez de un pasillo que separaba la euforia
de los independentistas, de la devastadora congoja de una oposición que se esforzaba en mantener el tipo, mientras
en el otro lado se les recordaba, a través un entusiasmo desmesurado, la
inexplicable dureza de su exigua derrota.
Mientras sonaban las notas de Els Segadors, coreadas con unas
fuerzas casi sobrehumanas por los
separatistas, que ha hecho de este himno que una vez consideramos como una
parte muy nuestra muchos españoles, una propiedad excusiva, en las bancadas de la oposición, nadie se atrevía
a elevar la mirada, tarareando apenas entre dientes una letra que ha
significado durante muchos años un símbolo de la resistencia contra una
dictadura, especialmente cruel con la idiosincrasia de los habitantes de esta
tierra.
Me parecieron, los unos y los otros, figuras de un paisaje
desolador al que se sabe positivamente de antemano que la adversidad de los
elementos no le permitirá florecer y por un momento, me avergoncé de haber creído
en algún instante, de corazón, que sería
posible arbitrar un camino por el que todos pudieran transitar al unísono. Ya no me
pareció posible.
Entretanto, Puigdemont contemplaba la escena, seguramente desde
otro ángulo bien diferente, atento en su retiro de Berlín, probablemente
orgulloso de que su Candidato elegido, haya podido al fin consumar un pírrico
triunfo que más que apostar por el futuro de Catalunya, sirve para alimentar,
en grado superlativo, su ego.
El paso del tiempo irá, como suele suceder casi siempre,
colocando a cada uno en su sitio, premiando o sancionando según sea la naturaleza
de sus acciones, pero esta etapa que
inicia el muevo President Torra, ha comenzado hoy rodeada por un aura gris que
recuerda demasiado a lo que ya ocurriera antes entre los propios españoles y
que no hemos conseguido superar del todo, a pesar de haber transcurrido ya
tanto tiempo.
Son, enfrentamientos que se enquistan en el alma, alimentando
sentimientos de rencor que suelen quedar profundamente instalados, nublando del
todo la capacidad de razonar que nos convierte en seres humanos sanos y
perfectos.
Pobre del que no sepa liberarse de esas cadenas, plegándose a
un destino fatal que probablemente le robe la oportunidad de ser feliz, durante
el resto de su vida.

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